El arma más poderosa de Al Qaeda
miércoles 01 de julio de 2009, 20:41h
Afganistán fue a la extinta Unión Soviética lo que Vietnam a Estados Unidos. Aquel enclave montañoso que ya fuera capaz en su momento de derrotar al todopoderoso Alejandro Magno hacía lo propio con la Madre Rusia. Por entonces, la CIA estaba muy interesada en la derrota de los soviéticos, por lo que financió y adiestró a combatientes locales, a los que se unirían posteriormente hombres venidos de todo el mundo islámico: los muyahidin. Entre ellos un inteligente joven perteneciente a la familia saudí más importante después de la real, que pronto mostró sus dotes de liderazgo. Así, levantó escuelas y hospitales, estableció subsidios para viudas y huérfanos y constituyó una base de datos con los nombres de los muyahidin, detalle de operaciones y coste de las mismas. En árabe, “Al Qaeda”, “la base”. Y su nombre, Osama Bin Laden.
Fue allí donde empezó a forjarse el mito. En su Arabia Saudí natal fue recibido como un héroe, aunque pronto las cañas se tornarían en lanzas. A raíz de la invasión de Kuwait por Irak, la dinastía saudí vio el peligro de cerca. Ante la amenaza potencial que suponía el ejército de Sadam Hussein, Bin Laden puso a disposición del rey Fahd su experiencia y sus muyahidin, pero el soberano saudí declinó airadamente la oferta, decantándose en su lugar por el ejército norteamericano. Aquello fue demasiado para la conciencia fundamentalista de Osama, quien ya empezaba a defender abiertamente el uso indiscriminado de la violencia para imponer la Sharia en todo el mundo.
Nadie prestó la suficiente atención a aquel advenedizo saudí, que ya empezaba a apuntar maneras. Se estableció en Peshawar (Pakistán) y luego en Sudán, para recalar definitivamente en Afganistán, cuando ya era perseguido por medio mundo. En su casa de Peshawar nació el germen de la que hoy es sin duda la organización terrorista más conocida a nivel global. Yerran, por tanto, quienes sostienen que el terrorismo nace de la pobreza y la miseria. Son dos factores a considerar, sí, pero no en este caso. Osama Bin Laden proviene de una acaudalada y prestigiosa familia, sin nada raro en su seno. Tampoco es un desarraigado su lugarteniente, Al Zawahiri, prestigioso cirujano egipcio que lo dejó todo por la yihad. Y algo parecido puede decirse de los que participaron en los ataques del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas en Nueva York. Gente viajada, con preparación, cultura e idiomas.
¿Cuál es, por tanto, el fin de Al Qaeda? Simplemente, aniquilar al mundo infiel, ensañándose especialmente con el enemigo estadounidense, objeto de todas las iras de Bin Laden. Desde su plataforma de Al Qaeda, ha sabido orquestar magistralmente el descontento del mundo islámico con Occidente, a quien hace culpable de todos los males del Islam. No hay un solo musulmán en el mundo que no reconozca a Osama Bin Laden al menos un punto de justificación en parte de su mensaje, aunque nunca lo reconocerán abiertamente. Y esa es precisamente su fortaleza: se sabe apoyado. Y se sabe igualmente expandido: aunque le capturasen o muriese -si es que aún sigue vivo-, su estela perduraría. La ideología ha superado con creces a su creador, cobrando vida propia. Así las cosas, acabar con Al Qaeda será prácticamente imposible. Sólo el Islam puede. Inshallah.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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