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Ausencias

José Suárez-Inclán
martes 23 de junio de 2009, 19:21h
Los ausentes. Ausentes de Sanisidro, ausentes de público, ausentes de muchos sitios, de muchas fechas, a punto de aparecer por el portón de cuadrillas un 21de junio, como sanluises, bajo la luz más larga del año, estallada en el azul diáfano de la bóveda venteña. Desnudez de verano, desnudo de agosto en junio. Las gradas deslumbradas de un fulgor grisáceo entrepelado de granito. Tres toreros ausentes paseando el oro por la arena del Madrid de resaca mientras en Barcelona, Morante, Juli y Manzanares; en Badajoz, José Tomás y Perera; en Alicante, Aparicio y Cayetano; el maestro Esplá en Colmenar… se disponían a quemar los tendidos de la tarde. Se escuchaba en Madrid afinar los instrumentos a la banda. En el día más luminoso, los juanpedros de Guadaira anunciando el verano. Con toreros buenos, de personalidad, para torear sin público. Bajo la fulminante mirada de Apolo. Sonaron los clarines como versos de Guillén y se hizo el minuto más largo de silencio que conociera esta plaza, el minuto de ausencia (que fueron dos) por el inspector Eduardo Puelles, asesinado por ETA. La sequedad abrasadora de Apolo.

Pero el primer toro se llamaba “Dionisio” y era negro. Y aunque sacudió las afiladas velas en el capote suave que le echó Curro Díaz, quiso el diestro rellenar la tarde. De arte vivo. De toreo. ¡Con qué gracia lo brindó! ¡Con qué enjundia lo recogió! Pases por alto, trincheras por bajo… todo en la palma de la mano. Y aunque “Dionisio” punteaba la cadencia que ponía Curro en la muleta, no pudo desbaratar una serie de naturales de sabor crecido, de baile lento y templado, y una trincherilla con mucha música. Pero sería en el 4º, “Organillero”, al que en la muleta gitaneó de recibo tres hermosas trincheras y uno de pecho, donde haría saltar la alarma. La que pone en aviso de creación inminente de belleza. Allí le dio distancia y medios derechazos al desmayo, allí el brazo lento acompañaba al cuerpo, y allí le bailó —torero, con gracia y arte, suave y denso— el natural garboso, el de soplo flamenco en los remates, lánguidos unos, enroscados otros; trincherillas nocturnas y medios molinetes por alegrías, una alegría antigua, de fuente y palo, que siguió en el aire en la vuelta al ruedo. La primera vuelta al ruedo del verano. Entre tanta ausencia.

Toreó el elegante Eduardo Gallo sus dos toros con la decantada parsimonia que le es propia. Deliciosa —e inesperada— en el capote. Excesiva, muy templada, exasperante, en la muleta. En el 2º sacando derechazos perfectos cada media hora. Faena, sin duda, espaciada. En el 5º templándole poco a poco, con su clase fría hasta ralentizarlo en naturales de geometría armónica, un tanto sideral, un tanto cósmica. Y ya se sabe la falta de calidez que hay en el espacio. En ambos, las estocadas, perfectas, a ley, en lo alto, en corto y por derecho. Hubo pañuelos salmantinos de sombra y de sol y sombra.

El albaceteño Andrés Palacios dejó promesas frente a los cabezazos de “Lujurioso”, un pellizco manchego —que también lo hay— y un movimiento y un aire campero —como su capa de vueltas azules sin engomar— que no volvió a aparecer con “Fandango”, el mil hierbas que cerró plaza y que sacó el resabio de los años.

Una tarde de ausencias que llenaron los toreros. De mayor a menor. Por estricto orden de lidia. Con la llegada del verano a Madrid. Con la luz más larga.
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