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Irán: una esperanza

miércoles 22 de julio de 2009, 19:24h
Los menos pesimistas creímos, cuando la brutal represión acabó con las manifestaciones de protesta y resistencia, que estas tardarían en reaparecer, pero que era cuestión de tiempo que el malestar social volviera a manifestarse claro y desafiante. Pero la rapidez y la firmeza con que se ha manifestado el viernes pasado, ha cogido por sorpresa a todo el mundo. Es posible que sea flor de un día y se agoste con el calor del gas lacrimógeno, pero un observador atento a los acontecimientos puede trabajar con la hipótesis de que nunca volverá a ser como antes. La quiebra de la forzada unidad teológica se ha producido y el pluralismo político ha ocupado su lugar. Es como si la legitimidad democrática que había buscado el régimen de los ayatolás se hubiera vuelto contra ellos. Y es que la libertad no se deja dividir. La propia dinámica interna de la democracia ha buscado su complemento natural: el principio liberal, entendido éste en sentido estrictamente político: lo que se llamaba hasta hace unos años, en tono despectivo “las libertades formales”. Es cuestión de tiempo, pero los teólogos islámicos tiene perdida la batalla.

Al mirar hacia atrás, a ese inesperado comienzo de una nueva realidad política, la pregunta que se impone es: ¿cómo ha sido posible la aparición de una protesta casi revolucionaria en tan poco tiempo y sin que hubiera síntomas de división u oposición articulada contra el régimen? Como siempre, las explicaciones de la autoridad suenan triviales, poco convincentes y hasta falsas: “Los jóvenes están confundidos. Estar alejados de la espiritualidad les ha causado confusión. No saben lo que hacen”, predicaba el padre protector, Ali Jameini, el guía supremo de la República islámica, en medio de la más cruda represión. De ahí a culpar al “enemigo exterior”, anglo americano, por supuesto, no hay más que un paso, que dieron inmediatamente, deteniendo a numerosos colaboradores de la embajada británica en Teherán.

El motivo esgrimido del fraude electoral en las elecciones del pasado junio y la oposición organizada dentro del régimen que sería la fuerza que administró en principio el movimiento de protesta, no tienen a mi juicio suficiente poder explicativo. ¿Es el pueblo iraní tan amante de la democracia como para hallar inaceptable la manipulación de unos resultados electorales? ¿No será que se protestaba no contra el fraude electoral, aunque también, sino contra el régimen que las organizaba? Se ha venido hablando de los jóvenes y las mujeres como de grupos numerosos de población que se encuentran en desacuerdo con los postulados religiosos y moralizantes del sistema teocrático que destruyó el régimen despótico del Sha, y probablemente sea así. Pero, ¿en qué se cifra su malestar, qué echan en falta, por qué motivo están dispuestos a arrostrar una paliza, la expulsión de la universidad, y hasta la cárcel? ¿Qué afirman, qué piden, qué buscan?

Hace un mes, cuando las noticias procedentes de Irán ocuparon las primeras páginas y fatigaron las reflexiones de los tertulianos, uno de ellos, en el programa de debate nocturno de RNE1, aducía que era bastante extraño todo el tumulto que se había organizado pues tenían los iraníes una economía bastante saneada ?uno de los PIB más altos de la zona?, un elevado índice de alfabetización y una razonable distribución de la riqueza. Cuando oí los argumentos se me ocurrió la respuesta del clásico pero al revés: “Es la libertad, ¡idiota!”. Sí, es la libertad y concretamente, las libertades políticas condensadas en los derechos de expresión, de reunión, de manifestación, etc, la reivindicación de un espacio público plural y de un espacio privado e íntimo protegido de cualquier intromisión del Estado y de la autoridad. Da un poco de sonrojo escribir estas obviedades, pero me da la impresión de que no se tienen en cuenta a la hora de interpretar lo que allá está pasando. Lo que ha comenzado en Irán es una revolución liberal de viejo cuño. Repárese en lo que reclamaba uno de los líderes de la resistencia verde, el ayatolá Rafsanyani en la oración del viernes pasado (17 de julio) desde la Universidad de Teherán. No se limitó a pedir que se liberaran a los presos políticos, sino que reclamó libertad para los medios de comunicación y exigió “abrir las puertas a un debate”. ¿Pero qué hay que debatir en un régimen que se constituye sobre la verdad dogmáticamente revelada y no acepta la primera y fundamental división de poderes entre el poder civil contingente y el necesario administrado por Alá?

Evidentemente, no le oirán. Mientras hablaba, la respuesta del régimen se corporeificaba en forma de más palos y más gases administrados por los guardianes de la revolución. Pero allí estaban, desafiantes, algunos miles de personas que se manifestaban en pos de un deseo de libertad. Lo siento, pero eso que pasa en Irán no tiene otro nombre.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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