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El largo viaje de Cibeles: de Anatolia a Méjico

martes 14 de julio de 2009, 21:36h
Desde Anatolia, el país del sol naciente según la etimología griega, pasó la Diosa Madre frigia de la fertilidad y la vida salvaje, con su carro tirado por leones y su joven amante Atis, a Grecia. Fue, en tierra helénica, una deidad algo marginal, asimilada unas veces a Rea, otras a figuras parejas de diosas pregriegas. De Asia Menor pasó a Roma, con sus coribantes eunucos y sus ritos orgiásticos al son de la flauta, y en suelo itálico gozó la Magna Mater de gran predicamento. Claudio le dio nuevo ímpetu al reconocer públicamente a Atis, y sus secuaces llegaron a los confines africanos del Imperio.

En su país de origen, Cibeles era venerada desde el neolítico. Su culto está floreciente en la época arcaica, y, en los siglos de dominio persa, adquiere nuevos atributos; podemos verla alada y con un inmenso tocado en forma de torre. Son varias las representaciones que custodian los museos de Turquía: hierática, con gorro o con corona, flanqueada por dos servidores minimizados y degradados casi a la condición de pilares de su soberana; sentada en su trono con vientre y pecho muy pronunciados; erguida y sujetando una vara en una mano y un pandero en la otra o llevando un cachorro de león en su regazo.

Andando el siglo XVIII, Carlos III, monarca ilustrado de gusto neoclásico, encargó para Madrid a uno de sus arquitectos favoritos, Ventura Rodríguez, un paseo con dioses, fuentes y balaustradas de columnas al estilo de las ciudades helenísticas, como Palmira u otras tantas. Pero el dinero se terminó y el proyecto quedó inconcluso.

Se empleó mármol de Montesclaros, en Toledo, para la diosa y los leones, y de Redueña, en La Cabrera, se hizo llevar la piedra para la parte inferior y las figuras complementarias.

Tras pasar el arco de entrada a la villa, la Puerta de Alcalá, se topaba el viajero con la diosa protectora que, entonces, colocada en un extremo de la plaza, miraba al dios del mar, Neptuno. Su traslado, a finales del XIX, al lugar que hoy ocupa suscitó intensos debates. Los habitantes de la ciudad, por lo general más bien desapegados con el patrimonio, hicieron con ella una excepción. Y así siguió ocurriendo. El día que se proclamó la República, cuenta María Zambrano en Delirio y destino, acuden a rodearla las masas enardecidas que ejecutan una suerte de danza ritual. Durante la guerra fue protegida con sacos y barricadas.

Continúa viajando la diosa, y al comienzo de los años ochenta del siglo XX, españoles trasterrados, como decía José Gaos, levantan una réplica en Méjico D.F. Y a ella se dirigen exultantes los aficionados al fútbol cuando celebran un triunfo, igual que ocurre con la fuente modelo de Madrid.

No es de extrañar; la señora llega en son de paz; así lo hizo siempre; mas aposentada en sus dominios, rebrota su natural impulso frenético.
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