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Crítica

William James: La voluntad de creer

miércoles 12 de agosto de 2009, 20:36h
William James (1842-1910) es uno de los filósofos norteamericanos más reconocidos. Desarrolló sus trabajos en el campo de la psicología y la fisiología, para posteriormente dedicarse a cuestiones religiosas, especialmente al difícil diálogo entre ciencia y religión. Junto a Charles Sanders Pierce defendió el pragmatismo, escuela filosófica caracterizada por encontrar el valor de verdad en las consecuencias que se derivan de las cosas.
William James (1842-1910) es uno de los filósofos norteamericanos más reconocidos. Desarrolló sus trabajos en el campo de la psicología y la fisiología, para posteriormente dedicarse a cuestiones religiosas, especialmente al difícil diálogo entre ciencia y religión. Junto a Charles Sanders Pierce defendió el pragmatismo, escuela filosófica caracterizada por encontrar el valor de verdad en las consecuencias que se derivan de las cosas.

La Voluntad de Creer, reeditado por Marbot, es una colección de conferencias pronunciadas por James, que articulan y definen su pensamiento en relación con la ciencia y el carácter omnicomprensivo de ésta. En el momento en que tuvieron lugar, el debate entre religión y ciencia estaba en su apogeo, y la ciencia veía el espacio para la religión cada vez más reducido. Los escritos de James tienen lugar cuando el positivismo científico se encontraba más optimista y la fe religiosa era un impedimento para su consumación. La presencia de la fe religiosa en el plano académico fue entonces la tarea que se propuso.

Las relaciones ciencia-religión vuelven a ser un tema de actualidad, pues las múltiples y diferentes posturas se alejan del deseo de unanimidad, el paraíso libre de creencias que el progreso estelar e indefinido de la ciencia prometía. Hoy en día, y después de la gran cantidad de conocimiento científico teórico y experimental acumulado, la legitimidad de la fe puede verse reforzada, en especial cuando la ciencia trata de dar respuesta a problemas sin respuesta, aquellos territorios donde la ciencia se queda sin palabras, sin números. Sin voz.

La “metafísica” de la “física” ha sido la quintaesencia del pensamiento filosófico en su avance hacia el conocimiento cierto. Hume interpretó dos tipos de conocimiento, las relaciones entre ideas y cuestiones de hecho. El último encuentra su razón en la experiencia, en el conocimiento intenso que otorgan los sentidos, las impresiones. Kant, dando gracias a Hume por hacerle salir del “sueño dogmático”, compuso racionalismo y empirismo aplicando a la experiencia las categorías cuyo origen, a diferencia de los empiristas, no encontraba en la misma experiencia. La razón, en su recorrido laborioso y extensivo, reconocerá sus límites en lo incondicionado, cuando alcanza sin aprehender lo que se encuentra más allá de los sentidos.

Si Locke y Berkeley apelaron a la causalidad para demostrar la existencia de Dios, Hume justificó su invalidez al tener por objeto algo que no es objeto de impresión. Y por eso mismo, sin experiencia posible, la existencia o la inexistencia de Dios queda indemostrable, sin posibilidad de ser probada o refutada. Esto da lugar, por una parte, a un escepticismo para aquello que se encuentra más allá de la experiencia y, por otra, una libre y posible voluntad de fe, pues incluso la elección del “no Ser del Ser” da lugar a una creencia.

Responder sobre lo incondicionado, como observó Kant, supone ir más allá de los límites de la propia razón. Caminar por los senderos de la experiencia nos lleva a un momento donde nada ya se ve, nada entonces se escucha. El futuro “imprevisible”, donde las “impresiones no ven”, queda desconocido para el sujeto de conocimiento. Dado que Dios no cumple con las “condiciones científicas”, pues pertenece a lo incondicionado, el aparato de la demostración de la ciencia recorre un territorio irreversible plagado de antinomias y paralogismos, que enuncia el propio James. La “voluntad de fe” será para James, entonces, lo que fue para Kant el “ideal de la razón”, abriendo el espacio que la ciencia ha tratado indefinidamente de cerrar.

Más tarde, la filosofía de la ciencia de Alexander Koyré llegará a advertir que fue una meditación filosófica lo que inspiró la obra de Einstein, lo que le llevó a cambiar los absolutos newtonianos por los invariables o constantes einstenianas, un cambio de un soporte metafísico a otro. Esto nos demuestra como la utilidad de la creencia está fuera de toda duda, siendo incluso condición de posibilidad misma de la ciencia, algo que vio James al postular la necesaria y complementaria relación entre ciencia y religión. Gracias a la ciencia, la mejora de los métodos en la agricultura, higiene y medicina han sido avances sin los cuales no podemos concebir la vida humana de manera digna. Las investigaciones tecnológicas son determinantes para corregir los errores que el camino hacia el bienestar ha producido; la ciencia medioambiental es capaz de actuar sobre el propio progreso, volviéndolo inteligente. Pero el científico, cuando ha tratado de legislar sobre aquello que se escapa fuera de sus manos, buscando una “ciencia total”, ha cometido los errores que la historia del siglo XX nos ha dado a conocer.

La ciencia responde bien al funcionamiento del mundo, al “cómo”, pero queda limitada cuando se le pregunta “por qué”. Pues si, como dice James, “nuestra fe es la fe en la fe de otro”, la última fe sobre la que reposa el resto queda como incomprensible e inabarcable para la razón científica. Y ahí es donde la demostración queda sustituida por el asombro. No se trata entonces de olvidar el sentido crítico y enarbolar sin prudencia la bandera de la fe, sino reconocer que la ciencia no es ciencia cuando atraviesa sus propios límites, disfrazándose de ciencia aquello que es sólo creencia. James nos enseña que la fe es “legítima” e “indispensable”, incluso para anticipar la evidencia científica. Así pues, lo que en un principio se trataba de dejar bien separado, enfrentado si cabe dada su incompatibilidad, se comprende necesario y conjunto, haciendo incluso de la creencia condición necesaria de la ciencia, sin caer en la incoherencia intelectual.

Creer o creer que no se cree es un dilema inevitable al que nos enfrentamos cuando tratamos de comprender lo inconmensurable. La decisión que se tome no escapa a la siempre retornante esencia de la fe; ya sea la decisión de creer o la decisión, algo más sutil y oculta bajo el disfraz de la no creencia, de creer que no se cree. La libertad de equivocarse o de acertar sobre lo incondicionado aparece como la condición misma de la libertad de creer.

Por Joaquín Fernández Mateo
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