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El sorpresivo año 2009

Víctor Morales Lezcano
lunes 20 de julio de 2009, 19:51h
Algún lector de esta columna recordará que refiriéndome al Magreb en el arranque de 2009, di un toque de atención sobre las elecciones presidenciales generales, y municipales, que se irían celebrando a lo largo del año en Argelia, Marruecos y quizá, Mauritania.

El viraje que ha experimentado en Irán la conmemoración política de la revolución ”clerical” de 1979, ha sido una impronta que ha cogido desprevenida a la nomenclatura del régimen iraní. Las revueltas en las calles, plazas -y azoteas- de Teherán, en calidad de manifestaciones de indignación por el presunto fraude electoral cometido el pasado mes de junio, no ha dejado indiferente a la opinión del circuito mundial.

El fin de semana del 4-5 de julio, otra “sacudida” pública -urbana y también callejera- ha disparado las alarmas en los cuarteles generales de Pekín.

Me estoy refiriendo, naturalmente, a las colisiones habidas entre cientos de ciudadanos de etnia Uigbur y de obediencia religiosa musulmana, de una parte, y fuerzas del orden del gobierno local y de etnia Han, en la ciudad de Urumqui. Urumqui, a propósito, es una capital de la provincia noroccidental de China que se conoce con el nombre de Sin-Kiang (Xin-Jang) o Turquestán chino.

Los enfrentamientos sostenidos han causado algo más de cien muertos, y no menos de ochocientos heridos de diferente gravedad. A lo que parece, el cerco policial y militar del gobierno logró reducir en menos de cuarenta y ocho horas esta microrrevuelta.

Reculemos ahora hacia el pasado, sin embargo, para intentar ver algo más claro el panorama actual.

La provincia de Sin-Kiang ha estado ligada tradicionalmente a la legendaria “ruta de la seda” que los mercaderes y transportistas chinos fueron abriendo en dirección del occidente euro-asiático -vía Turquía-.

Es decir, Sin-Kiang ha sido un enclave territorial islamizado hacia el siglo IX, como lo fueron los territorios vecinos del Turquestán ruso y soviético, hoy atomizado en repúblicas euro-asiáticas, que también poseen una composición religiosa mayoritariamente musulmana.

Los portavoces de Pekín han propagado a los cuatro vientos, desde un principio, la supuesta instigación de Al-Qaeda en la revuelta que se acaba de sofocar. A su vez, el aparato del Partido Comunista Chino (PCCH) no ha tardado en “detectar” que, dejando de lado el cariz islámico-radical de los acontecimientos acaecidos en las calles de Urumqui, cabría sospechar que The World Uigbur Congress -liderado por la Sra. Kadeer, residente en Washington D.C.- estaría también detrás de las bambalinas, en calidad de agitador malvado contra la “gran patria china”.

Por el precedente que ha sentado la URSS a estos efectos, sabemos que la teoría de la conspiración exterior se hace circular con toda ligereza en las sociedades con regímenes totalitarios, para así mantener en un puño a la atemorizada población civil.

De otro lado, es ostensible que Pekín empieza a observar con inquietud cómo las minorías religiosas -en las fronteras del colosal Estado de China- aprovechan la distancia que las separa de las aglomeraciones millonarias del este del país, para ensayar revueltas locales, hijas del descontento que generan, a lo que parece, el predominio étnico de los Han, y del poder omnímodo del PCCH.

No tenemos sino que recordar cómo en Lhasa, capital del Tíbet, hubo en marzo de 2008 una serie de demostraciones contra el Régimen, por parte de los monjes budistas, afectos al Dalai Lama que hubo de iniciar su éxodo en 1959, en demostración de la disidencia monacal con las directrices maoístas de aquellos tiempos.

Lo que se comenta hoy, no ha ocurrido sólo en la periferia de China, sino que en la plaza de Tiananmen se escribió en 1989 una sangrienta página de la historia contemporánea del gran imperio del Extremo Oriente.

Por si fuera poco, la memoria histórica nos recuerda que sectas como la de Falum Gong, y algunas comunidades cristianas establecidas en China, ya han elevado sus voces en demostración de protesta por el férreo control y prácticas represivas, con que el aparato del PCCH ahoga el derecho de los ciudadanos a la práctica de la libertad de conciencia y de elección del credo religioso que más les satisfaga.

Como ha puntualizado The Economist, “ ¿están dispuestos los ciudadanos a negociar con la dignidad política a cambio del progreso económico?”. Viejo dilema histórico éste del progreso impuesto desde arriba por los mandarines de la era tecnológica, y a pesar de las resistencias -de origen religioso, social, intertribal- que han opuesto frecuentemente a formaciones sociales variopintas, aunque disidentes con las pautas que ha impreso el dogma oficial de Pekín. Ojo con la celebración del sesenta aniversario (ya le advertíamos al lector, que las celebraciones de 2009 parecen marcadas por algún ave de mal agüero) del triunfo de la revolución comunista en 1949, no vaya a suceder alguna sorpresa política añadida que trastorne los cálculos de los “barones” del Partido Comunista Chino.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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