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Asesinos y salvajes, pero no locos

jueves 30 de julio de 2009, 15:49h
Lamentablemente, el atentado perpetrado por ETA contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Burgos estaba cantado. El repaso de las informaciones y análisis volcados en prensa no añade nada nuevo a los ríos de tinta vertidos desde el final de la tregua respecto al estado de la organización terrorista. Si acaso, a muchos les habrá resultado inesperada la magnitud de los daños causados esta última vez y de los que pudieron haberse producido de no haber mediado la fortuna. Aunque un servidor no está entre los sorprendidos. Siendo innegable que los atentados con víctimas cuantiosas nunca han sido su modus operandi predilecto, por mi parte nunca he creído que ello probara que los etarras tuvieran más escrúpulos que cualquier otra categoría de terroristas. De otro lado, en un artículo publicado hace algo más de un año en este mismo periódico adelanté mi impresión de que los atentados de ETA irían progresando inevitablemente hacia la búsqueda de resultados mucho más nocivos que la mera destrucción de inmuebles (Eta y el continuo de destrucción, 4/6/2008). Ojalá me hubiera equivocado. Y ojalá no esté acertado al pensar que pronto o muy pronto habrá nuevos cadáveres que reprochar a ETA. Pero hay motivos para esperarlo. Veremos qué se hace con las furgonetas robadas hace pocos días.

Escribía estas líneas previas pocas horas antes de tener noticia del siguiente atentado, esta vez con víctimas mortales, producido en Mallorca. En todo, el objetivo era poner el acento sobre otro tema.

Una de las múltiples razones que en su día me llevaron a profundizar en el estudio del terrorismo provienen de las verbalizaciones que este fenómeno suele suscitar entre el público y también entre la clase política. La abominable última acción etarra da un típico ejemplo a través de las palabras del ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Con razón, el ministro señaló el carácter “especialmente canalla” del atentado deduciéndolo del hecho de que en el momento de la explosión 41 niños dormían dentro del edificio explosionado. Asimismo, a continuación Rubalcaba afirmó:“hoy sabemos además que [los etarras] son asesinos salvajes y enloquecidos”. Para terminar advirtiendo que, sí bien esos atributos no les hacían “más fuertes”, sí les convertían en “más peligrosos”. A mi modo de ver, esta última puntualización no admite reproche y resulta necesaria porque conviene aclarar a los ciudadanos sus dos extremos: que a pesar del atentado la debilidad operativa y organizativa de ETA es real y profunda; y que, sin embargo, ello no implica que sean menos temibles que ayer. Mas volvamos a los rasgos y adjetivos adjudicados a los militantes de ETA: “canallas”, “asesinos”, “salvajes” y, por último, “enloquecidos”. ¿Qué hay de nuevo en estas des/calificaciones? Realmente nada. Estas y otras palabras parecidas se han pronunciado cientos, miles de veces tras conocerse un atentado de ETA, y no sólo por dirigentes políticos sino por la gente de la calle en toda suerte de lugares y escenarios (excepto en los ambientes pro-abertzales, claro está).

Recurramos a la Academia. Según su diccionario asesinar equivale a “matar a alguien con premeditación y alevosía”, mientras que canalla es palabra aplicable a “gente baja y ruin” o calificativo adecuado para describir a una “persona despreciable y de malos procederes”. Por consiguiente, “asesinos” y “canallas” son atributos obviamente derivables de las acciones etarras (de nuevo esto es obvio menos para los propios etarras y sus simpatizantes). “Salvaje”, la siguiente atribución que el ministro hacía a los etarras, es más polisémica, aunque entre sus diversas acepciones la Academia incluye una igualmente adecuada a nuestro caso pues identifica el término como un sinónimo coloquial de la palabra “cruel”. Estamos de acuerdo entonces con el ministro, al menos para los tres calificativos revisados: los autores materiales e intelectuales del atentado de Burgos pueden ser correctamente identificados como canallas, asesinos y, menos literalmente, como salvajes. ¿Pero también de “enloquecidos”?

Enloquecer significar “volverse loco, perder el juicio”, nuevamente según la Academia. Y aquí es donde realmente quería llegar. Acusar de locura a los terroristas también forma parte de las reacciones más habituales a sus atentados, sólo que en este caso se trata de un hábito verbal desacertado, contradictorio y desorientador. Está perfectamente demostrado que los terroristas (salvo muy raras excepciones) no son asesinos enloquecidos sino pragmáticos (lo cual, por cierto, no es incompatible con su adhesión fanática a algún ideario que legitime el crimen y la crueldad extremas). De hecho, resulta contradictorio suponer que un grupo de enfermos mentales pueda sea capaz de planificar y ejecutar una sucesión premeditada de actos terroristas, prever las respuestas del Estado y de diversas audiencias, introducir variaciones estratégicas congruentes con esas respuestas y con los objetivos propios, convivir en la clandestinidad, captar nuevos militantes y colaboradores, etc. Alguien objetará que cuando se llama “loco” o “enloquecido” a un terrorista no se pretende ofrecer ninguna descripción literal sino hacer una simple descalificación moral. Puede ser, pero de todos modos convendría que quienes tienen posibilidad de moldear las impresiones de la opinión pública no abonaran una concepción falaz y proclive a desfigurar la autentica esencia del terrorismo: violencia deliberada y libremente elegida como método de coacción social y política, también susceptible de otros usos tácticos, incluyendo el de infundir ánimos y cohesionar a una militancia como la de la ETA actual: desanimada y potencialmente escindible. Ahí es donde hay que buscar las claves de los dos últimos atentados en Burgos y Mallorca.
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