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El escritor no tiene quien le edite

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 20 de julio de 2009, 19:35h
La noticia llegada al articulista por un excelente amigo de las pihuelas colocadas a un universitario de excepción e intelectual relevante de la segunda mitad de la centuria para dar a conocer los frutos de su fértil inteligencia y alquitarada cultura, ha embargado en el pesimismo del ánimo de aquél. Muchas noches conoce el peregrinar por la tierra, decía uno de los principales forjadores de Europa, allá en el corazón de la Edad Media; pero en España quizás más que en parte alguna. Cuando nuestro bronco solar estuvo recorrido por grandes pasiones y rivalidades los hombres se deshacían por el conjuro del odio encarnizado y la envidia tenaz; hoy, en tiempos de irreprimible frivolidad y doliente ligereza, la fama y los talentos se enmudecen por medio de la general indiferencia…

Así ha ocurrido con la personalidad cuyo marginamiento provoca estas líneas, que quisieran ser airadas, pero no son más que atristadas. Autor de obras del oficio intelectual, el estudioso del que hablamos –su noble altivez y renitencia frente a la difícil popularidad obligan a silenciar su apellido, de ilustre prosapia literaria- carece en la actualidad de tribunas para ofrecer las cosechas de su Minerva, aún muy atractiva y bullidora. El ensañamiento o, quizás, más probablemente, la incuria se interponen, incluso, para su acceso a los foros especializados, antaño abrillantados por sus periódicas entregas de artículos y monografías sobre las facetas más intrincadas de los fundamentos del derecho, hincados en las consideraciones y dictámenes de Urpiano, Gallo. Privado ya de algunas energías o anclado en un lígoco pesimismo, sus salidas a la palestra editorial de otros países se espacian creciente y desdichadamente.

Aplastados y entontecidos con los escritos y discursos de tantos comunicadores y tertulianos de pesarosa indigencia cultural, resulta inevitable escandalizarse ante la mudez impuesta a gentes que tienen mucho que decir a sus contemporáneos. Verdaderos hombres de pensamiento y ciencia como el catedrático madrileño al que nos referimos, y con él otros muchos en el mejor estadio de su travesía intelectual –“la segunda navegación” de que hablaba Pascal- se ven constreñidos a enclaustrarse en su diálogo con sombras elíseas o a rumiar nostalgias o melancolías, sin ningún provecho para una sociedad necesitada de auténticos “maîtres de penser”. Cultivadores de la especulación teorética, críticos relevantes o investigadores de cimentado prestigio observan a su alrededor una colectividad ensalzadora de narradores adocenados, de escritores arribistas y científicos politizados. Y hasta las plumas más gustosas del comercio con las musas y del diálogo intergeneracional, como las de la estirpe de la que provoca esta malhumorada reflexión, no encuentra en España editor que les publique el resultado de sus meditaciones sobre las causas más justas de la humanidad y los secretos más insondables del hombre y la mujer.

Descalificadores interesados aducirán argumentos políticos o doctrinales para justificar este secuestro lamentable de algunos intelectuales y artistas eminentes. Los valores del pensamiento y la belleza no los monopoliza ninguna opción ideológica. Una sociedad pluralista y vertebrada recaba el concurso de voces y plumas de todo el azimut. La enjundia, la perspicacia, la precisión son los únicos requisitos que las colectividades adultas y con ímpetu creador demandan de sus guías naturales y altruistas. En una nación con vocación histórica, el sabio cuya orfandad editorial ha suscitado el lamento del articulista –situado, por lo demás, en no pocos extremos en sus antípodas-, recibiría continuas solicitudes editoriales. Al no ocurrir así, es el país el que pierde quizás más que el presente, su futuro, con derechos no menos respetables que aquél en toda sociedad bien concertada.

En el párrafo anterior hablábamos de las tribulaciones y, finalmente, de los fracasos padecidos por muchas figuras de la cultura española actual en su afán por dar luz a los trabajos de la última etapa de su fecunda existencia. Seguidamente abordaremos otro tema complementario –en puridad, reverso del precedente-, no menos pesaroso y vinculado estrechamente al mismo asunto.

