La crisis explicada a sus víctimas
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 28 de junio de 2009, 21:11h
Paco -50 años, autónomo, empresario de hostelería, sin financiación desde hace cerca de un año- se llevó las manos a la cabeza al descubrir lo que ganaba el broker Gerome Kerviel justo antes de hacer saltar la banca a finales de 2008. Comenzó a leer el último libro de Carlos Salas La crisis explicada a sus víctimas y no paró hasta la última página. Con la cara del que llegó a la fiesta cuando había terminado, pensó en el crédito que necesita y ya no tiene -ni seguramente tendrá- en mucho tiempo. Se ha acabado el alboroto y ahora empieza el tiroteo. Por eso, era necesario un libro como el de Carlos Salas sobre la crisis.
La información económica –como la política- tiende a ser confusa para los profanos en la materia. Esto es todavía más grave cuando se trata de la crisis; los propios economistas caminan como boxeadores sonados preguntándose ¿qué ha pasado? Así que mi amigo Paco está más perdido que el alambre del pan Bimbo y sólo Carlos Salas ha logrado sacarlo de la perplejidad para sumergirlo, eso sí, en la tristeza. Este libro trata de cómo se fue al garete un sistema insostenible: de a poquito al principio y con precipitación al final.
Carlos Salas ha encontrado la fórmula narrativa para contarnos los excesos de un sistema financiero que, ganaran o perdieran las empresas, ganaba siempre y que, peor aún, ganaba más cuando aquéllas perdían. Al final, era más rentable especular que producir bienes y servicios. Con el paralelismo genial de la peste de Londres narrada por Daniel Defoe, Salas ha escrito un libro que se lee con el suspense de un folletín y la tristeza de un obituario. Así, ante nuestros ojos desfilan los gurús que prometían enriquecimientos prodigiosos sin dar palo al agua; el de los agoreros a los que nadie escuchó; el de los insensatos que se endeudaron más allá de sus propias posibilidades y de las del sistema financiero (los que Leopoldo Abadía llama NINJAS en otro libro de próxima reseña).
Especialmente destacable es el capítulo dedicado al sector inmobiliario, que antes fue Eldorado y ahora parece el culpable de todos los males como si construir casas fuera malo. En España, de todos modos, mucha gente perdió el juicio y ahora, leído en las páginas de Salas, nos parece incomprensible que casi nadie se diera cuenta. Muchos creyeron que era imposible que una casa –como si fuera un bien mágico ajeno al mercado- bajase de precio y muchos se metieron a aprendices de brujo como si cualquiera sirviese para promover o construir inmuebles. Como no bajarían jamás, se podía avalar con las viviendas hipotecadas de unos las hipotecas de otros y ampliar los préstamos para viajar y comprar coches: el dinero era barato y el banco lo ofrecía como si le sobrase. El caso es que el dinero no sobraba y lo que sí faltaban eran garantías de verdad. El sistema estaba cavando su propia fosa.
La especulación, el pelotazo, el compadreo (con políticos o sin ellos) tienen su origen en la codicia. Alguien tenía que decirlo y ha sido Salas. Los codiciosos se habían hecho con el sistema y sedujeron a muchos otros. Así, la codicia se extendió por todos los niveles de la sociedad y llevó a un endeudamiento insoportable. Al final, se quebró la confianza del sistema y así estamos: rescatando con dinero público a entidades financieras cuyos responsables siguen por ahí como si la cosa no fuera con ellos y buscando financiación para las empresas y los autónomos como agua en el desierto. Muchos han dejado de pagar ya las hipotecas y la dudosidad del crédito a los hogares para adquisición de vivienda con garantía hipotecaria se ha disparado el primer trimestre de 2009 hasta una tasa del 2,83% según la Asociación Hipotecaria Española.
Ahora bien, ¿Qué debemos hacer?
El libro de Salas termina con optimismo moderado pro la realidad, que se impone con dureza. Hay que saber gestionar el dinero y retomar el sentido común evitando aventuras financieras. Hay ayudas gubernamentales (¿es esto tranquilizador con este Gobierno?, piensa el malvado lector). Se recupera a la familia y los amigos como salvavidas ante la crisis.
Así, después de leer esta crónica de una muerte financiera anunciada pero no atendida, uno se pregunta si nadie pedirá cuentas (nunca mejor dicho) a los responsables. Uno se plantea si, de nuevo, será la clase media la que deba sostener y rescatar a los irresponsables y a los codiciosos.
De nosotros depende la respuesta.
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Analista político
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