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La revuelta iraní en su hora más confusa

Víctor Morales Lezcano
viernes 03 de julio de 2009, 20:26h
Los persas no han sido gentes cualesquiera en la historia de los imperios antiguos (aqueménidas), medievales (sasánidas) y modernos (safavíes). El peso de su civilización y el poder de sus imperios han sido una constante digna de ser enfatizada en tanto en cuanto los contendientes a los que ha tenido que enfrentarse Persia -hoy Irán-, han sido mongoles (de este a oeste), selyúcidas y otomanos (el “cerco” de Turquía desde las provincias árabes de Mesopotamia), rusos (a partir del mar Caspio) y, finalmente, británicos y americanos (por tierra, mar y aire) a lo largo del siglo XX.

Sabido es que la milenaria Persia atacó o se defendió; triunfó o fue derrotada. En todo caso, se trata de un país que no ha sido nada parecido a lo que los diplomáticos de hace medio siglo llamaban quantité négligeable. Un país, en suma, que desde el primer tercio del siglo XX ha intentado fusionar su complejo legado histórico con las exigencias del proceso modernizador.

Más allá de los últimos acontecimientos que han tenido lugar en Teherán y, en medida menor, en ciudades como Ispahán, Tabriz y Shimaz, de resultas de los discutidos comicios del 12 de junio, que han encendido el fuego de una revuelta pública tanto contra el presidente Ahmadineyad, como contra el ala dura de la República islámica (encabezada por el ayatollá Yazdi), no escasean los ensayos de interpretación del fenómeno político-social al que asistimos desde hace tres semanas.

Veamos escuetamente cuáles son esas propuestas de interpretación.

Hacía tiempo que se venía hablando de la necesidad de una revolución de terciopelo en Irán antes de que se desatara en Teherán el ruido y la furia. El “envaramiento” del sistema republicano-clerical venía distanciándose de los sectores de la población iraní más críticos, y también más castigados económicamente. Sin embargo, esa revolución gradual y no sangrienta dista de haber hecho acto de aparición hasta el presente.

Por el contrario, la rebelión callejera y su principal aliada -mediáticamente canalizada- ha sancionado no tanto la falibilidad de la república de los ayatollás, como las contradicciones internas que cohabitan en el núcleo duro de su oligarquía.

Todos contra todos”, parece ser el lema macedonio que gobierna los alineamientos tácticos de Jameini, la cautela vindicativa de Rafsanjani, los cálculos ambiguos de Mohamed Baquer, alcalde de Teherán, y de Ali Larijani, moderador del Parlamento de la nación.

La República de los ayatollás se encontraría, pues, “tocada de costado”, a causa del envite que han lanzado Moussavi y algunos aperturistas críticos, antiguamente hombres del Régimen jomeinista. Según apuntan algunos politólogos del American Enterprise Institute, la crisis aparatosa que han desatado las elecciones de 2009, acelerará la transformación de la República islámica en una Dictadura militar de facto, incluso aunque aquélla sea respetada nominalmente, para no despojarla del carisma del que se beneficia desde hace treinta años.

Last but not the least, no faltan expertos -y algún que otro iranólogo improvisado- proclives a insinuar que Irán es un país monárquico -y chií- hasta la médula. Según este enfoque, de cariz nítidamente esencialista, las figuras arquetípicas de los emperadores –Darío I, Ciro el Grande, Cosroes de la dinastía sasánida- pueblan el subconsciente colectivo de los iraníes, por lo cual, no habría que descartar, en el futuro, un horizonte institucional monárquico. Principalmente por dos razones de entidad, según los defensores de este enfoque oracular. Primero, debido a que el peso de la tradición cuenta mucho en Irán; y, además, porque Rutolah Jomeini, y herederos, habrían agotado el caudal de esperanza depositado por el pueblo iraní en los guías espirituales procedentes del islam autóctono. Llegado el caso de un agotamiento comprobable de la República de 1979, sólo una restauración monárquica podría insuflar ánimo y abrir un horizonte político a una opinión pública urbana que ha captado el cambio que en Oriente Medio puede irse implantando después de conocidas las claves de la política que Barack Obama pretende favorecer en la zona.

Tres interpretaciones, por tanto, y salidas respectivas del atolladero, antes de enfilar una avenida de circulación que en Irán ha venido a colapsarse repentinamente. Aunque, como apuntaría Jacques el fatalista, mucho de todo lo que está pasando ahora, se veía venir desde hace años.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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