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Europa como argumento

Juan José Solozábal
jueves 28 de mayo de 2009, 19:46h
Explicar lo obvio no es necesariamente perder el tiempo, o correr el riesgo de incurrir en la redundancia o la tautología. De manera que, en este momento en el que nos disponemos a votar en las elecciones para el Parlamento de Estrasburgo, voy a dar dos razones sobre el europeismo que muchos mantenemos.

En primer lugar, la Unión Europea como organización internacional es un logro considerable, una creación institucional de alto refinamiento, una obra de razón y artificio bien difíciles. La forma política europea es antes de nada una comunidad jurídica que casi sin disposición organizativa, pues no tiene ejércitos, ni dispone propiamente de administración exclusiva, y apenas posee aparato judicial, consigue de manera inmediata imponer sus propias normas o derecho en todo el territorio europeo, venciendo cualquier resistencia y contra la voluntad normativa, fuese cual fuese su rango, del derecho interno que se opusiera a sus mandatos. Lo sorprendente, como sabe el lector, es que la supremacía del derecho europeo sobre las reglas de las naciones que lo contradijesen, no supone la superioridad de la Unión sobre los Estados, sino que es una exigencia funcional inevitable para asegurar la vigencia completa e igual del orden legal comunitario en el territorio europeo. Desde luego, la Unión Europea va más allá de su osamenta jurídica, pero es esta la que permite cimentar sobre una base cierta y efectiva, un aparato institucional suficiente, una forma política cuasi estatal, una peculiar federación.

Pero, en segundo lugar, lo que llama la atención en la Unión Europea es el tipo de comunidad espiritual que la subyace, que no puede entenderse en clave nacionalista, sino en función de otro tipo de legitimación política. La grapa de la juntura europea no es la homogeneidad nacional, étnico cultural, una referencia casticista y cerrada a los propios orígenes que pudiese aducir un imaginario pueblo europeo. Europa es, en efecto, una comunidad postradicionalista, pues la Unión Europea como nueva forma política no remite a una nación con una cultura separada y una individualidad formada y anterior, sino a la capacidad aglutinadora de un determinado sistema de valores y el deseo de proyectarlos en una estructura política parcialmente en construcción. Preferible a la solidaridad que supone la integración en la comunidad de origen y destino de la nación, es la solidaridad propuesta que resulta de la participación y de la aceptación de las reglas y sobre todo el marco espiritual de los valores liberales y democráticos.

Esta referencia a una legitimación política no etnicista, esto es, no esencialista, sino procedimental y abierta, discursiva o deliberativa, opone irreductiblemente Europa a los nacionalismos, como ha visto Habermas; también, añado por mi parte, su disposición a comprender el vínculo político como una lealtad compartida y no como el yugo excluyente y absoluto, sacrificial casi, al modo que tan bien conocemos en España.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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