Madrid. Yo también quiero un jardín
Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 04 de julio de 2009, 17:17h
La polémica de la semana en la Comunidad de Madrid ha sido a causa de la inauguración de la nueva Puerta del Sol. El centro de Madrid, de España, como en una metáfora no exenta de ironía, se ha quedado sin árboles que mitiguen la solana que cae siempre sobre sus baldosines.
Primero Madrid, y luego el resto del la península, abocada sin remedio al desierto.
Tras la última reforma faraónica que maximiza las conexiones de transporte entre el centro y la periferia de la ciudad y de la Comunidad, a la señora Aguirre no se le ha ocurrido otra cosa que decir que la nueva boca de acceso al nuevo intercambiador es fea. Para gustos los colores y no a todo el mundo le interesa la personalísima opinión de la señora Presidenta del feudo madrileño. Y una semana después, le reprocha al señor Gallardón que desde su despacho no se vea verde.
El progreso de los transportes frente a la humanización urbanística. Dura batalla.
El sol pega en Sol, como en todas las asfaltadas calles de la ciudad, haciendo insoportable el calor que se acumula entre el tráfico y el clima propio del verano. Calor, calor, calor que todos sabemos que se lleva mejor bajo la sombra de alguno de los árboles que pueblan la ciudad y sus cada vez más escasos parques.
Que aquí no hay playa…
Han desaparecido plazas verdes y han sido sustituidas por plazas grises, de cemento. La plaza de Las Letras en el barrio de Huertas es sólo uno de sus horribles ejemplos. Próximamente morirá el parque de las Vistillas para que la Iglesia siga delirando en paz. Y desde ayer, la Puerta del Sol va a ser más soleada que nunca.
… vaya vaya…
Y miren ustedes señora Aguirre, señor Gallardón, todos queremos árboles en las puertas de nuestras casas, en las veredas, en las plazas. Y no porque el verde sea el color favorito de la desquiciada sociedad madrileña, sino porque el oxígeno, hasta que la biomedicina no lo remedie, sigue siendo fundamental para sobrevivir.
(que vivir sería pedir demasiado)
En la mitología clásica y a lo largo de toda la literatura occidental y oriental, los jardines han sido siempre una evocación del Paraíso perdido. Una evocación que menos que melancólica es práctica, porque a falta de Paraíso real, al menos un parterre y unos árboles para no terminar de olvidar que el Paraíso se perdió para siempre, pero podemos seguir soñando.
La imaginación del propio jardín ideal, quizá el de la señora Aguirre también, suele compararse con el mundo ideal de cada cual. Los colores, las formas, las flores, los olores, el agua, cada elemento está lleno de metáforas, cada construcción llena de insinuaciones para la imaginación y de sueños para el alma que no se conforma. El retiro, el Campo del Moro son ejemplos de cómo se soñaba en otras épocas. La tradición de jardines en Madrid es larga en el pasado, pero le quedan dos telediarios en el futuro.
El diseño ideal y real de jardines es pues una línea que une los orígenes con la utopía, el tiempo ya siempre perdido y el futuro que está por hacerse, que está por ser construido.
Ahora bien, quizá, una ciudad sin jardines es una ciudad que deja de soñar y se resigna. Es una ciudad que ya no sabe exigir a sus gobernantes que realicen sus sueños comunitarios. Es un montón de gente a la que se le ha nublado el juicio y no distingue entre el bien y el mal, ni el propio ni el ajeno, por eso sigue votando a aquellos que destruyen sueños mientras se enriquecen ilícitamente en el gran feudo madrileño.
Es una sociedad que pierde el juicio porque no tiene ya sueños, porque ya no sabe imaginar, porque no es capaz de dormir bajo este sol abrasador que ciega y asfixia.
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Filósofa, profesora e investigadora.
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