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De las tramas

martes 14 de julio de 2009, 20:27h
Como de una película del hampa, nos pudieran ser familiares nombres como el Muelas, el Cadenas, Perro Loco, Serpiente o Big Joe. Pero al que nos hemos ido acostumbrando en los últimos tiempos es al alias de El Bigotes. Álvaro Pérez, lugar teniente de Correa y Pablo Crespo en lo que se ha denominado “La Trama Gürtel”, ingenioso nombre puesto por algún policía judicial o fiscal con suficientes conocimientos de alemán para realizar la chanza en el encubrimiento de la operación.

Y de esos polvos vienen estos lodos. A Francisco Camps y a Costa no les da la camisa para afrontar la imputación de cohecho pasivo, figura jurídica de poca definición concreta, pero que se ajusta como un guante a sus actos respecto del asunto que les dan dolores de cabeza. No parece ser posible que un Presidente de Comunidad Autónoma de beneplácito a las dadivas de gentes que desconoce o con los que no haya entablado relación alguna. La culpa la tiene la estupidez humana y el ambiente de corruptela que merodea a los potentados. No pasa nada, de esto me encargo yo, qué hay de lo mío, esto lo soluciono yo con una llamada, no te preocupes está hecho. Es cierto que el caso que está ahora en manos del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, respecto de Camps, está desproporcionado respecto a la gravedad del delito, pero también parece constatarse que hay indicios de que tal delito existe.

La banda de los Gürtel se encomendó, presuntamente, a la afinidad personal con ciertas cargos del Partido Popular para obtener tratos de favor en la adjudicación de la organización de algunos de los eventos del Partido e institucionales. Surgen así también los nombres de Bárcenas y Merino respecto a la imputación en cuanto a estas corruptelas y cuyo procedimiento está en manos del Tribunal Supremo.

Son así, Camps y Bárcenas, este último Tesorero Nacional y Senador del PP, prisioneros de un orgullo necio que les impide ver la realidad. Su dimisión haría tanto bien al Partido, que no alcanzo a comprender como no se ha hecho ya efectiva. ¿No se puede forzar la dimisión de los excelentísimos? Rajoy en la duda. Espero, que por lo menos, la duda alcance a la confianza plena en la inocencia de sus correligionarios y no a una escabrosa lucha de poder dentro del partido o al miedo a que alguno de los implicados abra la caja de los truenos, que con cierta chulería y sin vergüenza esgrime uno de ellos.

Pero los que creen que este tipo de asuntos turbios afecta a personas o partidos políticos determinados, duermen el sueño de los justos. Sea rumorología o ficción, el despotismo de algunos que aferran algo de poder público, hace que se vendan al mejor postor o a la sombra que más les cobije. El pliego cerrado, pura ilusión. La arbitrariedad en las decisiones, un uso habitual.
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