Aquel 11 de septiembre de 1973 no era una jornada común en la Universidad Politécnica del Estado en Santiago de Chile. Las fuerzas pinochetistas que ese día iniciaban un brutal golpe de estado contra el presidente Salvador Allende, irrumpió en el centro académico para detener a un importante número de alumnos y profesores, que eran considerados una amenaza para la naciente dictadura del General Augusto Pinochet.
Aquel 11 de septiembre de 1973 no era una jornada común en la Universidad Politécnica del Estado en Santiago de Chile. Las fuerzas pinochetistas que ese día iniciaban un brutal golpe de estado contra el presidente Salvador Allende, irrumpió en el centro académico para detener a un importante número de alumnos y profesores, que eran considerados una amenaza para la naciente dictadura del General Augusto Pinochet. Dentro este grupo de cautivos se encontraba el cantautor y director de teatro Víctor Jara, una figura nada anónima e indiferente en el mundo de la cultura latinoamericana.
Jara formó parte de esas más de cinco mil almas que los militares de Pinochet concentraron en el otrora Estadio de Chile,-hoy en día el Estadio Víctor Jara-, y en el cual más de 3.000 personas fueron asesinadas y desaparecidas. Aquel recinto que desde 1949 era testigo de los cantos de gol y de las victorias de los equipos de la liga chilena de fútbol, se convirtió ese septiembre de 1973, en la vívida imagen del horror. De sus paredes sólo podían desprenderse los gritos de quienes allí eran torturados y ejecutados, por comulgar con valores políticos que antagonizaban con la moral del régimen militar.
Los artistas e intelectuales del perfil de Víctor Jara,-quien militaba en el Partido Comunista-, se convirtieron en la carnada más cotizada de la maquinaria pinochetista. El reconocimiento y la fama internacional que avalaba la trayectoria de Jara, no exentó al cantautor de ser víctima de la purga de la dictadura militar.

El autor de temas como “Te recuerdo Amanda”, “Romance del enamorado y la muerte” y “Cigarrito”, estuvo cuatro días recluido en el Estadio de Chile en donde fue brutalmente torturado, mientras la muerte le aguardaba ante un pelotón de fusilamiento que perforó su cuerpo con 44 balazos. Entre los verdugos se encontraba José Paredes Márquez, la única persona imputada actualmente en el asesinato del músico.
El procesamiento de Paredes Márquez por parte de la Justicia chilena, así como la exhumación del cuerpo de Víctor Jara del Cementerio General de Santiago de Chile, vuelve a abrir el inconcluso expediente de los crímenes perpetrados por la Dictadura Militar.
Aún cuando desde hace casi dos décadas existe la Comisión de la Verdad y Reconciliación,-entidad instaurada el 25 de abril de 1990 por iniciativa del ex presidente Patricio Aylwin Azócar-, ha trabajado en función de hallar la verdad detrás de las violaciones a los Derechos Humanos durante la era Pinochet; lo cierto es que todavía quedan muchos flecos sueltos sobre este asunto que constituye, uno de los capítulos más duros y que mayor debate a generado en la historia contemporánea de Chile y de la región latinoamericana, a causa de los sentimientos encontrados que despierta dentro de la sociedad del país andino la figura de un condecorado General que ostentó por diecisiete años, el cargo de Jefe Supremo de la Nación.

Por ahora los restos de uno de los cantautores más influyentes del folclore suramericano se encuentran cuidadosamente resguardados por las autoridades del Servicio Médico Legal (SML), que tardarán alrededor de tres meses en desvelar aquellos detalles que aún permanecen ocultos detrás del asesinato de Víctor Jara, tanto para corroborar la participación y la autoría de José Paredes Márquez en el mismo, como para terminar de dilucidar la muerte del que ha sido todo un símbolo para las víctimas de la dictadura.
El poema “Somos cinco mil” fue el último rastro de vida de Jara antes de abandonar este mundo. Un testimonio que el artista pudo dejar por escrito, pese haber tenido las manos destrozadas por los brutales golpes de la culata del revolver de alguno de sus verdugos.
“En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa”, así reza una de las estrofas del citado poema, que narra los horrores que se vivían detrás de las paredes del Estadio de Chile. Irónicamente su prisión y la tumba que lleva hoy en día su nombre.