Novilleros para otoño
miércoles 05 de agosto de 2009, 20:48h
Novillos de Alcurrucén y Lozano Hnos., 2 de Agosto de 2009. Final del ciclo de novilladas nocturnas de verano en Las Ventas. Javier Herrero, segoviano de Cuéllar, Arturo Saldívar, mexicano de Tehocaltiche, José Miguel Navarro, madrileño que sustituye al francés Tomasito, herido el domingo anterior.
A las 20,30 el sol de agosto castiga la piedra que limita al norte con el reloj de 1930 y el cielo blanquiazul; al sur con el límite del tendido bajo del 5, el 6 y el 7; al este con los tendidos, gradas y andanadas del 4, y al oeste con los tendidos, gradas y andanadas del 8. Una brisilla deliciosa y casi media entrada en plaza alegre y animosa, muy ajena a los rigores que le impone su condición de catedral, ligera en sus ropajes de verano, con las estrellas ya avistando a San Lorenzo, San Cayetano y La Paloma.
En juego algo más que un número: un paseíllo en la próxima feria de otoño madrileña. En las gradas, partidarios incondicionales de cada diestro: una piña de segovianos, mexicanos dispersos, madrileños del barrio… Los castellanos jalean, ya en el 1º, a Herrero con oles entusiastas, y Zaldívar responde alegre y compuesto al quite con una pinturería de navarras, aires de México en el vestido turquesa. El colorado lucero de Alcurrucén complicaba la muleta del segoviano, que lidiaba con valor y habilidad los saltos y virajes rápidos con que remataba. Hasta que lo embebió. Y aunque la embestida corta y celosa lo aupó al morrillo, la faena del de Cuéllar se celebró como en plaza de pueblo (en la del suyo, concretamente). No había salido a recibir los aplausos y ya estaba Zaldívar en las rayas, venga a santiguarse. Remates del abanico, o fregolinas a las que da réplica JM Navarro con dos chicuelinas al desdén y una media muy baja, muy lenta y navegada. ¡Ojo! Pero el toro de Lozano no compartía el entusiasmo de la muleta zalamera de Zaldívar, que lo mató a la primera.
El sabor que había descubierto Navarro en el quite quería prolongarse en la muleta del 3º; la movía lenta, quería gustarse, pero se apagaba un poco, mandaba sin garbo, hasta que se cansó de la sosería del novillo y le metió despacio el acero. Y en lo alto. Cuando salió el 4º algo quedaba ya patente: eran toros, nada de novillos: todos a unos días de los 4 años, todos a unos kilos de los 500. Volvió Zaldívar a la algarabía de quites —un farol, una serpentina— y lo tomó Herrero en la muleta con una muñeca infatigable hasta que consiguió estallar los oles bajo 3/4 de luna en el cielo cobalto de los Ángeles de agosto. Estaba en frenesí tras la estocada, pero el puntillero enfrió la plaza y el presidente somnoliento de las 22 en punto no acusó el clamor de pañuelos. Sólo hubo vuelta al ruedo.
Probó Zaldívar todo —hasta arrodillarse— con el bello reservón que salió 5º. Inútil todo intento cuando uno no quiere. Como en el amor. El último, lo brindó Navarro a una mujer (¿su madre?) que se subió al tendido con la montera apretada contra el pecho, llorando entre aplausos compasivos. Luego se dobló muy bien y al tercer doblón el novillo-toro desarrolló la fiereza del manso, que ya había apuntado en el caballo. Quería coger y se volvía mirando. Ya casi nadie recuerda nada más: era muy tarde y algunos protestaban. Pero dos de los toreros —Herrero y Zaldívar— acababan de ganarse un puesto en los carteles de otoño. Yo se lo hubiera dado a los tres. La misma corrida. Con otros toros.