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El dragón y la doncella

José María Herrera
sábado 04 de julio de 2009, 16:55h
La inteligencia, escribió Descartes en El discurso del Método, es la cosa mejor repartida del mundo: nadie se queja de la que tiene. Cuatro siglos después de estampada esta frase, las cosas siguen donde las dejó el filósofo. En nuestra disculpa cabe alegar que ponerse de acuerdo acerca de la esencia de la inteligencia fue siempre dificilísimo. La psicología científica, no reconociendo otro derrotero que el de la cuantificación y el cálculo, suele salir del aprieto con una gracieta: inteligencia es lo que miden los test de inteligencia. La frase parece algo profundo, pero la idea que encierra es tan necia como suponer que el contenido de un frasco depende de su etiqueta o que el tiempo no existe fuera de los relojes.

El riesgo de arroparse cada noche con esta clase de agudezas pueriles es grande. A fuerza de hacerlo, la inteligencia, o lo que quiera que sea, más o menos igual que una mujer incapaz de dejar al hombre que la envilece, acaba por parecerse cada vez menos a sí misma. Al final –y el final quizá concuerde con eso que ahora se llama “inteligencia artificial”- resulta irreconocible. ¿Qué tendrá que ver la inteligencia con una máquina campeona de ajedrez o una simple calculadora?

Del valor de los test encargados de medir la inteligencia, lo dijo todo Marañón cuando, en el curso de unas pruebas experimentales a las que se prestó voluntariamente, se le preguntó si no le turbaba obtener peores resultados de los esperados. Su respuesta fue que, caso de que esto ocurriera, los que deberían inquietarse eran los creadores del test, no él.

Como medida popular de la inteligencia, el test psicológico ha venido a sustituir, aunque no enteramente, a las calificaciones escolares. Mucha gente cree todavía que los resultados académicos son un reflejo de la inteligencia de los individuos, cosa absurda, pues el papel de los profesores es evaluar a los alumnos de acuerdo con el modelo que ellos representan. Así como nada garantiza que un intelectual sea inteligente, tampoco nada impide que el mayor imbécil reúna en su expediente una montaña de matrículas de honor.

Pero olvidémonos de ese mundo siniestro de la psicopedagogía y abordemos la cuestión de una manera algo más juiciosa, quiero decir, menos científica. Vayamos, por ejemplo, a la raíz de la palabra. Los etimólogos barajan dos alternativas. Una relaciona la voz inteligencia con eligere, elegir. El hombre es un ser inteligente porque para él vivir consiste en tener que elegir continuamente entre las diversas posibilidades que se le presentan u ocurren. Ortega escribió que, de acuerdo con esta raíz, aquel que suele elegir lo más apropiado debería ser llamado “elegante”, no “inteligente”. Esto lo somos todos, por enormes que sean nuestras diferencias intelectuales. La segunda etimología, en cambio, conecta inteligencia con legere, reunir. El hombre es inteligente porque no vive sin más, sino que articula dentro de sí sus experiencias y se ve por ello impelido a encontrarles sentido, una necesidad que está a la base del devenir histórico de nuestra especie.

La inteligencia humana está vinculada así pues con la libertad y con la necesidad de conocer y comprender. No es una simple fosforescencia del cerebro, ni tampoco algo físico, a la manera de un órgano cuyo rendimiento puede ser calculado con exactitud. Sus parámetros son existenciales y, por ese motivo, no es susceptible de cuantificación. Equivocarse con estas cosas es gravísimo, pues estas cosas resultan ser nuestra propia vida.

Pero nos equivocamos. La prueba se las voy a ofrecer ahora. Si ustedes leen los periódicos no sólo por la información política, sino que prestan atención a toda clase de sucesos (que una señora se tragó su cepillo de dientes o que cierto caballero, fornido y con espeso bigote, fue al registro civil para comunicar su deseo de que en adelante no se le llamara Manolo, sino Desiré), acaso conozcan ya el hecho. Se supo la semana pasada. Una chiquilla inglesa de dos años, Karina Oakley, posee el mismo cociente intelectual que Stephen Hawking y Bill Gates. La noticia se dio con gran aparato, pero como yo no siento una admiración especial por estos señores, apenas reparé en ella. Más tarde, sin embargo, me asaltó la pregunta. ¿A quién ha podido ocurrírsele someter a un test de inteligencia a una niña de esa edad? Según los periódicos, fue la madre (¡qué peligro tienen las madres de progreso!) la que, incitada por un programa televisivo sobre niños prodigio y secundada luego por los psicólogos, levantó la liebre. ¡Una hija prodigio, el sueño de cualquier madre! Ahora la cosa no tiene remedio. Ustedes se han dado cuenta, ¿verdad? ¿O es que alguien podrá impedir ya que esa pobre chiquilla sea devorada por el dragón del deber de ser un genio al que sin duda van a sacrificarla?
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