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Lecciones sobre Gordon Brown y la crisis del laborismo británico

Julio Crespo MacLennan
miércoles 17 de junio de 2009, 20:32h
Se atribuye a Harold Macmillan la frase de que lo más difícil de controlar para un político son los acontecimientos. El caso del primer ministro británico Gordon Brown lo confirma. Brown fue uno de los políticos más brillantes de su generación, muy bien formado académicamente y comprometido con la causa laborista desde su adolescencia, sus contemporáneos siempre auguraron que llegaría a lo más alto. Sin embargo dos años después de heredar el poder de Tony Blair, Brown ha estado tan desbordado por los acontecimientos que puede considerarse el peor primer ministro que ha gobernado Gran Bretaña desde el fracasado Anthony Eden en los años cincuenta.

Una serie de circunstancias adversas han hecho añicos la reputación del primer ministro laborista y su gobierno. En primer lugar doce años de gobierno laborista que han creado una sensación de hartazgo en el electorado, luego está la crisis económica muy vinculada a Gordon Brown que fue ministro de Hacienda durante diez años; por último un escándalo sobre las dietas y los gastos de los miembros del parlamento del cual el gobierno ha salido muy mal parado pues varios de sus miembros han constituido los casos más llamativos de enriquecimiento a costa del erario público. Finalmente, las luchas internas en el gobierno han culminado con la dimisión de cuatro ministros en tan sólo una semana. Esta insólita deserción pone en evidencia uno de los principales defectos de Gordon Brown: su falta de empatía. Pues Brown a pesar de sus virtudes tiene un gran defecto, grave para un líder político y es que no tiene don de gentes ni lograr inspirar confianza, lo cual explica que en cuanto han comenzado los tiempos difíciles no sólo le han dado la espalda muchos de los que tradicionalmente votaron al laborismo sino incluso miembros de su propio gobierno.

Las elecciones locales y europeas que tuvieron lugar la semana pasada constituyen una histórica derrota para el partido laborista. Ha quedado en tercer lugar, a gran distancia del Partido Conservador e incluso del partido euroescéptico UKIP, y para colmo en algunos de sus feudos del norte de Inglaterra sus votantes se han pasado al ultraderechista BNP, que consigue por primera vez dos escaños en el Parlamento Europeo. En estas circunstancias la victoria de los laboristas en las próximas elecciones generales, que deberán celebrarse en 2010, no sólo parece imposible sino que se teme que puedan quedar por detrás de los liberal-demócratas; esta sería una venganza histórica pues no olvidemos que el auge del laborismo británico como partido con posibilidades de gobernar a comienzos de los años veinte se logró gracias a que los liberales que hasta entonces habían alternado en el poder con los conservadores fueron borrados del mapa electoral. La situación de los laboristas es tan complicada que nadie parece estar dispuesto a desafiar el liderazgo de Gordon Brown, prefiriendo que sea él el que cargue con la responsabilidad de llevar el partido a unas elecciones con tan pocas posibilidades de éxito. Harold Macmillan también dijo que toda carrera política acaba en lágrimas, la de Brown especialmente.

El batacazo electoral de los laboristas británicos muestra el caso más dramático de la crisis del socialismo en Europa. Margaret Thatcher que se adelantó a su tiempo en el desafío a las viejas fórmulas socialistas, dijo que uno de sus principales objetivos era lograr que los socialistas nunca vuelvan a gobernar en Gran Bretaña. Tony Blair logró ganar tres elecciones a base de marcar distancias frente al socialismo tradicional, Gordon Brown por el contario quiso encarnar la vuelta a las raíces del laborismo y quizás con ello logre pasar a la historia como el último primer ministro socialista en la historia británica.
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