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Otra vez sobre el aborto

Manuel Cobo del Rosal
jueves 28 de mayo de 2009, 22:29h
Conviene empezar ésta reiterada reflexión con una afirmación de orden personal. No pertenezco a ningún partido político aunque, en puridad, políticamente no puede plantearse el tema del aborto. Buena prueba de ello es que tanto los actuales partidos políticos mayoritarios PSOE y PP nada hicieron en su momento para variar la actual situación legal de la regulación del aborto. Ni el PP con su mayoría absoluta, ni tampoco mucho menos el PSOE, modificaron en el Parlamento la Ley española de la llamada indicaciones para suprimirla o para introducir una Ley de plazos, como ahora se pretende.

No cabe duda de que si se es antiabortista se estará en contra de la vigente Ley y desde luego también y con mayor motivo contra la que inopinadamente ahora se anuncia y digo inopinadamente porque quizás se trate, como con reiteración gusta decir mi buen amigo y colega Amando de Miguel, de una “maniobra de diversión” por cierto, que en este caso de la destrucción de los fetos, de los seres humanos, a mi juicio, no se divierte nadie. La continuidad, sin fisuras, de la vida biológica del producto de la concepción de los seres humanos, científicamente estimo que no admite duda de ninguna clase. En política se puede negar de una forma desde luego meramente dialéctica y diferenciadora para sostener la impunidad, cuando no, permisividad de la destrucción del feto.

De suerte que, según mi criterio, estamos en presencia de un auténtico autoengaño pues se oculta la verdad científica de la cuestión real cual es que biológicamente siempre ha existido vida y naturalmente será vida humana, pues no tiene el menor sentido que fuese otra vida distinta ¿es que ahora se van a distinguir dos tipos de vida? Es absurdo que se piense, que efectivamente hay dos vidas, una, la humana y otra no sabemos cual, quizás la meramente biológica como si las personas no tuviéramos vida biológica. Hace ya mucho tiempo que muy sensatamente afirmaba Tertuliano, en su Apologeticum, IX, 8 que “Es ya un hombre aquel que está en camino de serlo”.

En el XI curso internacional de Criminología de la sociedad internacional del mismo nombre que tuvo lugar en Madrid a principios de los años 60 del pasado siglo se aventuró una afirmación por parte de un a la sazón conocido médico forense de que en España se producía, creo recordar la exagerada cifra de aproximadamente 100.000 abortos anuales, con independencia, claro está de la cifra desconocida proveniente de la denominada “cifra negra”, y por tanto no cuantificada, y entonces era una delito que se castigaba de verdad.

Ahora leo con sorpresa pero quizás con más rigor que en España se han producido cerca de un millón de abortos en los 10 últimos años y con toda razón el autor habla del “holocausto” de los fetos humanos. Lo anterior, sería para una mediana sensibilidad seriamente preocupante. Pero, parece que una inexplicable “utilitas” aconseja ahora al Gobierno democrático ampliar, más si cabe, la impunidad de la interrupción voluntaria del embarazo consistente en la destrucción del feto. Conviene tener en cuenta que el artículo 332 castiga con la pena de 6 meses a 2 años o multa de 8 a 24 meses el mero corte de un propágulo de una subespecie de flora amenazada. El llamado “propágulo”, dentro de la dialéctica utilizada, por lo visto es más digno de protección que lo que no es más que, así se está entendiendo, una portio viscerum matris, un extraño quiste que hay que extirpar. Por eso se contraponen dos magnitudes, en sí mismas contradictorias, como es la del “derecho a abortar” en contra del “derecho a la vida” . Porque a mi entender nadie tiene derecho a destruir una vida ni siquiera meramente biológica, como tampoco a arrancar o cortar o talar el llamado propágalo. Así, estamos.

De manera que se propone además que existan dos tipos de fetos de acuerdo con la tesis de los expertos llamados, que parece ser se han entretenido en hacer un borrador de anteproyecto de Ley escasamente original, pero que se pretende revestir de un falso cientifismo. Debe tenerse en cuenta que, mucho antes que en España, en otros países de nuestro entorno cultural están vigentes las “indicaciones”. Así es que nada se ha inventado, por los llamados “expertos”.

El mismo feto tiene diferentes tratamientos legislativos de acuerdo con su cronología. No existe, por tanto, una respuesta unitaria, ni igualitaria en consecuencia: una niña de 16 años puede abortar sin ni siquiera el consentimiento o consulta de sus padres. No es válido el argumento, que superficialmente se está empleando en el sentido de que si se puede dar a luz a los 16 años también se puede abortar a esa misma edad cuando lo juzgue conveniente. Son dos cosas diferentes: una es dar a luz y la otra destruir el producto de la concepción. A luz se puede dar también con menos de 16 años, con 12 o 13 años, y desde luego parece que, por el momento, los abortistas no están dispuestos todavía a proclamar un derecho al aborto, el aborto libre para las adolescentes de esa edad. A los 16 años se es para muchos efectos una menor de edad sometida a la guarda y tutela de sus progenitores (prohibición de bebidas alcohólicas, permiso de salida del país por invitaciones de viajes, carencia de voto, etc, etc).

La superficialidad de la excusa corre pareja con la simpleza de la misma, que ni siquiera es admisible dentro del ámbito de lo político, porque parece que nos encontramos ante una exaltación apologética, cuando no electoralista, de la fémina, llevada hasta radicales extremos. No cabe duda que, a la vista del clamor popular, debieran plantearse la rectificación, a pesar de que inicialmente se pretenda, como es lógico y normal, mantener el tipo, lo que puede ser incluso nocivo para la opinión generalizada y así tendría una repercusión negativa llagado el momento en las urnas. Eso, ya lo veremos.

Pero, insisto en la primera idea que expuse al comienzo de ésta reflexión, no es un tema que se debe afrontar solo políticamente sino cada uno en conciencia, éticamente. Como se ha dicho desde siempre la ética personal no se somete a votación; debe ser respetada, en todo, caso por la política, que ahora la invade atropelladamente y sin miramientos de ninguna clase. A mi juicio, por lo contrario, equivocadamente, la política debiera velar porque tenga cabida en la vida en sociedad la pluralidad y singularidad de cada posición ética que, seria y honestamente, así lo sea.
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