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diez años de reinado

Mohamed VI, atrapado en la monarquía de derecho divino

miércoles 05 de agosto de 2009, 21:23h
Hasta los más críticos con el régimen de Mohamed VI en Marruecos están de acuerdo en que el joven monarca, que acaba de celebrar su décimo aniversario de llegada al trono alauita, quiso emprender una modernización de la monarquía. Una década después, el cierre de dos semanarios por atreverse a hacer un sondeo de opinión sobre la figura del Rey muestra que su batalla por cambiar la estructura del Majzén ha fracasado.
En los primeros meses de su reinado, el primogénito de Hassan II lanzó mensajes muy claros: deshizo el harem que su padre tenía instalado en el Palacio enviando a sus casas de origen a decenas de concubinas; abolió normas de protocolo estrictas, como la vestimenta de las princesas, el uso de móviles en Palacio, la introducción de «músicas profanas» en los salones y habitaciones privadas de las residencias reales; cambió los horarios de entradas y salidas del mechuar (recintos palaciegos); y puso en entredicho el inamovible besamanos. Mohamed VI, ya rey, dejó a la libertad de cada uno el saludo protocolario de reverencia y besamanos. Dirigentes marroquíes de la talla de Mohamed El Yazgui, en ese momento secretario general adjunto de la Unión Socialista, mostraron su júbilo en público dando un apretón de manos al monarca en señal de saludo.

Sin embargo, la «primavera marroquí» duró poco tiempo. Los sectores más conservadores del Majzén, los depositarios del Protocolo alauita con dos siglos a su espalda, impusieron al nuevo entronizado la vuelta a las costumbres y la tradición. Se las arreglaron para hacer creer al Príncipe que el futuro de la monarquía dependía de su acatamiento de los protocolos. El Rey, cada vez que ha podido, se ha saltado las normas, en visitas a enfermos, con niños pobres o minusválidos, con las víctimas del terremoto de Alhucemas, y en otras ocasiones.

Pero la tradición se ha impuesto. El primer indicio público de resistencia no vino del Palacio, sino del aparato judicial. El periodista heterodoxo Ali Lmrabet, que dirigía el semanario Demain, fue llevado a juicio acusado de «atentado a la sacralidad del Rey», cuando en su periódico habló de la posibilidad de que una de las residencias palaciegas fuese puesta en venta. El juez dictaminó su sentencia de seis meses de cárcel, con la frase: «no sólo el Rey es sagrado, sino también las piedras de su palacio», y puso encima del estrado un pedrusco traído de la calle, a modo de prueba convincente.

Los periodistas que sacan las revistas Tel Quel, en francés, y Nichane, en árabe, se han visto sorprendidos por la censura de ambas publicaciones. En las dos se daba cuenta de un sondeo de opinión sobre cómo ve la población marroquí la imagen del Rey. Un sondeo favorable al monarca en un 91 por ciento de los casos, en el que abundan más los elogios que las reticencias. Los más estrictos majzenianos han arremetido contra las dos publicaciones, porque «la persona del Rey es sagrada». Simplemente no se puede hablar de ella.

Mohamed VI se encuentra frente a un dilema. O se resigna ante los depositarios de la tradición o da un paso y rompe las arcaicas estructuras propias de un Estado de derecho divino, de una monarquía existente «por la gracia de Dios».

En el momento en que el ministro Miguel Ángel Moratinos visita Marruecos y alaba «los importantes avances» hechos en Marruecos bajo la batuta de Mohamed VI, y en que el Reino alauita aspira a tener «un estatuto avanzado» de relaciones con la Unión Europea –que José Luis Rodríguez Zapatero quiere consagrar en marzo próximo-, es por lo menos incongruente la permanencia de unos modos que chocan con la inteligencia. Es, quizás, la ocasión propicia para el Rey de mostrar qué futuro quiere para su país.
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