Italia: ¿El diminutivo de turismo es timo?
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 02 de agosto de 2009, 14:53h
Durante el verano, Italia sigue siendo uno de los destinos vacacionales preferidos y apetecidos por los turistas mundiales. Su oferta cultural, artística, playera, eno-gastronómica y de diversión consigue atraer a viajeros de todo el mundo. Sin embargo, si hace pocas décadas Italia ocupaba el primer lugar en las tablas de los flujos de turistas, hoy el dato resulta menos halagador. En los últimos tiempos, el sector turístico, que representa alrededor de un décimo de la riqueza nacional, vive una grave crisis, certificada por la Organización Mundial de Turismo (OMT), en cuya clasificación pierde escalafones y en 2020, según las previsiones más negras, corre el serio riesgo de salir de la top-ten de los países más visitados. ¿La culpa se encuentra sólo en la grave crisis económica mundial? ¿O es debido a la aparición de nuevos destinos turísticos? ¿O bien a la subida de algunos países que se muestran más competitivos, más baratos?
Detrás de este nuevo compás de espera italiana, hay múltiples razones: en primer lugar, es evidente que el euro ha penalizado a Italia, histórica meta turística alemana y nórdica, ya que ha generado una preocupante subida de los precios. Además, la bota itálica no parece capaz de competir con nuevos destinos que brindan una oferta turística mucho más competitiva y barata. De hecho, Italia parece carecer de estructuras “low-cost”, escasea en hostales baratos o bed and breakfast, dirigiéndose, de esta manera, a un tipo de público sectorial y reducido. Si sumamos a esto que algunas zonas del país (sobre todo el Sur), no cuentan con infraestructuras idóneas, medios logísticos aptos para acceder a sus belleza (Paestum resulta más abandonada que Robinson Crusoe), el cuadro aparece desolador.
¿Y la conservación de los bienes culturales italianos? En la actualidad el patrimonio artístico italiano aparece alarmantemente abandonado: maravillas arquitectónicas y artísticas (el año pasado ya contamos la degradación que sufren las ruinas de Pompeya) parecen amenazadas por la desidia y el deterioro. Décadas de abandono institucional, sumado a la dejadez de los Gobiernos que siempre se han caracterizado por una postura muy poco interesada al tema artístico, están dañando estas preciosidades. Una vez más, los Gobiernos demuestran su incapacidad de proteger el patrimonio cultural nacional: además manifiestan su ceguera, ya que están desperdiciando un posible gran recurso económico.
Otro aspecto negativo, es la falta de una política común en materia: la promoción del turismo resulta privada de coordinación entre gobierno central y administraciones locales, que, a su vez, se dividen entre regiones, provincias, alcaldías, generando un desperdicio de fondos y una confusión innecesaria. ¿No sería mucho mejor crear una red capilar, coordinada y coherente? ¿A qué sirve la creación de un portal Internet con un coste millonario y que, paradójicamente, no se ha publicitado para nada? ¿Es tan difícil encontrar un eslogan mejor que “Magic Italy”? Un nuevo despilfarro que certifica la ineptitud de la clase política italiana y su miopía en un mercado donde la oferta abunda y la competencia es feroz.
Hay un último problema relativo al turismo en Italia: los timos. Los precios son susceptibles de variaciones, algunos restaurantes llegan a tener hasta dos menús con precios diferentes para extranjeros y el turista se le considera como “tierra de conquista”. Esto sin tener en cuenta que algunas localidades ya cuentan por sí mismas con precios prohibitivos: para comprar un café en Capri o comer en Florencia hay que pedir un préstamo, una hipoteca. El turista es percibido como “alguien que hay que engañar”, que “no volverás a ver en tu vida y por lo tanto hay que aprovecharse”, convirtiendo el pago en un castigo como confirma una vergonzosa noticia de mitad de junio: un restaurante romano cobró 695 euro a dos japoneses por dos platos. En la cuenta, los camareros habían cargado motu proprio 115 euros en concepto de propina (¡que generosidad!), mientras los primeros platos le habían costado 208 euros (a este precio había que llevarse los cubiertos a casa), 142 de entrantes y sólo 82 de segundo plato. Pese a ser vino “de la casa”, con un coste de 108 euros tenía que ser un “gran reserva”. Después que se fueron a los Carabinieri, lo más curioso es que, una vez interrogado, el dueño del restaurante ha afirmado lacónicamente: “me han denunciado sin decirme nada, si se hubieran quejado en el momento les habría hecho un descuento”
Esto es sólo uno de los pocos casos denunciados, mientras, lamentablemente, este tipo de publicidad da vuelta por el mundo y muchísimas páginas webs niponas reportan la noticia, dañando la imagen de Italia. De hecho, en las páginas de Internet, se multiplican las advertencias y se considera Italia un país peligroso para los visitantes. No cabe duda que en varias ocasiones los turistas engañados muestran su ingenuidad, confían en la simpatía y amabilidad de los camareros: sin embargo, nos amonesta Dante que “traicionar quien confía en nosotros”, aprovecharse de su generosidad es tan grave que el poeta les coloca en el Infierno. Esta actitud se está convirtiendo en un boomerang: turismo no debe más significar timo.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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