En el complejo puzle de la geopolítica americana, Cuba siempre ha sido una pieza discordante que no ha logrado encajar de todo bien en el conjunto de la comunidad de países americanos, tanto por ser uno de los últimos bastiones de ideología puramente comunista que aún queda en pié tras el colapso del comunismo en 1989, como la intransigencia de su líder, Fidel Castro, de mantenerse aferrado a un sistema de creencias que imposibilitan el avance de la isla hacia una nueva etapa histórica.
En el complejo puzle de la geopolítica americana, Cuba siempre ha sido una pieza discordante que no ha logrado encajar de todo bien en el conjunto de la comunidad de países americanos, tanto por ser uno de los últimos bastiones de ideología puramente comunista que aún queda en pié tras el colapso del comunismo en 1989, como la intransigencia de su líder, Fidel Castro, de mantenerse aferrado a un sistema de creencias que imposibilitan el avance de la isla hacia una nueva etapa histórica.
La compleja y conflictiva relación entre Cuba y la Organización de Estados Americanos se remontan desde la Asamblea General de la OEA de 1962, que tuvo lugar en la ciudad uruguaya de Punta del Este, en donde los estados miembros del organismo regional, alarmados por la crisis de los misiles y los fuertes vínculos diplomáticos que comenzó a atar el régimen castrista con los ejes soviético y chino; decidieron suspender al gobierno de La Habana del ente internacional, por considerar que ese país seguía una línea ideológica-política, incompatible con los estatutos de la organización hemisférica.
No obstante, pese a que Cuba fue sancionada por todo el conjunto de los estados miembros de la comunidad americana, nunca fue expulsada propiamente de la OEA. De hecho la isla sigue formando parte del sistema interamericano, aunque después de la decisión de aquella Asamblea y hasta la fecha, no ha participado más en él y no da señales positivas de tener intención de hacerlo.

A pesar de las recientes iniciativas de acercamiento que ha mostrado la administración de Barack Obama, hacia la dictadura castrista, y que la misma cuenta con el apoyo incondicional de los gobiernos de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, cuyos gobernantes han manifestado en reiteradas ocasiones que la ausencia de la isla del entramado de la OEA es “una injusticia histórica”; tanto el actual presidente cubano, Raúl Castro, así como el mentor ideológico de la revolución, Fidel Castro, no han dudado en expresar su contundente rechazo a reincorporarse a la organización encabezada por el ex ministro de Relaciones Exteriores de Chile, José Miguel Insulza, a la que en diferentes oportunidades han menospreciado al extremo de calificarla de “infame”, de “basura”, y de “odioso instrumento” ideológico de EEUU.
Sin embargo, países como Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Ecuador y Estados Unidos, han puesto en marcha diversos proyectos de resolución de cara a está Asamblea General de la OEA, con el propósito de poder esclarecer el estatus de Cuba dentro del hemisferio americano.
Aún cuando, Costa Rica y Ecuador retiraron sus respectivas resoluciones del debate preliminar, que se llevó a cabo en el núcleo de la OEA a lo largo de estos días, las propuestas de sendos países no han sido no han pasado del todo desapercibida, porque sigue los lineamientos de los estados miembros que desean la vuelta de Cuba a la organización. Por un lado el representante ecuatoriano solicitaba que se dejase sin efecto la resolución VI aprobada en Mar de Plata en 1962. Mientras que su homólogo costarricense exigía la intervención del Comité Jurídico Interamericano para que emitiera una opinión sobre los procedimientos jurídicos necesarios para levantar la citada sanción.

Entre tanto que los cancilleres de Honduras y Nicaragua, demandaron la revocación de la medida que anuló la voz de Cuba del organismo regional, aduciendo que la dinámica internacional que indujo en su momento la aplicación de la sanción al gobierno de La Habana ha cambiado drásticamente. Una opinión no del todo compartida por Estados Unidos, cuyo proyecto de resolución para la reinserción de Cuba al sistema interamericano está supeditada a que el régimen castrista ponga en marcha iniciativas trascendentales en materia de Derechos Humanos, con el objeto de que comience a transitar por los caminos de la democracia.
Si bien José Miguel Insulza, en calidad de secretario General de la Organización de Estados Americanos, se muestra optimista ante el debate sobre Cuba dentro de esta Asamblea que tiene lugar en la localidad de San Pedro Sula (Honduras), lo cierto es que aún hay opiniones encontradas sobre la viabilidad de que la isla vuelva a participar en la OEA.
Primero, porque sus líderes Raúl y Fidel Castro rechazan a la institución como tal y son vehementes partidarios a que la misma desaparezca. Segundo, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), se ha convertido en la plataforma regional ideal para satisfacer los intereses diplomáticos del gobierno de La Habana. Y tercero, Cuba no da indicios de querer cambiar su estatus de régimen dictatorial.
Ante semejante panorama es probable que el puzle americano continúe con una pieza discordante y el debate de Cuba siga en puntos suspensos y sin consenso. No obstante, todo puede llegar a ocurrir en la 39 Asamblea General de la OEA.