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Tríptico: Francis Bacon. II. Animal

jueves 14 de mayo de 2009, 21:10h
Hay cosas, situaciones, obras de arte que de suyo se presentan al mundo como irracionales. Pretender racionalizarlas es una variante de la estupidez. Y no digamos psicologizarlas. Así, la pintura de Bacon, quien, por cierto, en una entrevista con su amigo David Silvester se molestó en avisar que odiaba las interpretaciones sobre su obra. El caso es que no le faltaba razón —valga la ironía— al pedir o esperar que el espectador se enfrente a su obra desarmado de prevenciones, sin ideas preconcebidas; también sin precipitación. Dicho esto, no sé como voy a salir del apuro de hablar de los cuadros de Bacon en relación con la animalidad, que es lo que me propongo hacer en las próximas líneas.

Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados de los cincuenta, lo animal estuvo muy presente en la obra de Bacon, al menos de tres modos diferenciados: en los cuadros en los que pintó animales claramente reconocibles: perros, chimpancés, babuinos, etc.; en las formas animaloides de la serie de las “Crucifixiones”. Pienso en los entes monstruosos e imposibles de Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión y en el conjunto de oleos cuyo motivo dominante es la res abierta en canal. La sugerencia de esta última serie, de gran poderío plástico, me parece clara: el siglo XX ha sido convertido por el hombre en una gran carnicería. Para ello, ha tenido que multiplicar los mataderos. Están cada vez más cerca.

En lo que respecta a las figuras de la crucifixión, prefiero pensar que sus objetos “vivos”, compuestos de un cuerpo de mamífero, un largo cuello de ofidio y una ¿cabeza? situada en su extremo, exhibe componentes perfectamente humanos: una boca con todos sus dientes minuciosamente perfilados o una oreja humana, demasiado humana. Mucho se ha especulado con estas figuras que habitan al pie de una cruz ausente. Se dice que Bacon no pinta la boca sino el grito, como en tantas de sus figuras humanas, especialmente de las que ejecuta en los años cincuenta. También en Esperando a Godot de Samuel Beckett hay, sobre el escenario desolado en donde Vladimiro y Estragon intercambian sus parrafadas, un árbol seco que semeja una cruz. Y el motivo del grito: Uno de los personajes dice en algún momento: “El mundo está lleno de nuestros gritos pero la costumbre es una gran sordina”. Pero entre el Bacon teólogo de la muerte de Dios y el fino humorista que trata las cosas trágicas con la punta del zapato, me quedo con el segundo. Humor, sí, en medio de la desesperación.

He dejado para el final la serie de pinturas relacionadas con el motivo de lo animal que me parece más inquietante y sugestiva, la más figurativa y realista, aquella en que los animales son perfectamente reconocibles y sus apariciones parecen contar una historia. Pinta en esta amplia serie la carne agobiada por la condición de animales, en un mundo dominado por otro animal con suerte que se llama “hombre”; pinta su silencio, quizá en camino hacia la palabra. Pinta la continuidad —casi se me escapa la palabra “hermandad”— de lo animal con lo humano y, sobre todo, pinta la reversibilidad de lo humano hacia lo animal. Pienso sobre todo en uno de los lienzos más inquietantes de su primer periodo, titulado Estudio de una figura en un paisaje (1952). La mayor parte de la superficie del lienzo está ocupada por un paisaje de sabana, apenas insinuado. Nada delata la cercanía de la civilización. En el centro, en cuclillas, hay una forma oscura de apariencia animal, pero que es humana. Bacon no ha querido ser equívoco: en la muñeca izquierda luce un reloj. Sin embargo ahí está, agazapado, con los brazos recogidos sobre el abdomen, plantado en mitad de ningún sitio. Imposible saber si espera algo, si se dispone a cazar, si medita sobre su suerte; si Bacon tenía en la cabeza un verso o un drama o acaso sólo un problema con las texturas. Pero creo que ha querido pintar —¡perdón!, me dispongo a interpretar— a un exiliado de la naturaleza que hubiera decido volver y encontrarse con que... ¡no es para tanto! La condición animal no es tan confortable. Creíamos que sufrimos porque tenemos conciencia. Pero es aún peor. Es la carne la que sufre.

Bacon dejó en una fecha de pintar animales. Se fue acercando cada vez más a las figuras humanas que querían ser cada vez más reconocibles. Es posible que lo animal le interesara como metáfora que reflejara la fatiga y desesperación de una época que salía de dos largas guerras mundiales. Poco a poco sus figuras fueron perdiendo la máscara y adquiriendo un rostro.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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