www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Por una política de ideas

Javier Zamora Bonilla
martes 26 de mayo de 2009, 17:52h
Hace más de veinte años que algunos historiadores franceses, coordinados por René Rémond, publicaron un libro que se convirtió en una especie de manifiesto en defensa de un nuevo tipo de historia política, en la que los hechos, las ideas y las interpretaciones se entremezclasen en su justo término para desvelar la verdad del pasado, siendo conscientes de que toda investigación es interpretativa en tanto que selecciona unos hechos determinados frente a otros y trabaja con unas hipótesis y no con otras, es decir, que toma una perspectiva, quizá distorsionadora, pero no necesariamente falsa. El título de la obra dirigida por el prestigioso historiador francés ya sonaba a reivindicación: Pour une historie politique. No se trataba de volver a una historia événementielle ni de los grandes nombres y las grandes hazañas al estilo de las del siglo XIX, sino de aprovechar lo mejor de los orígenes de la Escuela de Annales –que se había precipitado por peligrosos riscos postmodernos relativistas, había sufrido derivas analíticas cuantitativistas o se había encerrado en visiones dogmáticas– y estudiar con rigor las “culturas políticas” desde un enfoque complejo, nutrido por la aportación de diversas ciencias sociales, sin renunciar a la narración como forma de explicación de los descubrimientos historiográficos.

Pues bien, esa renovación que se produjo en el conocimiento de la historia podría servir hoy también como modelo para reivindicar una “política de ideas”, que es algo muy distinto que una política de ocurrencias impremeditadas, de eslóganes y de lo que hace unos días llamé en una columna “ideologías ismoizadas”, es decir, ideologías que ya no viven de la fuente de las ideas que las originaron –simplemente se nutren de ella como parásitos– sino que se han convertido en meros “ismos”, en dogmas, se han dogmatizado y sólo sirven para enmascarar un hondo vacío ideativo y vital, encubierto por creencias en las que ya casi nadie tiene fe, pero que siguen siendo el sostén de las políticas vigentes y, por tanto, tienen una adhesión casi incondicional por parte de muchos ciudadanos. Faltan ideas que renueven esas creencias.

Hace ya tiempo que “derecha” e “izquierda” son calificativos imprecisos para definir a ese tipo de partido político contemporáneo que llamamos catch-all-party o partido arrebatalotodo o agarralotodo, porque en sus programas ofrece soluciones para todos los problemas visibles en una sociedad. Desde hace más de medio siglo los partidos de derechas hacen políticas sociales socialdemócratas y los partidos socialdemócratas llevan a cabo políticas liberales en economía, por ejemplo. Esto no quiere decir que no haya diferencias entre unos y otros ni que los calificativos de “izquierda” y “derecha” no sigan teniendo alguna utilidad. Es mejor seguir con estos términos, mientras no encontremos otros más precisos, que caer en la indefinición absoluta. Los diarios argentinos contaban hace unos años una anécdota que puede convertirse en categoría: en un encuentro entre Bush, hijo, y Kirchner, marido –habría que meditar sobre la política democrática de herencia en Argentina y Estados Unidos–, el primero le preguntó al segundo: ¿tú eres de izquierdas o de derechas?, y el presidente argentino le dijo: “soy peronista”. El desconcierto de Bush, hombre poco dado a lecturas como todo el mundo sabe, debió ser absoluto.

Mas una cosa es que los términos “izquierda” y “derecha” sigan teniendo cierta, aunque poca, utilidad y otra simplificar como hace la derecha italiana y calificar de “comunistas” a la actual izquierda o decir como dicen algunos líderes socialistas que la derecha no tiene conciencia social o que no le interesan las políticas medioambientales. Ambas afirmaciones son una exageración que va contra la realidad de los hechos.

La necesaria política de masas en las sociedades actuales no debería estar reñida con un cierto grado de profundidad en los planteamientos ni con unas interpretaciones más complejas de las cuestiones que afectan a los ciudadanos y a la vida política. La simplificación se está llevando a tales extremos que cuando uno escucha las campañas mitineras tiene la sensación de que algunos políticos están insultando a la inteligencia, y no me refiero a esa supuesta intelligentsia, a ese cuerpo más o menos nutrido o más o menos escuálido que en toda sociedad hay de pensadores y opinadores, sino a la inteligencia media de cualquier ciudadano. Los mensajes mitineros que se intentan trasladar a través de telediarios, cuñas radiofónicas y titulares periodísticos son para iniciados, para afines ya convencidos, para la propia parroquia, son parroquianos, pero es muy difícil que calen y los puedan compartir los ciudadanos que dediquen treinta segundos a pensar sobre lo que se dice en esas campañas electorales.

La primera norma de todo discurso político debería ser no insultar a la inteligencia ciudadana. Actuar como si las masas, la inmensa mayoría de los ciudadanos, no pudieran entender y por eso necesitan doxas simplificadas y simplificadoras, es la política más elitistas (en el peor sentido de la palabra) y menos democrática que cabe. Es hacer de la política una técnica, una ciencia reducida a expertos, una política de gabinete, una política de camarillas, cuando ya desde Aristóteles sabemos que la política es epitécnica.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios