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Honduras o el golpe de estado lingüístico a los derechos

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 11 de julio de 2009, 18:30h
En el libro Recuperar la democracia, del filósofo Ignacio Gómez de Liaño hace algo poco usual en los filósofos: critica sin pelos en la lengua el sistema democrático contemporáneo español, así como a sus políticas y políticos. Y aunque nos ilustre en algunos conceptos, no me voy a demorar hoy en la política española, sino en los derroteros que sufre Honduras.

Encontramos en sus primeras páginas un ataque frontal al uso abusivo que hacen los políticos del lenguaje. Recoge una cita del actual presidente del gobierno de España que dice así: “Las palabras están para servir a la política, y no la política para servir a las palabras”.

Y aunque sería interesante hacer un análisis desde la retórica de esta afirmación, hoy interesan los hechos, los acontecimientos que han desestabilizado la vida en Honduras. Gómez de Liaño, tras citar a Zapatero dice: “¡No lo habría dicho mejor Goebbels!”. Y es ahí donde se me mueven las tripas y el corazón, pues ejemplos históricos no faltan de cómo el lenguaje ha sido la herramienta de muchos totalitarismos y salvajadas varias por parte de los políticos y la política. Pero cuando al abuso del lenguaje se le suma el abuso de la fuerza, hoy, en observando lo que sucede en Honduras, la pura actualidad internacional y política hacen todavía más inquietante este relativismo lingüístico y político actual.

En las últimas semanas hemos asistido a un golpe de estado en Honduras. Bajo la excusa de evitar la violación de la Constitución del electo presidente Zelaya, un megalómano y caciquista Micheletti, ha roto con todos los derechos, constitucionales, civiles y humanos para hacerse con el poder del país.

Lo primero que hizo fue negar que fuese un golpe de estado. Gran burla al lenguaje y al sentido común. Luego empezó la represión, el asilamiento, la incomunicación, el corte de agua y luz, la persecución, el toque de queda y los disparos nocturnos a todo el que se moviera por las calles.

Más de mil personas han recibido disparos de la policía. Miles han resultado heridos. Miles perseguidos. Y ya varios muertos.

El país está colapsado política, económica y socialmente. La división que ha provocado entre la población el golpe de estado dificulta todavía más la salida de esta situación que ha polarizado a la población.

La comunidad internacional entre tanto, ha actuado varios actos de la tragicomedia de la política internacional. Primero un apoyo a Zelaya que no le venía nada bien: alinearse con los que ya han roto con sus constituciones para perpetuarse en el poder. Éstos le abandonan cuando quiere regresar al país. La ONU y Washington no logran que presidente y golpista se reúnan y mientras, los hondureños sufren. Y entre tanto, todo miramos, desde lejos, a verlas venir sin tomar medidas, sólo vacías palabras al servicio de cada uno, para que nadie quede mal. Que apoyar golpes de estado o permanecer indiferentes…queda fatal hoy en día.

La negación inicial del golpe de estado, aunque puede quedar como una mera anécdota frente a la brutalidad de los hechos de las últimas semanas, es sin embargo una clave que pone en evidencia la poca cultura democrática de golpistas y seguidores, que sólo entienden la democracia como el medio de atender sus propios asuntos privados.

El miedo que está causando la nueva izquierda americana en los sectores más conservadores del ejército, oligarquías y juristas (recordemos que no hace muchos meses un grupo de jueces progresistas hondureños se puso en huelga de hambre denunciando la parcialidad sistemática de la aplicación de las leyes en Honduras practicada por los jueces conservadores) está a la base de este nuevo asalto a la democracia hondureña.

Si bien los movimiento bolivariano, indigenista y nacionalista que caracterizan a estas nuevas izquierdas no son plenamente democráticas ni tienen visos de conseguirlo a corto plazo, si es cierto que son el primer contrapunto fuerte, pacífico y político, que se opone a las tradicionales oligarquías latinoamericanas. (No sin riesgo de crear otras nuevas). Suerte Honduras.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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