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Marrakech

sábado 23 de febrero de 2008, 01:51h
Dicen las crónicas sociales que Marrakech es el refugio de las celebrities, el nuevo templo de los más fashion, el oasis del glamour. Cierto que desde que el pintor francés Jacques Majorelle la descubrió, se enamoró de su exotismo y la puso de moda entre la jet set, personajes de la política, el diseño, la industria, la aristocracia, el cine o la literatura europeos o americanos han hecho de “
"la perla del sur" el destino turístico más cool del momento. Atrás quedaron los hippies de los 60. Hoy, la llamada ciudad roja encandila a ricos y famosos y a los miles de turistas anónimos que cada año la visitan.

Marrakech está a tan sólo hora y media de viaje de Madrid, pero, por la distancia cultural y vital que media entre ambas ciudades, se encuentra a años luz. Tan próxima y tan lejana, Marrakech es un mundo exótico y fascinante: bereber, magrebí, africano, andalusí como siempre lo ha sido desde su fundación almorávide en el siglo XI. Pero también europea y moderna, plácida y activa. Una mezcla y yuxtaposición cultural, un mundo de contrastes, un paraíso del buen clima, del color, de las compras, del relax, del placer y la hospitalidad. Un destino turístico tolerante, seguro, estable, aunque prosaico en la permanente discusión con taxistas, camareros, tenderos por el precio de los servicios.

Marrakech se despliega amplia, horizontal, abierta en el contexto paisajístico de la llanura de Itauz, rodeada de palmerales y olivos, antesala del Atlas, a medio camino entre la costa atlántica y la zona presahariana. Desde el punto de vista físico y urbanístico, Marrakech se divide en dos zonas claramente diferenciadas; la medina o ciudad vieja y la ciudad nueva iniciada por los franceses en los años 20.

La medina no tiene la grandeza de la de Fes, ni el orden de la de Rabat, ni el encanto de la de Meknés, pero tiene un exotismo especial, difícil de superar, marcada también por su condición marroquí: un inmenso zoco, un trasiego de gentes, el regateo, los aromas y los sabores árabes a especias, té de menta, también, en ocasiones, a suciedad y pobreza. Todo ello envuelto e impregnado de sensualidad sureña y africana.

La parte moderna, Gueliz e Hivernage, se ha desarrollado según criterios urbanísticos occidentales, con grandes plazas de las que parten avenidas y bulevares amplios y arbolados. En los años 60, la alta sociedad y la burguesía abandonaron sus palacios de la medina para instalarse en chalés occidentales y apartamentos urbanos en la ciudad nueva, antítesis urbanística de la medina: ordenada, bien trazada, amplia y limpia, con casas en altura, pero siempre con el característico color rojizo de sus fachadas.

El gran espectáculo
Desde Hivernage, la avenida Mohamed V lleva hasta una de las 19 puertas de las grandiosas murallas que con una longitud de 10 kilómetros rodean la medina. Construidas en adobe, han dado el nombre de roja a la ciudad por su inconfundible color terracota rojizo. Una vieja ciudad de cuyo importante pasado dan testimonio las huellas reconocibles que almorávides, almohades, benimerines, uatassies, sadianos y alautias han dejado a su paso, no siempre pacífico.

Las murallas delimitan un espacio abierto, lleno de interés, de callejones estrechos, intrincados y laberínticos, donde se entremezclan los edificios públicos, los conjuntos arquitectónicos, los monumentos históricos-artísticos, los jardines y los zocos. De la yuxtaposición de épocas y estilos surge una ciudad compleja y heterogénea, bajo la sombra del alminar o minarete de la mezquita Koutubia. La torre más famosa y característica de la ciudad que, con sus 69 metros de altura, es la expresión perfecta del arte almohade. Armónica y refinada, antecesora de nuestra Giralda y símbolo de Marrakech al igual que la plaza Djemaa El Fna, el auténtico centro neurálgico y vital de la vida urbana.

