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¿Arte o producción industrial?

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 15 de junio de 2009, 20:20h
El más lego en materias artísticas y estéticas observa a primera vista que la inmensa mayoría de las estatuas romanas que inundan museos y edificios públicos son los restos afortunados de escuelas y talleres que, desde los días finales de la República y de la plenitud del Imperio de los césares, se especializaron en la producción en serie con destino a todos los rincones del mundo regido por la Urbe. Muy al contrario, los testimonios de la escultura griega de los que todavía nos es dable gozar suelen responder a una autoría única y exclusiva, de la que se encuentra excluida toda “serialización” e incluso dúplica, por su auténtico carácter de obra artística, celosa de sus atributos y secretos sólo revelados a los auténticos connaisseurs, acezantes de belleza.

Incluso más peraltadamente, la misma antinomia se ofrece en la actualidad en el gengiskánico planeta novelístico. En su muy ancho territorio, agencias, agentes y críticos torpedean a los pacientes y potenciales lectores un día sí otro también con la fulgurante aparición de una obra magna, convertida a poco que editoriales y revistas se muestren diligentes en impactantes best sellers, lanzados sin solución de continuidad a las alturas guarismales y crematísticas. Como es lógico, empero, sólo en muy contadas ocasiones los títulos trompeteados desde televisiones y periódicos se hacen acreedores no ya a la gratitud de sus lectores si no al mismo aprovechamiento de su asediado tiempo. En una sociedad de masas también o, primordialmente, en lo cultural, el mercado, la llamada industria del fenómeno artístico se ha adueñado de librerías y público, fomentando a escala descollante la producción de subgéneros y sucedáneos, a la que la crítica no encuentra medio de encauzar o, llegado el caso, contrarrestar; tarea en la que podría tener el poderoso auxilio de la escuela y centros educativos si éstos encontraran ocasión para desarrollar el gusto y sensibilidad estéticos de su alumnado, objetivo hodierno de muy difícil alcance.

El paralaje de dicha literatura es muy amplio, según corresponde a la elaborada técnica comercial que preside la cadena de montaje de esta industria cultural. En los tiempos de crisis que corren se afirma por los expertos del marketing que es la novela histórica el producto de mayor demanda. En la confección de sus artículos se cuenta –dentro y fuera de España- con verdaderos virtuosos, entre cuyas plumas sobresalen en nuestro país las femeninas. El número de ejemplares se registra por miles y asimismo no es infrecuente que las ediciones lleguen a los dos dígitos, hazaña en verdad prácticamente desconocida hasta el presente en la historia de la edición.

Naturalmente, la novela, la literatura en general y la disciplina de Clío en nada se semejan, artística y culturalmente, a las obras que usufructúan en la actualidad el favor de los lectores. Con relevantes excepciones como, entre otras, las balzacianas, dikensianas , zolescas y galdosianas, la gran novela fue hasta la segunda guerra mundial trabajo artesanal, de orífices que pulieron incesablemente argumento, personajes y narración de una novelística a menudo de escasos títulos, encarnados años y años por sus autores antes de alumbrarlos. Tal fue, por ejemplo, el camino seguido por Stendhal, con compañía, ciertamente, envidiable: Flaubert, Clarín, Proust…, creadores de un universo novelístico a prueba de modas, corrientes y… propaganda. Con ellos, conforme resulta obvio, no se obliteraron para siempre la espita de la originalidad, la fuerza inventiva y la paleta descriptiva. En la actualidad, más en potencia o en proceso de formación que en acto, existen otros nombres como aquéllos. Pero no, desde luego, en el número en que los anuncios de prensa y televisión así como plumas mercenarias o intonsas propagan en las páginas de suplementos y magacines de los grandes diarios.
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