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Meditación de zombi

miércoles 24 de junio de 2009, 20:55h
Hablábamos del ciborg como símbolo de nuestra racionalidad instrumental, esto es, como símbolo de la relación entre la naturaleza y la técnica. Ahora bien, si en vez de atender a nuestra relación con la naturaleza reparamos en la que tenemos con nosotros mismos (nosotros en tanto especie animal productora), en la galería de monstruos podríamos encontrar una indicación de los temores del individuo con respecto a la sociedad en la que y de la que vive. La fascinación de lo siniestro se alimenta de la verdad que oculta.

Del mismo modo que en el monstruo de Frankenstein puede intuirse el comienzo de la conciencia de la fragmentación del individuo bajo el régimen productivo de la Revolución Industrial inglesa, y Drácula podría ser un trasunto literario del declive social de la nobleza a finales del XIX y su carácter parasitario respecto al sector productivo, el comienzo del XX nos ofrece con el Golem (en hebreo, “estúpido”) la prefiguración de lo que podríamos llamar el Monstruo de la Sociedad de Masas: el zombi, que, a despecho de su origen africano, cumple en la cultura occidental-planetaria una función psicológica similar a la del fantasma (el retorno de lo reprimido), pero expresando la relación que un individuo de la sociedad administrada tiene con su cuerpo. Si la actual exigencia es la de que nuestro cuerpo nos obedezca como un dispositivo funcional (los alimentos se publicitan ya, lejos de su función nutritiva, con los caracteres del medicamento bifidúsico o del potenciador físico) y atlético (mediante el trabajo gimnástico o mejor aún, la reconstrucción cosmética dirigida), el zombi es la pesadilla del cuerpo idiota e inútil, en correspondencia con una inteligencia obtusa. Convertidos en puro hambre del otro (hambre que no tiene por objeto alimentarse, sino sólo destruir y contagiar, hambre consumista que no se sacia), la no-vida del zombi es parodia de las funciones fisiológicas de la vida verdadera (lo que podríamos hacer extensible, si esto no fuese un mero apunte volandero, para el trabajo, el amor o el ocio en una sociedad convertida en parque temático de sí misma). A diferencia del hombre lobo, que es víctima de unas pulsiones animales demasiado vivas (y cuya figura fue creada, como todo el mundo sabe, por Hobbes), el zombi es el cuerpo convertido en inercia, que actúa por mero recuerdo y sometido a la putrefacción de una rutina vacía de contenido. El hombre lobo, al menos, se libera de sus ropas: las costuras prediseñadas no se ajustan a su animalidad. El zombi las viste porque son parte de él. Por esencia anónimo, la no-vida del zombi está implicada en su uniforme: el policía, la camarera, la enfermera, el dependiente, el ejecutivo caminando juntos en círculos por las calles abarrotadas en simulacro de día laboral. La no-vida del zombi es la no-vida del Sistema, el cual es asumido como lo más propio de lo humano (frente a la naturaleza, el Sistema es construcción humana) y a la vez sufrido como lo más ajeno a nosotros (frente a lo humano, el sistema se nos presenta como segunda naturaleza, como un “así son las cosas, hijo mio”). La no-vida del zombi es la muerte en vida de la vida falsa.

Aunque hay que notar, sin embargo, que el zombi postmoderno ya no es esa torpe masa de tendones y vísceras de finales de los sesenta, que arrastraba los pies mientras balbuceaba vaya a saber qué cosas, sino que ha hecho de ese atletismo obligado una inutilidad furiosa e histérica. El zombi es ahora gimnásticamente violento: para que luego nos vengan a negar el progreso.
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