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Carrillo, Stalin y el gran fraude

lunes 06 de julio de 2009, 20:13h
Hace unos días la 2 de Televisión Española ofreció un interesante documental en el programa Versión española, que dirige Cayetana Guillén Cuervo. Se trata de Carrillo, comunista (2008), de José Luís López-Linares y Manuel Martín Cuenca. Me quedé a verlo. Reconozco que Santiago Carrillo es un personaje que, a pesar de muchas de sus actuaciones, altamente criticables y censurables, me inspira cierta admiración derivada, a buen seguro, del papel que desempeñó en esa Transición democrática ahora tan vilipendiada por una buena parte de la secta progre de nuestro país. El ex líder del PCE no me decepcionó. Algo más lo hizo el documental, complaciente y poco arriesgado. Únicamente en una ocasión parecen querer ir más allá los directores: en el tema de Paracuellos. Pero tampoco profundizan demasiado, dejando que Carrillo reinvente una vez más su personaje. Estamos a años luz, en cualquier caso, de las obras maestras de Marcel Ophüls.

No pretendo ejercer de crítico cinematográfico. Quisiera únicamente comentar un par de cosas que Santiago Carrillo afirma en el documental. Justifica, en primer lugar, los asesinatos políticos en la Guerra Civil y en la posguerra. Estaban en guerra. Mandar que asesinen a un traidor, tras la indispensable tortura, era normal, nos dice Carrillo. Así lo hicieron entonces los comunistas. En segundo lugar, a pesar de errores y defectos, ensalza en varios momentos al padre Stalin. Hace ambas cosas con normalidad. Y lo más sorprendente –o no- es que nadie se escandaliza por ello.

¿Se imaginan a alguien, en la televisión pública de España, que saliera justificando hoy el asesinato político de los republicanos españoles durante la Guerra Civil o a los guerrilleros comunistas en la posguerra? ¿Se imaginan a alguien, en la televisión pública de España, ensalzando hoy a Hitler, a pesar de las barbaridades cometidas? Seguro que ello hubiera dado lugar a una polémica mayúscula o a la simple no emisión del programa. Pero, me pregunto, ¿dónde está la diferencia? ¿Acaso los comunistas eran demócratas en las décadas de 1930 y 1940? ¿Acaso hay asesinatos políticos justificables y otros censurables? ¿Acaso Stalin y su régimen totalitario, que ha sido el más criminal de la historia –lean, por ejemplo, Koba el Terrible, de Martin Amis-, son mejores que Hitler y el nazismo? Algo, evidentemente, no funciona. Ni la izquierda es esencialmente buena ni la derecha esencialmente mala. Ni al revés. La supuesta superioridad moral de la izquierda es un gran fraude. Los estafados siguen siendo, no obstante, legión. Así nos va…
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