Aurea dicta
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 25 de mayo de 2009, 11:07h
Al menos para el hombre occidental, el saber más acendrado, el tesoro de experiencia más alquitarado se contiene en las sentencias y apotegmas en que los clásicos latinos, muchas veces simples traductores de los griegos, vertieron su pensar más profundo sobre la vida y sus lances.
En el alba del tercer milenio conservan sus máximas la misma vigencia que en los inicios de la era cristiana. Con todas las limitaciones que se quiera, el progreso es una de las escasas leyes de la Historia. Pero, ¿cuenta también en el conocimiento del alma, en la escrutación de las pasiones, en la observación de las actitudes más profundas del ser humano? Aunque frente al desarrollo espectacular de la Psicología, de otras ciencias del hombre se siente en muchas ocasiones la tentación de pensarlo así, la lectura detenida de los historiadores romanos o de los dramaturgos griegos inclina a desechar o, por mejor decir, a relativizar enfáticamente los avances modernos en la parcela tal vez más sustantiva del acontecer social. Como Boecio, el gobernante contemporáneo cuya caída estrepitosa siguió a una etapa radiante puede dar solaz a su espíritu en el repaso a lo que escribieron los autores de la Antigüedad acerca del poder, sus oropeles y engaños, quintaesenciados en las frases vigorosas de un Tucides o de un Tácito (En la actualidad más candente y ruidosa, ¿seguirá estos pasos un político de corte florentino, cultivado y amante de las letras, que supo del sabor del éxito y degustó durante largo tiempo las mieles del mando y del regimiento de los hombres: Julio Andreotti?). De igual modo, el intelectual que goce del placer de la umbratilis vitae, pero al que la comercialización de la vida cultural haya inquietado su fecunda senda, habrá visto confirmado sus ideales y aspiración horacianos con el retorno a Fray Luís de León y a sus fuentes. Y, en fin, los corazones remecidos por el señorío de la injusticia, los ánimos entristecidos por la fugacidad de lo terreno y los espíritus pesarosos ante el triunfo de la mediocridad extraerán gran provecho de la rebusca de perlas en las obras que, con mayor economía de medios y hondura analítica, descubrieron los móviles de la conducta humana y trazaron los caminos para la supremacía de la razón sobre la barbarie, de lo elevado sobre lo torpe.
Pero también los contempladores de los primeros paisajes de la vida, los jóvenes reclamados por altos afanes y excitantes empresas consultarán con fruto, a falta de vagar y paciencia para ir directamente a los textos, los diccionarios y enciclopedias en que se colectan los dichos más famosos de los autores clásicos. Ninguna ambición legítima o ensueño idealista dejará de recoger allí, en las páginas en que se compendian las esencias del clasicismo greco-latino, aire para sus alas y savia para unas raíces aún poco enterradas.
Estos aurea dicta y los escritos de los que en su mayoría se extraen alimentaron la reflexión de los escritores que, en los inicios de la Edad Moderna, echaron las bases del género literario conocido más tarde como ensayo. Maquiavelo, Montaigne o Saavedra Fajardo, observaron la realidad de su época y, sobre todo, la actuación de sus protagonistas a través del espejo del legado clásico. Otros muchos autores siguieron luego sus pasos, rivalizando en perspicacia y finura. A la hora de describir los mecanismos del poder, los arcana imperio, el auge y la caída de las monarquías y repúblicas, la dialéctica entre tolerancia y dogmatismo, las reacciones ante las victorias y los desastres bélicos, ninguno los ha superado. En esta esfera, en la sonda de los abismos y alturas colectivos e individuales, en la descripción de esa caña pensante que, según Pascal, es la condición humana, la postmodernidad no ha comenzado y acaso pueda comenzar nunca.