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Oaxaca tres años después

miércoles 17 de junio de 2009, 01:13h
El 14 de junio se conmemoró el tercer aniversario de los fuertes enfrentamientos entre la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) y las autoridades estatales del estado mexicano de Oaxaca junto con las autoridades federales. En 2006 se iniciaron una serie de manifestaciones por parte del sindicato de profesores del estado, los cuales demandaban varios cambios en la relación con el ejecutivo estatal, así como mayores beneficios. El gobernador, Ulises Ruiz, desoyó las demandas de los manifestantes, y ante la ocupación de estos últimos de calles y plazas del centro de la capital estatal, envió a la policía municipal y estatal para desalojarlos por la fuerza. La respuesta y la falta de diálogo de las autoridades provocó la irritación de muchas otras organizaciones y sectores de la sociedad civil, resultando en la unión y coordinación de muchos de estos en la APPO, organización que integra a alrededor de 500 organizaciones y asociaciones, entre ellas grupos de apoyo a los derechos indígenas.

El conflicto se desencadenó y extendió por todo el estado, aunque con mucha mayor intensidad en la ciudad de Oaxaca. Los enfrentamientos entre la APPO y las autoridades fueron escalando de tal manera que la ciudad se encontraba prácticamente en estado de sitio, con retenes policíacos y militares en varias calles de la ciudad, así como barricadas de los manifestantes. El gobierno de Ulises Ruiz se vio desbordado ante el creciente número de seguidores que ya demandaban su dimisión, por lo cual solicitó la ayuda del gobierno federal el cual envió a miembros de la Policía Federal Preventiva a apoyar a los cuerpos policíacos locales. El descontento de la sociedad aumentaba, pero ya no sólo con el gobierno estatal, sino muchos también con la APPO por sus violentas manifestaciones que afectaban a los vecinos y a los comercios de la ciudad.

El gran número de heridos, muertos, desparecidos y detenciones ilegales dentro de los hogares llamó la atención de los medios de comunicación, creando la indignación ya no sólo en el estado, sino en el país entero. Uno de los fallecidos en circunstancias bastante confusas fue precisamente un reportero de la agencia independiente de noticias estadounidense Indymedia. Después de varios meses y de los arrestos de varios líderes de la APPO, así como la emigración de algunos manifestantes, las autoridades recuperaron la ciudad y los enfrentamientos cesaron. Sin embargo, las demandas siguen vigentes, los problemas no han sido resueltos del todo y, aún hoy, se siente una gran tensión en la ciudad oaxaqueña. El resultado del conflicto afectó especialmente a los pequeños comerciantes del centro de la capital estatal, muchos de los cuales tuvieron que cerrar sus negocios ante la falta de actividad económica y de turismo, principal ingreso del lugar. De igual forma, muchos están descontentos con el gobierno estatal que prometió un paquete de ayuda para los negocios de la zona, el cual sólo ha sido entregado a los mayores comercios y no a los que más lo necesitaban.

El domingo pasado, la APPO organizó una marcha masiva en la ciudad de Oaxaca en la que según sus cifras participaron cerca de 500 000 personas, instalando barricadas en diferentes puntos de la ciudad, suspendiendo el transporte urbano y dañando también bancos y locales comerciales. El resultado fue un enfrentamiento, intercambio de disparos, con el trágico saldo de un muerto, que transportaba cohetes para la manifestación, y más de diez heridos. La actitud del gobernador, Ulises Ruiz, fue diferente en esta ocasión, manifestándose más dispuesto al diálogo y evitando actuar tan dura e intransigentemente como lo hizo tres años atrás. El miedo a la ingobernabilidad está presente aún y por eso las autoridades estatales han actuado con más prudencia. Los problemas siguen ahí, pero la sociedad oaxaqueña ya no quiere enfrentarse a una situación como la del 2006, además su economía no lo podría resistir nuevas tensiones, cuando todavía no se ha recuperado totalmente del enfrentamiento anterior. El diálogo y el entendimiento son difíciles pero necesarios. La violencia, sin importar de dónde proceda, no contribuye al progreso ni a la convivencia armónica; nunca se obtiene nada bueno de esta manera. Ojalá que los oaxaqueños lo entiendan.
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