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Berlusconi, el anfitrión “indiscreto” del G-8

domingo 05 de julio de 2009, 17:36h
En vísperas del G-8 de l’Aquila de julio, el presidente de la República italiana, Giorgio Napolitano, hizo una petición pública a los medios de información de una “tregua”, demandando menos ataques al sultán Berlusconi. Pues no, lo siento pero no me conformo y no respetaré la voluntad de un ectoplasma institucional que concibe su cargo político de forma más pasiva y simbólica que sus “antepasados”. No se puede seguir con la mala costumbre italiana de mostrar al exterior una hipócrita estabilidad gubernamental, evitando hablar de todos los acontecimientos de estos últimos días y aparentando una tranquilidad e integridad política que en Italia falta desde hace lustros. En la actualidad, Italia se presenta como un país de antiguas tradiciones, católico-hipócrita, paquidérmico, gobernado por una clase política carente de finezza (Andreotti docet) y gerantocratica, en plena etapa decadente. No basta que Silvio Berlusconi sea un atento anfitrión de la reunión de los países más poderosos del mundo, evitando mencionar los temas “calientes” del verano itálico. No me basta. Los problemas siguen presentes.

De momento, el estilo de Berlusconi ha sufrido un cambio, pasando de teatralmente exuberante a claramente defensivo. En una sociedad dominada por la imagen y el monopolio de la apariencia, las fotos han comprometido la estrategia de mando del primer ministro que sigue evitando cualquier contradicción o pregunta incómoda, deseando que el país se contente en ser un espectador de su deplorable espectáculo. Mientras vemos las “catacumbas” de su imperio, el Cavaliere persiste en su idea de política cabaretera y repite siempre el mismo estribillo, la “letanía” de su inocencia, olvidando la responsabilidad que conlleva gobernar un país occidental, semi-liberal, que, sin embargo, se descubre cada día menos democrático, donde, por acto de magia, es posible convertir las preferidas de su harem en representantes de la soberanía popular.

Aprovechándose de la decadencia de la política italiana, Berlusconi sigue gobernando con demagogia, controlando el poder mediático y favoreciendo el debilitamiento estructural de las instituciones estatales. Su mandato se caracteriza por un populismo reaccionario, por la combinación de cotilleo y política, de lo público y privado, por la exhibición constante de su forma de ser: pese a ser un hombre de negocios prudente y astuto, su acción política muestra los límites de su carácter, la tendencia a la vulgaridad y a una frivolidad que muchas veces desemboca en el ridículo. Todo con una gran dosis de megalomanía, de acentuación de exhibicionismo sexual, de narcisismo anacrónico y compulsivo, de autoestima desfrenada, de sempiterna juventud. Por eso afirma con orgullo que “no pienso cambiar y no me arrepiento de nada. Soy un matador, un conquistador. A los italianos les gusta como soy”. Y, por eso mismo, Italia se encamina a una especie de “totalitarismo democrático”, donde su régimen se estaría transformando en un sistema demagógico –peligro, anunciado hace siglos por Aristóteles- y la demagogia se convierte en la expresión del populismo berlusconiano.

Finalmente, el régimen político implementado por Berlusconi se caracteriza por ser un propio de la corte, donde el sultán hace lo que quiere y gobierna según su voluntad. Al mismo tiempo, ha sido capaz de crearse sus pretorianos, unidos por el clientelismo, organizados en un “para-Estado”, donde todos tienen interés en seguir juntos, “atados, bien atados”; como dice el politólogo Giovanni Sartori, Italia es “gran pesebre en el que todos meriendan gracias al amo”. Pero la situación sigue empeorando. Si bien la sociedad italiana aparece dormida –aunque se registran las primeras reacciones- y desinteresada en la política nacional, la situación económica se agrava: este año, el PIB caerá más del 5,5%, la deuda pública y el déficit asumen valores preocupantes, mientras Berlusconi invita a los organismos internacionales y prensa “libre” a callar para no “producir pánico”. ¿Quousque tandem abutere, Berlusconi, patientia nostra? Pese a ser verdad que desde el Imperio Romano, el Cesar se ha servido de enanos, vírgenes y complots para gobernar, lo suyo es demasiado: no creo que Italia merezca ser gobernada por una persona que no sabe distinguir cuando le meten en casa una prostituta (en realidad esto le puede pasar a cualquiera), que ordena cubrir por pudor el seno de la reproducción del Tiepolo de la sala de prensa del palacio presidencial, que vive obsesionado por el sexo, que bromea sobre asuntos serios, que, en una especie de emulación de Penélope, procura rectificar por la noche lo que dijo durante el día. Italia pierde lustre: nunca hemos sido una gran potencia, pero ahora corremos el riesgo de ser desclasados y ni siquiera considerados un gran país.
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