Esa tremenda frivolidad
miércoles 10 de junio de 2009, 20:07h
No entraré en detalles porque estoy absolutamente cansado de repetirlos una y otra vez, de leerlos en todos los medios de comunicación, de escucharlos en cualquier voz. De comprobar que se convierten en materia de tertulia televisiva o radiofónica como forma coyuntural de llenar espacios y de provocar morbo. Qué cansando. Qué agobio. Qué vergüenza intelectual cuando se trata de una cuestión relacionada nada menos que con la mismísima vida humana, tras clamar contra campos de concentración alemanes, contra los gulags soviéticos y contra los montones de calaveras camboyanas. Y contra las medidas eugenésicas chinas e indias. Detalles y más detalles trasformados en discusión ideologizada con soluciones apriorísticas inamovibles de antemano. Unos tirándose vidas contra otros, mientras esas vidas aparecen en carteles, en gritos, en vídeos para consumo de los ciudadanos convertidos en perros de presa ética y moral. Para nada entraré en detalles. Para nada.
Solamente escribiré que toda esta cuestión me parece un momento de frivolidad humana, contagiada de la publicidad imperante y de la pseudodemocracia practicada desde bodegas oscuras de partidos y de cenáculos de la inteligencia postmoderna. Solamente añadiré que tras unos meses de legislación anunciada, la cuestión pasará a mejor vida y se convertirá en costumbre para muchos hombres y mujeres españoles relacionados con la terrible decisión. Y que muchos profesionales de la sanidad llorarán en su soledad incomprendida, y que muchos padres y madres sabrán nada de nada de lo acontecido a sus hijos e hijas adolescentes, y que algunas clínicas se harán de oro con tal legislación en la mano. Todo esto lo sé y lo escribo.
Se trata de la tremenda frivolidad con que estamos tratando el drama del aborto. Pero nos quedamos tan frescos. Y a otra cosa, mariposa. Dan ganas de llorar. Pero tampoco.
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Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas
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