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crítica

Stieg Larsson: Millennium 3. La reina en el palacio de las corrientes de aire

jueves 25 de junio de 2009, 14:16h
Lo comercial no tiene porque ser necesariamente malo. Si no, los 200.000 ejemplares despachados en España sólo en el primer día en que salió a la venta la tercera parte de la saga Millennium, La reina en el palacio de las corrientes de aire, imposibilitarían decir que la última novela del fallecido escritor sueco Stieg Larsson es una obra de calidad. Y, sin embargo, lo es.
Lo comercial no tiene porque ser necesariamente malo. Si no, los 200.000 ejemplares despachados en España sólo en el primer día en que salió a la venta la tercera parte de la saga Millennium, La reina en el palacio de las corrientes de aire, imposibilitarían decir que la última novela del fallecido escritor sueco Stieg Larsson es una obra de calidad. Y, sin embargo, lo es. A pesar de los pesares, de todos aquellos a quienes les gusta renegar de los best seller y de los otros tantos que sienten urticaria sólo con oír hablar del fenómeno Larsson por hartazgo mediático, sin ser una novela digna de un premio Nobel, tanto La reina en el palacio de las corrientes de aire, como sus predecesoras, Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con un bidón de gasolina y una cerilla, son un respiro entre tanto libro malo y pretencioso que llega a nuestras librerías cada día. Y eso, a pesar de venderse como churros.

¿Por qué? Se podría resumir la calidad y mérito de los libros de Larsson en una idea muy sencilla: cumplen las expectativas que crean sin dejar en el lector esa incómoda sensación de ‘me acaban de tomar el pelo’ que provocan muchas novelas del estilo del inefable Código da Vinci. Stieg Larsson da lo que promete, crea una trama bien construida, la resuelve correcta e inteligentemente, atando todos los cabos y, además, lo cuenta de una forma excelente: sencilla, concisa, ágil y adictiva. Sólo así se puede entender que las casi mil páginas de cada uno de los tres volúmenes de Millennium se devoran con facilidad y adicción, independientemente del nivel de lectura de quien tiene el libro entre manos.

Por supuesto, no se le pueden buscar los cinco pies al gato. Quienes se acerquen a Millennium esperando encontrarse con una novela existencial, con un lenguaje innovador y alambicado o una trama que rompe moldes se llevarán una profunda decepción. Porque “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, al igual que sus antecesoras, es puro entretenimiento. Algo así como unas palomitas literarias cocinadas por un gourmet voluntarioso, con un afán y unos ingredientes de tal calidad que el resultado acaba siendo alta cocina.

Cada libro de esta trilogía, que viene acompañada con una historia paralela digna de su propia novela –Larsson murió sorpresivamente antes de ver publicada la primera entrega, dejando a medio hacer un cuarto libro y a su compañera sentimental desde hacía más de 20 años sin ver ni un euro de lo recaudado por los libros, por no estar casados, mientras que su padre y hermano, con quienes llevaba años sin hablarse, se están llevando todos los beneficios. Todo un peliculón- representa un género literario. “Los hombres que no amaban a las mujeres” es una novela de misterio al estilo más clásico, en la que a través de una investigación detectivesca, los protagonistas, la genial y estrafalaria hacker Lisbeth Salander –una Pippi Calzaslargas del siglo XXI, según su creador- y el periodista Mike Blomkvist –un reportero irresistible para las mujeres, con un insobornable sentido ético y un punto näif, que se revela como un alter ego del autor, en el que Larsson parece volcar gran parte de sus fantasías- deben resolver un misterioso crimen en el que se entremezclan la ambición y los oscuros secretos de una rica familia empresaria. “La chica que soñaba…” recoge los acontecimientos personales de Salander, que en la primera parte de “Millennium” aparecían como una historia paralela y secundaria a la acción principal y construye con ellos una novela de intriga policíaca, en la que los secretos no se desvelan a través de una investigación ‘poriotiana’, sino que el lector los descubre cuando los personajes, que en está ocasión sí saben qué es lo que pasa, los van poniendo sobre la mesa.

En “La reina…” no hay secretos que descubrir. La zanahoria que arrastra al lector página a página no es la curiosidad por saber qué se esconde entre unos misterios que ya están resueltos. La última parte de la trilogía es un thriller de acción en el que el enganche reside en saber cómo van a conseguir los héroes resolver todos los problemas a los que se enfrentan. La intriga no reside en el qué, como en las anteriores novelas, sino en el cómo. Y, sin embargo, esto no le resta un ápice de interés.

Quienes disfrutaron leyendo las entregas anteriores lo harán de la misma forma, aunque con un objeto de deseo diferente. Por supuesto, los ingredientes fundamentales siguen ahí, así como los puntos débiles, que siguen siendo los mismos. El estilo sobrio, minucioso, repetitivo en ocasiones y extremadamente detallista es el mismo que en las novelas anteriores. No existe ruptura entre una y otra y se nota que Larsson debía de escribir de forma desaforada y continua. Asímismo, el exagerado buenismo y poder de seducción de Blomkvist –que, a pesar de ser descrito como un hombre madurito con su tripita, atrae irremediablemente a cuanta mujer se le cruce- a veces rallan en la parodia. Y, por supuesto, Lisbeth Salander sigue erigiéndose como la gran heroína del libro, desempeñando –y aquí reside el gran mérito de “Millennium”- el papel que hasta ahora en el imaginario colectivo se otorgaba al ‘macho’. En “Millennium” el bonachón e ingenuo Blomkvist es la damisela a quien la valiente y parca en palabras Lisbeth Salander tiene que salvar el culo.

Así pues, con “Millennium” lo mejor es dejar de lado complejos y snobismos absurdos y zambullirse en un mundo que, con sus defectos y cualidades, Stieg Larsson creó para el disfrute de los amantes de los libros con mayúscula, de los buenos, buenísimos y de los correctos y redonditos. Palomitas, sí, pero de calidad y a mucha honra.

Por Regina Martínez Idarreta
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