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La plenitud intelectual

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 18 de mayo de 2009, 20:19h
Se quejaba Mairaux del triste destino del hombre. Llegado al cabo melancólico de la sesentona en plena posesión de sus dotes espirituales, abruptamente comienza su declive hasta llegar a la vejez, “ese naufragio”, como repitiendo a Chateubriand decía De Gaulle, el único personaje entre sus contemporáneos que el autor de La espera consideró digno de él.

No obstante su sólita fugacidad, la edad a la que aludía el gran escritor francés es quizás la más interesante y fecunda de la existencia humana; aquélla en la que se concentra el mayor número de cualidades atractivas del hombre y la mujer.

En ello pensaba el articulista después del diálogo mantenido con un asistente a una de sus charlas. De difícil ubicación ideológica -¿falangista vuelto de casi todo?, ¿viejo anarquista un poco desencantado de utopías milenarias?-, y de más fácil adscripción social por su modesta vestimenta, este zaragozano sesentón poseía ideas propias sobre casi todos los grandes movimientos que se desplegaron en el mundo en la década de los treinta hasta su confrontación en la gran crisis del 39 al 45, trágicamente prolongada por la contienda española.

Habitante el articulista de un país cuyos estudios radiofónicos y televisivos están poblados de comentaristas que no tienen nada que decir y avecindado en un tiempo en el que escritores y escrituras aumentan la inflación del libro con su indigencia, encontrarse con un interlocutor de cultura autodidacta, pero no por ello menos rigurosa que la más exigente de raíz académica, constituyó un lance tonificante e inesperado.

Sostenía nuestro hombre la absoluta estulticia de Hitler al enfrentarse en sus sueños megalómanos con los poderes del dinero. Tesis sostenida también por otros espíritus lúcidos independientes como B. Fay en su enjundiosa obra La guerra de los tres locos o su compatriota Benoist Mechin en su Soixante jours qui ébranlèrent l´Óccident. No aceptable en su núcleo fundamental –aquél que apunta a la existencia de una red capitalista judaica que condujera a la Alemania nazi a la guerra-, es claro que alguno de sus aspectos puede resultar válido e incluso esclarecedor a la hora de rastrear los orígenes inmediatos del desencadenamiento del conflicto, así como una parte de su responsabilidad. Aunque no puede caber duda en punto a la decidida y resuelta postura probelicista del dictador alemán, el gran capital fue, en conjunto, muy cerril y miope ante las consecuencia del Tratado de Versalles y financió asimismo con gran generosidad la propaganda antihitleriana y, a veces, antialemana, en los años que precedieron a un drama abierto por la mente enferma y satánica del Fhürer, portavoz e instrumento de su pueblo en ciertas de sus reivindicaciones y exigencias.

Ante el firme pronunciamiento del columnista a favor de la fuerza creadora de la libertad como determinante en última instancia de la victoria aliada su interlocutor se sumó, de buen grado, a tal punto de vista, sin renunciar por ello a sus argumentos en torno a la constante histórica que ha significado la acción del más metamorseable de los poderes fácticos.

Más, naturalmente, el valor de dicha discusión, mantenida en los términos de los antiguos tratados de urbanidad, no residía para el articulista en su dimensión historiográfica, sino en la quintaesencia de saberes humanos que rezumaba la exposición de su interlocutor. Se escuchaba una reflexión, no desligada de las lógicas ataduras humanas de la pasión y del error, pero deseosa, como en el verso de Machado, de acompañar a la posición del otro en la búsqueda de una verdad que no se patrimonializaba…

Como más de un lector sabrá, Philippe Ariés fue uno de los más grandes historiadores del novecientos. Perteneció a la reducida gavilla de humanistas que en un siglo de hierro dio permanente testimonio de unas ideas a menudo redropelo de las imperantes en los círculos en que se ahorman las visiones de las tribunas de la intelocracia occidental. Toda su obra, en la que abundan los best-sellers, responde a una perspectiva otoñal no sólo por los temas –el de la muerte, en especial-, sino, sobre todo, por la actitud. La sinceridad más al desnudo y el distanciamiento más comprometido se manifestaban en su juicio sobre las conquistas y los retrocesos del tiempo difícil y el duro país –días de La Cagoule y el Frente Popular, ocupación alemana, guerra de Argelia…- en que le tocó vivir. Luchó por causas que nunca redundaron, al contrario de tantos de sus grandes coetáneos, como Sartre, en un aumento de su poder social. Se marchó antes de rebasar la sesentena, cumpliendo el triste presagio de Malraux.

Afortunadamente la meditación estampada en esos recuerdos de ultratumba del siglo XX que son Las antimemorias está muy lejos de cumplirse con caracteres generales y muchos hombres y mujeres que recorren ese trecho de la vida no cabe estimarlos en manera alguna como “producto terminal”.

Para el articulista los dos ejemplos registrados ilustran bien cómo el tramo que antecede al completo decaimiento suele ser el más propicio para librar, con alguna esperanza, el combate por la verdad.
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