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La lección de Ionesco

Concha D’Olhaberriague
viernes 19 de junio de 2009, 23:34h
Los teatros públicos de Madrid, animados quizá por el favor del público, han geminado sus salas y en la pequeña del Español se representa estos días la segunda obra de Eugène Ionesco: La lección.

Esquivos a describir lo complejo, los manuales de literatura suelen encuadrar los dramas del escritor rumano en el teatro del absurdo. Y las etiquetas, útiles para no trastrocar los tarros de la alacena, estorban la percepción cuando lo que nos traemos entre manos es una obra de arte. Valdría más ir a verla sin saber nada de ella y dejarse sorprender.

Eugen Ionescu, que así se llamaba antes de afrancesar su nombre, ejecuta en esta pieza estremecedora un refinado, puro y completo juego de poder con final trágico. No podía ser de otra forma. Tres son los personajes: el profesor particular, la alumna que acude a su casa a recibir una lección de aritmética y lingüística y la criada, cómplice necesaria del crimen en serie; el final en anillo anuncia la reiteración y la cartera de la alumna inmolada en la mesa profesoral, arrojada por la sirvienta junto a otras pertenecientes a las víctimas anteriores, muestra el cementerio en el que habitan los verdugos.

La perfección de la pieza no es una mera cuestión de factura. El maridaje de argumento y ritmo y el talento verbal de su autor aciertan a plasmar en un frenético crescendo que lo cómico y risible puede ser la otra cara de la perversidad. Teatro de lo contradictorio y el dominio del hombre por el hombre a través de la palabra requiere unos actores capaces de aprender un texto endiablado y expresarlo con la gestualidad precisa, histriónica y discursiva a la par. El trío del Español es espléndido. La dirección y el montaje también. Se han incorporado elementos obsesivos tales como el comecocos electrónico al que juega la criada-ama y las angustiosas puertas detectoras de metales, tan presentes en nuestra cotidianidad.

Pensador y artista perspicaz, Eugène Ionesco explora la raíz del maltrato entre las personas en una de sus múltiples versiones y lo hace con el lenguaje más cargado de significación, el de la obra artística, que es pensamiento concreto y autónomo a la vez. Las ideas del poeta, nos dice en su Diario, son como gérmenes vivos que estallan y se desarrollan según las modalidades propias de la creación. Una de ellas es el teatro, felizmente renacido tras los malos augurios de otros tiempos.

Una buena excusa para rendir culto a Talía y a Melpómene o para leer a un escritor sabio.
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