Pobre andalucismo
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 03 de agosto de 2009, 20:24h
¿Tiene lógica la Historia? ¿Se derivan natural y coherentemente los efectos de las causas? Dilema éste tan viejo como la Humanidad y que no obtendrá nunca respuesta satisfactoria ni razonablemente convincente. En ocasiones, sin embargo, el tapiz de los acontecimientos semeja tejerse con hilos y urdimbre encadenados de forma consecuente.
Así ha sucedido en fechas muy recientes con el lamentable descalabro padecido por la fuerza política y social que escribiese, durante los añorados años de la Transición, en la mayor –geográfica y demográficamente- comunidad del país la página más refulgente de su accidentada trayectoria, llegada ahora, según el comentario de variados y reputados analistas, a su definitivo término. Tal predicción, como muchas de las formuladas en política, resulta quizá algo aventurada; pero es, sin embargo, claro que su rotundo rechazo por la ciudadanía en las elecciones de 7-J acentúa su prolongada hondonera y la sitúa, en estado semicomatoso, al borde mismo de la extinción. Ni siquiera sus críticos más radicales pudieron pensar en sus días de gloria tan desastrada peripecia, desembocada su azarosa andadura en un paisaje en verdad inimaginable. El partido per naturam más internacionalista de cuantos han existido en la edad contemporánea, subsume, con alharaca de los engullidos, a gran parte de los cuadros y militancia de los supérstites del naufragio andalucista… Conforme se observa, la peripecia no puede ser más esperpéntica, en un panorama ya de por sí estrambótico como el español.
Por supuesto que tal itinerario cabía suponerlo desde tiempo atrás, a raíz de que, una vez concluida la misión histórica protagonizada por el andalucismo político en los años setenta y ochenta de la centuria pasada de galvanizar la conciencia telúrica de la región, entrara en una fase de acelerada descomposición y taifismo canceroso. La impericia y desmaña de sus líderes se descubriría entonces clamorosa, a ciencia y paciencia de unos seguidores de conducta y moral ciertamente admirables. Con excepciones muy salientes –sobre todo, en la campiña cordobesa y en la capital malagueña-, sus dirigentes se enrocaron en un personalismo a ultranza, sin visión alguna respecto a un futuro que ya no podía alimentarse exclusivamente con la exaltación de un remoto ayer y la reivindicación quejumbrosa del cercano pretérito. Ningún proyecto sugestivo e inserto con plenitud y autenticidad en un cuerpo social en el que cualquier antinomia o reserva frente a la conjugación espontánea de sentimiento nacional y regional es frontalmente repudiado, se diseñó por los líderes andalucistas en el cruce de un siglo a otro. La burocratización y el clientelismo más descarnado se adueñaron a partir del agotamiento del viejo modelo y… comenzó el calvario. Ruptura tras ruptura, un incesable torbellino de fracturas y mutuas descalificaciones entre las principales tendencias del credo infantiano llevó al andalucismo a una coyuntura de irreversible postración.
Pero tal vez si este no existiera habría que inventarlo en beneficio de todos y, en primer lugar, en el de la todavía joven democracia española. Desde luego, sus antiguos afiliados de base merecían por su generosidad y entusiasmo un fin más airoso y digno. Aunque en el pensamiento de Marx, como es bien sabido, el retorno de la Historia se produce indeficientemente en clave tragicómica, ojalá aquélla le deparase una nueva ocasión para que, con dirigentes imbuidos de responsabilidad y dotados de vigor y altruismo, pudieran hacer realidad sus propósitos, en un horizonte bien distinto al que enmarcara una empresa sentenciada ahora-¿provisional o cerradamente?- por la opinión pública.