crítica
Memorias de Eduardo Arroyo: Un prematuro pero clarividente testamento
miércoles 22 de julio de 2009, 20:46h
Eduardo Arroyo es uno de los más notables intelectuales de España. Dotado del don natural de la pintura y con una permanente vocación de escritor, Arroyo acaba de publicar Minuta de un testamento. Memorias (Taurus 2009), inspirada más que en la vivencia personal del autor, en su visión entre escéptica y dramática de su país, del arte en general, de la pintura y del compromiso político.
Eduardo Arroyo es uno de los más notables intelectuales de España. Dotado del don natural de la pintura y con una permanente vocación de escritor, Arroyo acaba de publicar Minuta de un testamento. Memorias (Taurus 2009), inspirada más que en la vivencia personal del autor, en su visión entre escéptica y dramática de su país, del arte en general, de la pintura y del compromiso político.
Minuta de un testamento es un original libro de memorias y un aún más original ensayo sobre todo –y que es mucho– de lo que a Arroyo le inquieta y le obsesiona. Nacido en Madrid en 1937, se quedó huérfano de padre a los seis años, fue expulsado del Liceo Francés y en 1958 se marchó de España para “respirar”, instalándose en Paris, con una indomable ilusión por contar, escribir y relatar, con la pluma y el pincel, y donde de inmediato hizo furor su espíritu combativo y su afán de plasmar en sus cuadros una visión ideológica de la realidad política española y de los grandes momentos y personajes de la Historia. Volvió a España en 1984. Además de pintor, Arroyo es un extraordinario cartelista, un imaginativo montador de óperas y de obras de teatro, un impresionante coleccionista de libros de boxeo, un demoledor polemista y un arrollador relator de anécdotas que sabe enlazar con una visión electrizante y con pausas obligadas por sus sanas carcajadas.
La originalidad de estas memorias-ensayo radica en que están inspiradas por las que escribió en 1876, con idéntico título, Gumersindo de Azcárate, liberal de pensamiento y de ejercicio, inspirador de una noble familia que en los siglos XIX, XX, XXI ha dado a España personalidades muy notables de distintas facetas de la creatividad humana. Arroyo, unido a esta familia desde hace unos años por el amor por Isabel de Azcárate y por una común raíz leonesa, se siente heredero de las humanistas reflexiones e inquietudes de Azcárate y las hace suyas, con más de cien años de diferencia, lo que no deja de ser en ocasiones curioso.
Pero esta identidad de adopción no priva a Eduardo Arroyo de asestar “crochets” implacables al presente y en concreto a los políticos oportunistas, al “victimismo de la izquierda”, con frases tan suyas como que “…sigo sin comprender que para protestar uno tenga que echar mano de una guitarra” (pág. 99), o cuando en pleno arrebato arremete (pág. 101) las ensoñaciones de Regis Debray, o las utopías de Saramago.
La trayectoria de Arroyo, siempre comprometido, queda evidenciada en cientos de las páginas de este “Testamento” donde se recrea su exilio en Paris, sus viajes a Cuba, la batalla del mayo de 1968 –vivida en primera línea de trinchera-, los interrogatorios en la DGS de la Puerta del Sol, las denuncias por las caricaturas de sus cuadros al general Franco, el mundo italiano del cine, su frustrado regreso a España en 1977 cuando expuso su obra en la Galería de la inolvidable Juan Mordó, su fraternal amistad con Jorge Semprún o con un pintor tan clarividente como Gilles Aillaud. También está aquí su cruda denuncia del aldeanismo cultural de ciertos museos catalanes por no tener obra suya y de ciertos políticos de idéntica nacionalidad, incapaces de entender que una galería barcelonesa expusiera su obra y su polémica histórica con el gran poeta mexicano Octavio Paz.
Frases como “la ventaja de ser pintor está en que le dejan a uno tranquilo” (pág. 76), “el exilio te ocupa día y noche” (pág. 85), o “yo soy ateo y anticlerical” (pág. 88), insinúan e ilustran por dónde van las reflexiones íntimas de Arroyo, tan dotado para humanizar el boxeo en su drama como para despreciar a los incorregibles ecologistas que quieren salvar a la Humanidad (pág. 30).
Quienes conocemos a Arroyo en su dimensión casera, exuberante y siempre jovial, aun exteriorizando obsesivamente sus demonios interiores, nos hemos regocijado con el delicioso homenaje que ofrece en el prólogo a los hermanos “Justerini & Brooks” (creadores del whisky JB) y con la muy tierna descripción desde la mirada de un niño y de un adolescente de su calle natal, Argensola, llena de pasajes de gran relator, de detallista pintor de tiendas, comercios, personajes, aceras, rótulos y olores.
Pero es en algunos capítulos muy concretos –“De periodista a pintor”, Ética y estética de la pintura”, “El taller del pintor”, “Los viejos maestros”, “Mis libros” y “La condición de pintor”– donde está la entraña del artista, donde Arroyo rinde homenaje a su condición con reflexiones sobre el arte, el artista y la pintura, realmente reveladoras. “He pasado más horas en las librerías que en las salas de los museos”, reconoce Arroyo, al igual que admite en el capítulo 34 (pág. 299) que “siempre me he tomado muy en serio el dinero”, y que en Francia aprendió: “No consiento que nadie vaya en contra de mis intereses”.
La Minuta de Azcárate fue criticada en su día por un crítico de entonces –López Morillas– “por ser un amasijo de novela, autobiografía y catecismo”. La Minuta de Eduardo Arroyo es un libro importante, serio, denso en materias y en el tratamiento de las mismas, y escrito en algunos pasajes con la fresca tinta de algún merecido ajuste de cuentas artístico y con afán de reivindicar la memoria de un pensamiento liberal, siempre sospechoso en esta España que Arroyo conoce tan bien y siente tan íntimamente.
Por Carlos Abella