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El autorretrato de Miguel Ángel

José María Herrera
sábado 11 de julio de 2009, 18:05h
En el Palacio Apostólico del Vaticano, a muy pocos pasos de la Capilla Sixtina, se encuentra la Capilla Paulina, construida a instancias del papa Paulo III, quien encargó a Miguel Ángel dos de las pinturas que la embellecen: la conversión de San Pablo y la crucifixión de San Pedro. Su restauración, recién terminada, ha permitido identificar un probable autorretrato del artista hasta ahora desconocido. Se trata de uno de los jinetes que asisten a la ejecución del apóstol, un individuo barbudo y de mediana edad, cuyos rasgos recuerdan efectivamente a los del maestro, tal y como fue retratado por Volterra, Bugiardini o Giambologna. Si Miguel Ángel no se hubiera representado en el Nicodemo de la Piedad Bandini, una de sus últimas obras, el hallazgo tendría sumo interés, pero la existencia de esta escultura, gracias a la cual sabemos cómo se veía a sí mismo el artista, lo condena a simple curiosidad.

Más relevante que la noticia es la manera en que ha sido tratada. Los periódicos coinciden con los expertos en que el caballero se asemeja a Miguel Ángel y añaden, tal vez porque es lo que ha dicho alguno de ellos, que es patente en sus gestos la terribilità del genio florentino. Yo no sabría explicar con precisión en qué consiste esa terribilità, pero tras observar largamente el supuesto retrato del artista, no veo en su expresión el menor asomo de ella; al contrario, tengo la impresión de que el personaje manifiesta el sentimiento de cualquier individuo de buen corazón que asiste consternado al martirio de un inocente. ¿De dónde ha salido esa idea y, sobre todo, por qué se repite con tanta docilidad? Todos sabemos que Miguel Ángel era un hombre de carácter, pero ¿se veía a sí mismo así? Desde luego, no es ese el efecto que produce el Nicodemo de la Piedad, cuya contemplación les recomiendo.

Cuando Miguel Ángel esculpió las estatuas mortuorias de Giuliano y Lorenzo de Medicis, alguien observó que había idealizado tanto las facciones de los protagonistas que resultaban irreconocibles. El artista explicó que precisamente esa era su intención, pues dos generaciones más tarde nadie sabría cómo fueron. El hecho de que en su vejez se sirviera de su propia imagen para representar al hombre que ayudó a la Virgen María a sostener el cuerpo de Cristo cuando fue descolgado de la cruz, no indica que cambiara de opinión y que quisiera inmortalizar sus facciones, quizás por necia vanidad, sino que en ese momento de su vida, fuertemente sacudido por sentimientos religiosos que aquí sólo podemos mencionar de pasada, necesitaba expresar su fe y hacerlo en el modo que mejor se correspondía con su naturaleza.

El único autorretrato en pintura que hizo Miguel Ángel se encuentra en el Juicio Final de la Capilla Sixtina. Les recuerdo la escena. Cristo hace un ademán con el brazo. Su gesto desencadena un movimiento vertiginoso. Los bienaventurados se elevan hacia lo alto ayudados por los ángeles. Los condenados se precipitan hacia abajo arrastrados por los demonios que comienzan a atormentarlos. El contraste entre el cielo, para el cual usó el pintor un lapislázuli persa que parece arrancado de él, y la tierra de donde surgen las fuerzas maléficas, es impactante. Cielo y tierra, virtud y pasión, son las dos fuerzas en que se debatían los hombres hasta que nuestra época, creyendo ir más lejos que todas las anteriores, se deshizo del alma y descubrió las claves del nuevo hombre: sexuales, sociales o económicas.

Debajo del pie izquierdo de Jesús hay un hombre calvo y de luengas barbas que sostiene en una de sus manos un cuchillo y en la otra una piel desollada. La tradición asegura que este personaje es San Bartolomé portando su propio pellejo, pero cualquiera que haya visto los retratos de Aretino descubrirá su rostro en el del mártir –idéntico, por ejemplo, al que pintó Tiziano- y que el pellejo no puede ser el suyo porque éste tiene cabellos y, además, las facciones del propio Miguel Ángel, hábilmente deformadas.

Aretino fue uno de los personajes más sobresalientes del siglo XVI. Prepotente y disoluto, adquirió fama como autor satírico y la explotó amedrentando a los poderosos con el veneno de la difamación. Su silencio costaba caro, tanto como para permitirle una vida fastuosa en Venecia junto a sus amigos Sansovino, Tiziano y Willaert. Muy dado a entrometerse en la labor de los artistas, parece que pretendió intervenir en el proyecto iconográfico del Juicio Final y que Miguel Ángel se negó. Aretino se vengó a su estilo, o sea, despellejándolo. Desde la acusación de herejía –acusación peligrosísima porque Miguel Ángel estaba en el punto de mira del cardenal Carafa, luego Paulo IV, quien rehabilitó la Inquisición y cubrió de ridículos calzoncillos sus frescos- hasta la denuncia de homosexualidad, o mejor, de afición a la sodomía, no dejó palo sin tocar. Consciente del daño que las palabras de Aretino harían a su reputación, el pintor lo representó como alguien que se ha garantizado la inmortalidad precisamente por ello.

La sutil ironía de Miguel Ángel ha sido celebrada siempre, pero las calumnias de Aretino siguen ejerciendo la misma influencia ahora que entonces, lo mismo que ocurre con la famosa terribilità y en general con todos aquellos juicios que respaldan nuestros prejuicios y vuelven más confortable, menos inquietante, la búsqueda de la verdad. Es dudoso que el reciente descubrimiento cambie las cosas.
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