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España era una fiesta (y dos)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 06 de julio de 2009, 20:35h
Apunten donde apunten las críticas y responsabilidades principales de la actual crisis, lo cierto es que su campo desborda los límites estrictos de la economía y el sistema financiero. El único episodio de gran entidad histórica que sirve de comparación real y efectiva (-y aún así con salvedades de monta-), la depresión del otoño de 1929 vino a ser la desembocadura de los felices 20 –la Prosperity yanqui-; época marcada, según es harto sabido, por el desperezo y expansión de todas las energías de las sociedades occidentales tras la primera contienda mundial y sus lacerantes consecuencias.

Los valores victorianos todavía presentes en la primera potencia europea y los vinculados a la moral tradicional en el resto del viejo continente se volatilizaron en la inmensa pira que significó el triunfo incontestable de las vanguardias en el plano cultural y artístico y la aplicación de unos usos en los negocios –primordialmente, en los bancarios- que entrañaban la desaparición completa de los códigos deontológico vigentes hasta entonces. Como en los días de François Guizot en la Francia de Luis Felipe de Orleáns, “el rey burgués”, el enriquecimiento a todo evento se erigió en consigna suprema de las puritanas colectividades del inmediato ayer. Sin duda alguna, en la gestación del maremoto provocado por el “crac del 29” concurrieron factores muy diversos de los meramente especulativos o hacendísticos.

Hoy sucede lo mismo, conforme un sentir que hora a hora se hace más generalizado y gana la opinión de todas las capas de la sociedad. En otra etapa de gran transición como la de los años treinta, el mundo, especialmente, el occidental, observa la inmensa recesión que lo entenebrece a la luz de una fractura axiológica y un déficit de conductas colectivas. Tras el declive y hundimiento de la “gran ilusión” de la primera mitad del siglo XX, el comunismo, se evaporaron también buena parte de los ideales y reservas éticas alumbradas en las naciones capitalistas y una ancha porción de sus elites quedaron éticamente anémicas, sin vigor para afrontar nuevos desafíos y rechazar la tentación del dinero fácil y el hedonismo sin barreras. La estela de las “figuras de proa”, del friso de gigantes de mediados del novecientos desapareció igualmente y los pueblos democráticos se mostraron huérfanos de un liderazgo creador y exigente. La grisaciedad se expandió por las alturas gubernamentales al paso que la tabidez corrompía una amplia parte de las conductas públicas. En la era de mayor crecimiento material y social registrado jamás por los anales de la historia, el becerro de oro reclamaba su imperio universal…

En medio o al final de la tormenta –es muy difícil precisarlo- desconocemos cuál se revelará la fuerza o factor decisivo para arribar a otro horizonte histórico más bonancible. Pues es claro que entregados al fatalismo o a un voluntarismo optimista de igual modo pasivo frente al inmenso envite planteado por la crisis de un sistema al que, en el mejor de los supuestos, no se atalaya hallarle una alternativa viable, se tardará verdaderamente en adentrarnos en un nuevo periodo de la aventura humana. Efectivamente, conforme se ofrece se ofrece en más de un país y en más de un momento la actitud de mayor difusión en las colectividades de comedios de 2009 –la resignación o la inculpación unilateral-, sólo un dios, como esperaba Martin Heidegger en las coyunturas cruciales de la historia, puede asistirnos. Pero si, según parece más razonable y agible, no declinamos de la responsabilidad que como generación nos atañe en una coyuntura en verdad trascendente, sólo a través de una enérgica apelación a la vigencia y presencia operativa del credo moral que constituye el basamento de nuestra civilización el futuro será más justo y solidario.

Sin consideraciones ni pronósticos acerca del futuro de la tentacular crisis que envuelve en estas horas graves al mundo, ya que la historia demuestra que el porvenir suele ser diferente al dibujado desde cualquier presente, es hora de que en el artículo final de la serie consagrada a la obsesiva cuestión que nos ocupa, se enfoque desde perspectivas netamente españolas. Bien que no quepa analizarlo como un tema más del reciente pasado pues forma parte sustancial de un proceso todavía abierto, puede, no obstante, mínimamente contextualizarse en el curso de la impropiamente llamada historia viva o del tiempo presente.

La nota resaltante del cuadro es la obnubilación de la sociedad española por el gasto y acaparamiento de bienes materiales. Construida ya a últimos de la “década prodigiosa” en una sociedad de clases medias, durante los cuarenta años posteriores –periodo si no esencial en el pretérito de un viejo pueblo, sí considerable y más en una época de cambio acelerado- la española se caracterizó entre las europeas de la misma fase cronológica por el desarraigo de su historia y la obsesión por asimilar los comportamientos de las más avanzadas de Occidente e incardinarse plenamente en el centro del consumismo más extremoso. Sucesiva y festinadamente se arrumbaron una tras otras las normas y mores tradicionales con un derrumbamiento moral sorprendente por su intensidad y magnitud. Obviamente, los valores propios de las comunidades industriales y políticamente desarrolladas se implantaron y fueron creciendo en nuestro país a medida que el siglo XX terminaba, al paso que no todas las viejas reglas éticas de un ayer todavía cercano desaparecían por la escombrera del tiempo.

Pero el fondo moral así constituido no fue suficiente para afrontar la vertiginosa mudanza de la sociedad española en el tardofranquismo y el nacimiento y consolidación de la democracia. La sed aurívora, detectada ya por los historiadores y moralistas romanos como el principio del fin del régimen republicano y, ulteriormente, del imperial estragó el cuerpo social de la nación, con escándalos de volumen e irradiación desconocidos en un pueblo significado en la historia por su sobriedad y reluctancia al deseo de lucro. Nunca la crónica de la corrupción fue más densa y variada que en la etapa en que España se enriqueciera económicamente con mayor intensidad y ritmo y el dinamismo del sistema productivo y, en general, de las fuerzas creativas alcanzase más alto nivel. Gozosa constatación con el pesaroso contrapunto de la ausencia de un clima éticamente de igual modo roborante.

Sin embargo, no hay en la desfalleciente naturaleza humana e, incluso, si se adscribe a la española alguna sobretasa de infirmidad, antinomia entre virtud cívica y prosperidad, vigencia de los principios solidarios y lógica y hasta plausible ambición de acrecentar sin infracción del código penal el patrimonio de individuos y familias. Es más: los poderes públicos han de afanarse indesmayablemente por potenciar el espíritu emprendedor en todos los estamentos de la comunidad, sin descuidar simultáneamente la trascendencia de las tareas educativas y la necesidad de exaltar la ejemplaridad, acicate indispensable para toda empresa colectiva de algún alcance. Los testimonios aportados al respecto por la campaña presidencial francesa de Sarkozy y la norteamericana de Obama son irrefragables. A falta de tantas otras cosas, nuestro país es muy rico en mujeres y hombres de fecunda y estimulante existencia, en el pasado, el presente y también sin duda lo será en el futuro…
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