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Edipo y los mármoles del Partenón

Concha D’Olhaberriague
jueves 02 de julio de 2009, 22:01h
En el teatro Matadero de Madrid, espacio singular y lleno de atractivo, se representa una trilogía agrupada por el director Georges Lavaudant: Edipo Rey, Edipo en Colono, y Antígona de Sófocles. El espectáculo viajará posteriormente al Grec de Barcelona y al festival de Mérida. La segunda de las obras, póstuma, no es habitual en los repertorios. El dramaturgo griego, el más homérico de los trágicos según los antiguos, hizo en ella un homenaje a su aldea natal, el demos de Colono en las cercanías de Atenas. Fue una obra tardía, escrita poco antes de morir y mucho después que las otras dos.

Ciego por autoflagelación al enterarse de que su destino adverso se ha cumplido, y rendido por la edad y el baldón del parricidio y las nupcias con su madre, llega Edipo a morir a su pueblo, apoyándose, como luego hará Lear con Cordelia, en su hija Ántígona.
Para dar cabida a las tres obras, este montaje suprime los coros e infunde, en cambio, un ritmo verbal lento en demasía. El desgarro psíquico de Edipo adquiere acordes de letanía y Antígona, cuyo arrojo en medio de una ciudad atemorizada encarna la libertad de palabra tan cara a la democracia ateniense, pierde la voz colectiva que atempera y acompasa su duelo con el antagonista y despiadado Creonte, la autoridad estatal; el público se queda, en fin, sin el canto sofocleo a los portentos humanos, uno de los poemas más conmovedores y perdurables de la literatura universal.

Decía Miguel de Unamuno que todo teatro grande es psicología espontánea, como la realidad misma, y que en el drama no debe haber psicología sino psique, alma. Cuando la hay, está de más inducir analogías entre la Grecia clásica y nuestro tiempo recurriendo a la proyección de imágenes.

Y al tiempo que se estrena esta pieza triple, se inaugura en Atenas el nuevo Museo de la Acrópolis, y se renueva la vieja querella acerca de la devolución, por parte de Londres, de los mármoles que Lord Elgin mandó arrancar del Partenón, el Erecteion y otros sitios. Será preciso echar mano de la brillante tradición retórica de la ciudad de Palas Atenea para conseguir que las reproducciones cedan su sitio, algún día, a las esculturas genuinas. Melina Mercouri, la actriz que dio voz a Fedra y más tarde desempeñó el cargo de ministra de cultura, lo observa hoy desde su estatua, al sureste de la Acrópolis.
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