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Gratis es mejor

domingo 17 de mayo de 2009, 13:38h
No hace falta robar para obtener cosas gratis. E igualmente importante es saber que no siempre tenemos por qué acudir a un comercio cuando necesitamos algo. Acostumbrados a satisfacer nuestras necesidades —o, en muchos casos, el producto de nuestra necedad— recurriendo a la tarjeta de crédito, generamos una cultura del consumo efímero e individualista.

Venerando el aura reluciente de lo nuevo, cubrimos con cierto desprestigio aquello que ya ha pasado por otras manos. Nos encanta desempaquetar, estrenar y poseer con exclusividad. Realzando la figura del individuo resaltamos también la importancia de su bagaje de posesiones personales. Prestar, regalar y compartir son acciones que, aunque no en desuso, sí son una opción secundaria en muchos de los casos. Y nuestros armarios y trasteros son testigo de ello.

Por suerte existe, a pesar de ello, una cultura de lo gratuito, quizás demasiado vinculada al mundo de lo intangible, y especialmente, a un recurso fundamental en la sociedad actual: la información. Gracias a Internet encontramos libros (e-books), software, fotos, dibujos, música, vídeos, y en definitiva toda clase de arte y cultura compartidos de forma voluntaria (y no me refiero en absoluto a las descargas ilegales). También podemos contar con multitud de servicios (llamadas, TV, radio, consultas...) sin coste alguno. Mi sección favorita, las ideas: millones de consejos para crear tu propia ropa, muebles o instrumentos, para cocinar, para viajar, y un sinfín de soluciones que en muchas ocasiones pasan por reutilizar objetos en desuso. Y para acceder a esa información, qué mejor que utilizar una conexión gratuita o compartida. Si no nos queda más remedio que gastar dinero, al menos tendremos la oportunidad de acudir a los conocimientos compartidos para comprar de una forma más “inteligente”.

Pero no todo lo gratuito es tan positivo. Pensemos en los millones de artículos de promoción que se regalan cada día, ya sea por ser cliente de un banco o por comprar una caja de cereales. Quizás un porcentaje de los receptores puedan darle una buena utilidad al regalo, pero, seamos sinceros, una gran parte de todo ese plástico y papel irá directamente a comer polvo, cuando no a la basura. Pero el detalle es lo que cuenta, y nadie parece pensar en lo estúpido que es que tengamos tantas agendas, relojes, carteras, calculadoras, llaveros, calendarios, guías, juguetes de usar y tirar, pisapapeles, pins que nunca llevaremos, bolígrafos que nunca usaremos y gorras que nunca verán la luz, por mencionar algunos ejemplos.

La producción no va encaminada sólo a satisfacer necesidades, también pretende crearlas. Si fuésemos un poco más conscientes de las consecuencias, tanto a nivel ecológico como social, que acarrea la producción masiva de todos aquellos productos que nos inundan, quizás pensaríamos un poco más en el hecho de que muchas veces podríamos optar por compartir en vez de poseer. De la misma forma que hacemos uso conjunto de una inmensa cantidad de recursos intangibles, podríamos perderle el miedo al reciclaje, el trueque, y la posesión comunal. El problema y la paradoja radican en que todos esos objetos inmateriales se obtienen, por lo general, desde terminales individuales.

José María Zavala

Sociólogo

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