¿Cómo describir la Plaza Djemaa El Fna, una de las plazas más famosas del mundo? ¿Cómo encontrar las palabras adecuadas para transmitir su fuerza, su color, su significado? Hablamos de una plaza amplia, irregular, la más grande del continente africano, la más exótica, el lugar más renombrado de Marrakech sobre el que gravita la vida de la ciudad. Un espectáculo permanente y diferente, un gran teatro popular al aire libre en el que se dan cita saltimbanquis, encantadores de serpientes, cuenta cuentos, músicos, vendedores de zumos, listillos y curiosos. Un hervidero de vida, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Hay dos maneras de vivir el espectáculo: como actor o como espectador. En el primer caso, hay que recorrerla y mezclarse entre las gentes, los vendedores de baratijas, los aguadores, los carteristas, los músicos, los danzantes y entre los corros que jalean a quienes cantan, bailan o actúan en espectáculos más o menos improvisado en busca de unos dirhams. Como espectador, nada más estimulante que sentarse en una de las terrazas de la plaza y observar el espectáculo, especialmente a la caída del sol cuando la tenue luz del atardecer se mezcla con el humo de los puestos de comida.

Entre la historia y regateo
Pero la medina es algo más que la plaza. Son también sus zocos, sus monumentos, sus palacios, sus laberínticas calles donde bicis, motos y carros tirados con burros sustituyen a los coches y donde pasear en calesa resulta muy estimulante. Hay que callejear por la parte más antigua, con el sello urbanístico de los andalusís y los judíos expulsados de España que la construyeron, con sus arcos, sus hermosas puertas de madera, sus voladizos monumentales; o pasear por calles donde se adivinan los patios, las fuentes que susurran a la sombra de limones y naranjos de los riads que, tras años de abandono, poco a poco son restaurados y se convierten en hoteles, restaurante o moradas vacacional de europeos amantes de lo exótico. Gracias a esta labor, se ha iniciado la recuperación de un patrimonio arquitectónico excepcional.

En la medina se encuentran también los monumentos artístico-históricos más importantes, incluidas unas cuantas mezquitas que no pueden visitar los no musulmanes. Pero, por el contrario, sí están permitidas las visitas a la Qoubba Ba’adiyn del siglo XII, la Medersa de Alí ben Youssef del XVI o Museo de Marrakech, un magnífico palacio de arquitectura característica árabe, todos ellos al final de los zocos. Al otro lado de la medina, junto a de la Kasbah y el Palacio Real, se ubican las tumbas Saadies, el palacio Bahía y las extraordinarias ruinas del palacio El-Badi. Tampoco hay que perdérselos. Todos estos monumentos son excepcionales y fiel reflejo de la arquitectura monumental árabe.

Sería un crimen no dedicarle tiempo a los zocos, donde se vende desde artesanía de alta calidad hasta quincalla. Una zona con aromas árabes, sabores bereberes y sonidos africanos en los que el arte del regateo es todo un ritual. A través de sus callejones tortuosos se atraviesa un mundo único de oficios que en Europa ya hace tiempo que desaparecieron. Los zocos se dividen por gremios: alfareros, curtidores, herreros, carpinteros, joyeros, tintoreros, y por el tipo de productos que venden: alfombras, textiles o babuchas.

Una visita a Marrakech nunca estará completa si no se pasea por sus innumerables y espectaculares jardines: el palmeral que la rodea, el espléndido de La Menara, o el sofisticado de La Majorelle. Todos ellos, y otros menos conocidos, forman un todo indisoluble con la ciudad.

Datos prácticos.

Como llegar. Desde Madrid vuelan en directo Iberia, Royal Air Marroc y la compañía de bajo coste Easy Jet. En esta última, se puede viajar desde 70 euros. Si se decide ir en coche, de Tánger a Marrakech hay autopista. También es factible ir en tren.

Donde dormir. En Marrakech hay gran variedad de hoteles. Los de las cadenas internacionales están en la parte nueva. Los que quieran exotismo pueden ir a un Riad. Se encuentran de toda clase y precio en la medina (ver Riads au Maroc y Marrakech Riads). El histórico La Mamounia esta en obras y no abrirá hasta finales de año.

Restaurantes: La comida marroquí es una de las más refinadas del mundo pero, para las personas poco dadas a cambiar de hábitos, en Marrakech hay numerosos restaurantes que sirven comida internacional. Son recomendables los restaurantes Argana, Café de France, Al-fasia, Yacout, Le Foundouk

Compras: En Marruecos la artesanía es excepcional. Se recomiendan las cajas de madera de tuya, las lámparas de forja, las alfombras, la alfarería, babuchas y caftanes.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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