Si es lamentable contemplar la imposibilidad de ofrecer al público el fruto serondo de los intelectuales y pensadores en la frontera de la senectud no lo es menos asistir al braceo desesperado de los artistas y escritores jóvenes para emerger al mundo de la crítica y la lectura sus páginas o lienzos. Claro es que entre ambos dramas hay una diferencia, acaso esencial. En el segundo caso, resulta a veces comprensible los controles de calidad y hasta incluso las dificultades presentadas a la edición o exposición de los trabajos de gentes que hace su vela de armas en el oficio. Su lucha contra éstas fortalecerá por lo regular, su vocación y depurará sus obras de algunas gangas inevitables en los afanes primerizos.

Pero, sin duda, esta selección darwinista no se encuentra justificada en buen número de situaciones; y una sociedad concertada y deseosa de enriquecerse con todos los dones de sus miembros debe arbitrar los medios adecuados para que dotes y cualidades encuentren plasmación efectiva; y ello, naturalmente, sin renunciar a un sistema de garantía que asegure la manifestación del trabajo artístico y doctrinal cuando se halle plenamente en sazón o en agraz prometedor de madurez acendrada.

La coyuntura española dista de adecuarse a tal modelo. La propia invertebración de su convivencia, los sectarismos y banderías que durante largo tiempo han atrofiado sus células más dinámicas determinan que nuestro país sea uno de los más desprovistos de esferas e instituciones que preserven, imparcial y eficazmente, los legítimos derechos de la sociedad para no recibir mercancía averiada y productos de lógica pero no admisible impaciencia del joven artista y escritor. Frente al diluvio universal de letra impresa que amenaza estragar los gustos y sensibilidades y también paradójicamente, embrutecer la capacidad de discernimiento, deberíase extremar, siquiera fuese como medida de supervivencia lectora, las precauciones que impidiesen el naufragio del buen gusto y de la sensibilidad bibliográfica y artística. Más todo ello sin que la primera víctima o el principal chivo expiatorio fueran las gentes en edad de merecer artística o literariamente. Y sucede justamente lo contrario. En las editoriales públicas o privadas y en los organismos que ejercen el mecenazgo cultural –en España, especialmente connotados de intereses de índole económica- obstaculizar el paso de las obras y productos artísticos de autoría juvenil. Miras caciquiles y objetos inconfesables o bastardos priman la componenda o el amiguismo en perjuicio del estímulo de los valores nacientes. En cierta medida, insistiremos, ello puede resultar lógico; pero no hasta el punto de que la prepotencia y la arbitrariedad se impongan casi invariablemente sobre un espíritu de selección que constituye siempre, en último extremo, una exigencia social perentoria.

En sus originales memorias, cuenta Juan Goytisolo sus vicisitudes de escritor primerizo en los ambientes editoriales más encopetados del París de fines de los años cincuenta. Bien que el talante de la progresía de la nive gauche renace en ellos, la conciencia cívica y el peso de una gloriosa tradición actuaban poderosamente en la meca editorial de la Europa del momento. Los paralelos en la España coetánea como en la posterior serían, desde luego, muy escasos.

Esta penuria de oportunidades y esta atmósfera asfíctica en que se desenvuelve de ordinario la vida intelectual de nuestro país no determina que sus sectores más alertados culturalmente posean una acusada responsabilidad de sus deberes cara a la promoción de sus generaciones juveniles. El Estado practica, ciertamente, un mecenazgo para el aliento de estas hornadas de los hombres y mujeres atravesados por el deseo de realizarse a través de la pluma, el pincel, el escoplo o la batuta; pero es tan raquítico y tendencioso que sus efectos son, por lo común, mínimos. Es a la llamada hoy sociedad civil a la que corresponde primordialmente poner en juego los mecanismos necesarios para que ningún joven y valioso escritor deje de enriquecer a sus conciudadanos –primer paso, quizás, de una influencia mundial más amplia- por falta de editores. Habent sua fata libelli… Pero antes de ello hay que ensanchar y limpiar los cauces que conduzcan, en línea directa, a la imprenta a los buenos productos del espíritu.
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