Alejandro Rossi o el amor al detalle
martes 21 de julio de 2009, 22:14h
Hace poco más de un mes nos dejó el pensador Alejandro Rossi. La prensa española de papel le dedicó algunas líneas elogiosas. No fue nunca un escritor mayoritario entre nosotros, aunque sí apreciado y acogido por editoriales importantes y por ciertos círculos. En América Latina, en cambio, goza del respeto y prestigio que su persona y su obra se merecen.
Florentino de nacimiento, de padre italiano y madre venezolana, estudió con los jesuitas en Buenos Aires y adoptó a Méjico como patria de elección, desde que cursó estudios de filosofía y letras en el D.F. Entre sus maestros estaba José Gaos, a quien dedicó una semblanza, con gratitud y sin beatería, en su libro más atractivo y ameno: Manual del distraído.
Todo es atinado e inteligente en esta obra de los años setenta reeditada una y otra vez; lo primero el título que le cuadra a las mil maravillas. Se trata, a decir verdad, de la compilación de las columnas publicadas por Rossi, bajo ese mismo nombre, en la revista Plural. Con una mirada algo machadiana – a Mairena recuerda en uno de los artículos- sorprende Rossi lo insólito, cómico, inquietante o grotesco, tapado por el velo que tiende la cotidianidad. Y lo hace con una lengua espléndida y contenida, de pura raigambre clásica, con toques humanistas tales como la llamada al lector.
Les recomiendo, como muestra, “Puros huesos”, hilarante conversación entre el narrador Rossi y un padre que le enseña la celda de San Ignacio en Roma, o “La doma del símbolo” y “El objeto falso”, reflexiones acerca de la depotenciación del símbolo al convertirse en adorno o lo que se pierde con la réplica y el sucedáneo desalmados.
El estilo de Rossi nunca se le desboca; tampoco cuando escribe La fábula de las regiones, cuentos de viejos oligarcas y militares venezolanos. Su acercamiento es más liberal -también en el viejo sentido de generoso- que el de otros escritores sobradamente conocidos. Inflexible ante la necedad altanera y mortífera de los idealistas mesiánicos, su pluma no se tiñe nunca de tonos rencorosos. Octavio Paz, amigo y colaborador de Alejandro Rossi, lo llamó moralista de la estirpe de Montaigne.
Hace sólo dos años salió Edén, su primera y magnífica novela que es, a la vez, una autobiografía literaria. Tengo la impresión de que en verano mueren muchos escritores. También es la estación en la que algunos tenemos más tiempo para leer sin premura y atender al detalle. Esa es, justamente, la recomendación de Rossi al comienzo de su Manual del distraido.