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Luces y sombras de Sanisidro (y VI)

José Suárez-Inclán
lunes 15 de junio de 2009, 19:53h
Se acabó. Finalizó Sanisidro, finalizó su apéndice el Aniversario; el maratón taurino madrileño nos ha dejado exhaustos. Como una interminable travesía del desierto, las huellas de nuestras miradas agotadas han quedado perdidas por la arena pisoteada de Las Ventas. Y, sin embargo, este año —justo este— han quedado registradas en nuestra retina, en la memoria emocionada del corazón de la afición, dos de las más hermosas —y toreras— faenas que hayan visto nunca las gradas de esta plaza madrileña: Morante de la Puebla con el juampedro “Alboroto” y Luis Francisco Esplá en su gloriosa despedida con el victoriano “Beato”, son ya parte de la mitología que alimenta el libro de oro del toreo. No es poca cosa. Pero además otras luces, de distinto calibre, tono e intensidad, han brillado en el coso que circundan Alcalá, Julio Camba (¡quién lo diría) y la Avenida de los Toreros. También muchas sombras.

Por ejemplo la de los toros de Cebada Gago, que el 28 engancharon, con la precisión de los malvados, de forma artera y maliciosa, a tres de los toreros: El 1º a Encabo con precisión, mirando el muslo, al salir de un par de banderillas; el 3º acertó al banderillero Juan José Domínguez, de la misma forma, punteando rápido, preciso, en el mismo sitio. Como ya había tocado carne, repitió con Salvador cortés cuando más a gusto estaba. ¿Qué habrían mamado aquellos toros? ¿Cebada?

El 29 Frascuelo, de lila y oro, vestido de buen torero —el torero que con más años ha paseado esta arena—, todo emoción disimulada, “vencida de la edad sintió su espada”. Una sombra se aposentó en la plaza durante las dos faenas impotentes del gran torero. Llegaron el 30 los famosos Victorinos con Urdiales el clásico, el experto Cid y el entregado Fandiño. Máxima expectación en la que no valió clasicismo, experiencia ni entrega. Porque los toros, “si un tiempo fuertes, ya desmoronados” fueron todo mansedumbre, desidia e impotencia. Los rejones del 31 (bien Leonardo Hernández, en los rejones siempre triunfa alguien) abrieron el paso a junio con otro estrepitoso fracaso de El Puerto de San Lorenzo, cuyo primer manso pregonado sirvió para que Miguel Tendero confirmase y se doctorase a la vez: honor singular que la lluvia le había otorgado al suspender el dos días antes la corrida en Las Arenas de Nimes. Hubo Tendero de hacer equilibrios, tragando quina, para sortear la embestida, corta y rápida, del marrajo pegajoso y ofensivo. Y se atrevió a enseñarlo a embestir, embarcando, siguiéndolo, en su querencia, sin destaparle la cara, con valor y sabiduría. Una alternativa brillante a tener muy en cuenta. El Cid, sin embargo, continuó perdido por la sombra que lo acecha durante la temporada. Castella, con toros encogidos, movió la muleta como si fuera de noche y estuviese en el comedor de casa.

La Beneficencia, el cartel: Juli, Manzanares y Perera con Victorianos del Río. Si sale un toro… pero no estaba el mejor Juli, el animoso, inteligente y entregado en esta feria. Estaba Juli en otro sitio ¿Dónde? ¿Por qué? Manzanares, manos bajas, pierna en compás, bien ceñido, largo de vuelo el capote, inventó sus mejores verónicas. Pero calamocheó el animal, alguien gritó ¡miau! y hubo de intentarlo con el 5º (de Garcigrande) al que trasteó en la muleta con mucha enjundia, lentitud, temple y sabor. La feria estaba cansada, el toro —noble— blandeó un poco y las gradas se enfrascaron en discusiones mientras el diestro, en una burbuja, procuraba hacer toreo caro. Perera se despachó con la demostración de valor, temple y firmeza que acostumbra. Pero pinchó sus dos toros ante un respetable que salió, incomprensiblemente, con el espíritu caído y la queja medio ahogada en la boca. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese sopor? Se podían haber cortado tres orejas y abrir la Puerta Grande. La que abrió el albaceteño Rubén Pinar para despedir la feria, tras el paso silencioso de los diestros por la corrida de El Pilar: Uceda, torero clásico de media faena; Talavante, ausente; Luque, muy valiente, pero sin romper. Pinar llevaba el desquite en las muñecas: había confirmado, bajo la sombra deslumbrada de la tarde mítica de Morante. Y ahora rompió. Firme y corajudo, se le salía el empuje por la boca en una faena templada y técnica que la hastiada plaza siguió con frialdad. Cuando se dieron cuenta de la injusticia, el toro había caído de una estocada ciega. Una oreja. Con el último de la suerte, “Amable”, un cinqueño de 604 kilos, negro, jirón, facado, bragado y meano; serio y cuajado, miró, mientras brindaba, unas décimas de segundo a la puerta soñada. Tragó la embestida de bronco remate y le encontró la distancia para que no se rebrincase. Entonces salió el toro repetidor, bravo y con casta. Ahora, de pronto, la gente quería irse de la feria con buen sabor de boca. Y Rubén Pinar, con otra oreja, abrió la Puerta Grande.
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