La política, ¿profesión o servicio?
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 11 de mayo de 2009, 19:38h
Una de las cuestiones más debatidas en torno a la vida política es su profesionalización. La opinión predominante en la actualidad española es la transitoriedad de su práctica y experiencia. No ocurrió así en otras épocas. En la Inglaterra victoriana, en la España de la Restauración canovista o en la Francia de la III República el éxito y la competencia de los hombres públicos se asociaba indesligablemente a su permanencia en el poder, con protagonismo directo o expectante…
Pese a la corriente inundatoria del presente, es difícil pronunciarse en tema tan arduo y sometido, como sucede hoy en nuestro país, al oportunismo más descarado. Los gobernantes que figuran en los libros de historia o que permanecen en la memoria de los pueblos fueron políticos de por vida e incluso, cabía decir, a nativitate. La prueba quizás más ostensible de que ello es así radica en la amargura y frustración que la pérdida del mundo o el abandono de la actividad pública provoca en sus actores más relevantes. Muy pocas excepciones se cuentan entre los que, por imperativo de las circunstancias –catástrofes electorales, traición de los correligionarios, pérdida de la siempre frágil solidaridad ministerial o edilicia, enfermedad o abatimiento ante insanas campañas de desprestigio-, afrontan el ostracismo con espíritu resignado. La amargura, una amargura difícilmente comparable a la causada por cualquier otro dolor o herida, es el común denominador de los políticos obligados a salir definitivamente de las candilejas del poder. Y la causa del fenómeno bien puede estribar en que es el usufructo de éste el goce más ansiado y el fruto más apetitoso para la inmensa mayoría de los mortales. Junto, pues, a la capacidad de movilización de las mejores energías de sus conciudadanos y a la resolución o encauzamiento de los grandes problemas de una coyuntura o de un pueblo, debería situarse, como piedra de toque y baremo de la acción de los políticos descollantes, el grado de desconsuelo acarreado por su retirada forzada del Gobierno.
Existen épocas, tal vez venturosas, en que el ejercicio de las responsabilidades públicas se encara colectivamente con talante alegre y despreocupado y también -¿por qué no?- más generoso y desprendido, con menos presencia del ego y mayor del nosotros.
No ha mucho se conoció en nuestra patria una de ellas. En efecto, pocos períodos estelares del pasado español descubren una fisonomía más amable que la de la política desplegada durante la plenitud de la transición. A lo largo de ella, hombres y mujeres extraídos de improvisadas canteras de la vocación política, se entregaron con rigor al tiempo que con ánimo deportivo a conducir, desde los mil lugares del quehacer político –ayuntamientos, diputaciones, ministerios…-, la frágil navecilla de la democracia al puerto resguardado y seguro de su asimilación por el conjunto nacional. En extensa medida, su acertada gestión descansó en el modo y modos con que la llevaron a término. Ahora, es frecuente verlos por los pueblos y ciudades de la península y sus archipiélagos –y Melilla y Ceuta, por supuesto- sin otra nostalgia de aquellos tiempos que la humana y natural en personas que, un día, sintieron la comezón de servir a una gran empresa histórica y que, una vez concluida, retornaron a su trabajo habitual o a su verdadero oficio.
Pero su ejemplo, loable y estimulante para la fe en el altruismo, no tiene que desdibujar el telón de fondo sobre el que se proyecta el esfuerzo de los políticos de raza y de los auténticos “animales” de poder. Estos vivirán siempre dramáticamente los avatares del gobierno de las naciones y contemplarán como tragedia irreparable su destierro, coactivo siempre, incluso en el mejor de los supuestos.
De ahí, pues, que no quepa dar por resuelta, en el surco de la opinión –interesada, por lo común- de los modernos directores de la conciencia nacional, cuestión tan intrincada como la profesionalización o no de la actividad política.
¿Hay que excluir posiciones conciliadoras o intermedias? Nos atreveríamos por la negación más rotunda. Pero la argumentación de tan falible tesis habrá de dejarse para otro artículo.