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El embrollo iraní

Víctor Morales Lezcano
viernes 26 de junio de 2009, 19:43h
A poco más de una semana de la celebración en Irán de las elecciones a la presidencia (Jefatura de Gobierno), el panorama político y social de aquel país se divisa confusamente desde la perspectiva occidental.

De los cuatro candidatos a la elección, Ahmadineyad -recordemos- había recibido el espaldarazo del discreto Ali Jameini; mientras que Mir Hussein Moussavi contaba con el espaldarazo de Akbar Hashemi Rafsanjani, presidente de la Asamblea de Expertos y del llamado Consejo de Discernimiento -ambas, magistraturas aureoladas por la excelsitud carismática del islam chií.

Como quiera que el resultado de las elecciones celebradas el 12 de junio, pareció arrojar una palmaria ventaja a favor del candidato predilecto del Guía Supremo, frente al supuesto candidato aperturista, un sector de la opinión pública y del voto joven, no dudaron en lanzarse a las calles de Teherán a las 48 horas escasas después de celebrados los comicios y de haberse anunciado oficialmente sus resultados.

Ha habido, por tanto, una irrupción bastante espontánea del Irán joven versus la presunta manipulación que el establishment clerical habría practicado en un giro de acción poco honesto, amén de poco afortunado en lo político.

A lo que parece, ni la predisposición benévola del ayatollá Jameini (Guía Supremo, Jefe del Estado) a revisar parcialmente (¿?) el voto depositado en las urnas el 12 de junio, ni la promesa del máximo sanedrín islámico-chií de reconsiderar el asunto (¿?), han logrado calmar la oleada de protestas públicas que día y noche recorren las calles de las principales aglomeraciones urbanas de Irán.

El dilema en cuya encrucijada yace la República de Irán está a la vista: una rectificación de tipo electoral podría no satisfacer a la opinión pública descontenta con el “maniobrerismo” de los pro-gubernamentales; mientras que una consolidación del principio de autoridad absoluta (“de aquí no me muevo ni un centímetro”) podría sobrecargar la línea de tensión existente entre el poder y la calle; con lo que, a la cólera de los indignados contestatarios, el Régimen les opondría, no sólo a los “canes de la guardia” o milicianos de observancia religiosa estricta (Guardianes de la Revolución), sino incluso al ejército de la República. No se olvide, a propósito, que el ministro de Defensa, Mustapha Najjer, es afín a la línea política del populismo patriota encarnado por Ahmadineyad, aunque no es menos significativo el hecho de la “antipatía” que Rafsanjani profesa al re-electo presidente del gobierno, ¿en funciones hasta que se produzca el “recuento” parcial de votos, o a la esperada decisión final del sanedrín de sabios?

El “embrollo”, en consecuencia, está servido en bandeja de plata. El trasfondo de intereses subyacente en la superficie de la fenomenología de la protesta callejera -política energética, relaciones con el exterior, problemas laborales de una juventud iraní atenazada tanto por la economía global como por el control rígido de la opinión pública y deseosa del derecho que solicita a obtener una información amplia y contrastable a través de los múltiples medios internáuticos que hay en uso (facebooks, bloggs, youtubes)-, es trasfondo social que está buscando emerger con vistas a encontrar ¿una salida?, ¿un reajuste?, ¿una ruptura? a la sociedad iraní de 2009. Habrá que dar más tiempo al tiempo. Después de la alocución que ha pronunciado Jameini en la Gran Mezquita de Teherán, el viernes 19 de junio, y del pulso entre los “clanes” del poder en Irán -con Ahmadineyad y Moussavi interpuestos- el Guía Supremo ha llegado a proferir una advertencia de resultados impredecibles: “Si los manifestantes no se detienen, ellos serán los responsables de las consecuencias del caos”.

Veremos qué desarrollo adquieren los acontecimientos en el transcurso de la semana que estamos iniciando.

Una posdata de cierta utilidad podría reposar sobre un recordatorio que suele caer frecuentemente en olvido entre nosotros. Consiste aquél en el hecho de que la renovación y puesta en órbita del principio teológico y jurídico que vertebra el chiísmo iraní, presupone que el Juez (Guía) Supremo que gobierna la comunidad musulmana (umma), sea el representante del Imám divino que logrará dar a luz paz y bienestar a todos los humanos fieles al Profeta. Se trata, en suma, de una tradición religiosa centenaria (una vez más, “las ideas se tienen, pero en las creencias se está”), desempolvada por el imám Jomeini en la serie de conferencias que pronunció en la ciudad iraquí de Nadjaf (que junto a Kerbala es una de las mecas de la shía) antes de la revolución iraní de claro sesgo anti-monárquico que se desarrolló en 1979. En ellas se perfiló el principio del Velayet – e Faquih, o condición del Juez como autoridad moral suprema de la comunidad religiosa, política y cívica de los fieles chiíes.

El Consejo de Sabios, tras mucho discernimiento, respaldó la opción jomeinista para detentar en su momento la carismática jefatura religiosa -y estatal, o sea, republicana- en el Irán de la efímera dinastía de Reza Shah Pahlevi (1925-1979).

El proceso de legitimación del Ayatollá culminó con el respaldo a Jomeini por el imám Mohamed Baquer el-Sadr, personaje-clave del chiísmo iraquí, hasta que el régimen de Saddan Hussein lo hizo desaparecer físicamente en 1980.

El olvido de este hecho suele llevar a la ininteligibilidad del fenómeno histórico que culminó en Irán el 11 de febrero de 1979, fecha de la caída del antiguo régimen iraní, que venía asociado a la familia de los Pahlevi y al shah en persona. Momento en el que se institucionalizará en Irán la república de los ulemas (o fase clerical, paroxística, del jomeinismo). La República teocrática intentará luego abrirse a determinados acomodos seculares bajo la presidencia de Mohamed Jatami entre 1997-2003, aunque sin renunciar al principio del Velayet – e Faquih. O sea, al principio de la autoridad religiosa, jurídica y política inmanente al Guía de los fieles chiíes.

Qué el Todopoderoso ilumine al ayatollá Jameini, en la obtención de lograr una salida airosa del embrollo en que está inmersa gran parte de la sociedad iraní en estas calendas de junio de 2009. O sea, treinta años después de la más sonada revolución clerical que registrara el siglo XX.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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