Annie Leibovitz. Cronista de los 90
viernes 14 de agosto de 2009, 19:40h
Aunque no soy tan optimista como el autor del tango y no creo que en agosto el músculo duerma, ni, mucho menos, la ambición descanse, sí parece haber un acuerdo en que es de buen tono ocuparse de cosas de cultura, toda vez que ésta se ha incorporado al mundo del ocio y del mero entretenimiento. Sea. Hablemos de la magnífica exposición Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa 1990-2005 que estos días puede verse en la sala Alcalá 31. La exposición y el libro en que se basa, de idéntico título, han sido planteados de manera muy inteligente, como una especie de autobiografía en imágenes. La personalidad de Leibovitz se hace presente en todos los temas que fotografía, incluso cuando no son personales, y eso es lo que proporciona su forma y argumento a la exposición-libro, convirtiéndolos en un objeto estético unitario, rico y complejo. Y aunque, en efecto, el aspecto biográfico intimista está muy presente, éste queda trascendido hasta convertirse en una crónica de la vida norteamericana de la última década del siglo XX y el primer quinquenio del XXI.
Al recorrer la exposición con cierto cuidado se advierte que el entrelazo de los temas no es casual, que Leibovitz ha querido situar su trayectoria de fotógrafa profesional en el marco discreto pero decisivo de su propia intimidad. Es como si le sugiriera al espectador: “miro a los grandes y famosos, a las cosas y los paisajes con los mismo ojos, desde las mismas lentes con que contemplo a los míos”. Desde luego, sí reconoce que “no tengo dos vidas” ni, añadimos, dos formas de mirar. Así, la crónica de esos quince años se convierte en un juego de perspectivas que se iluminan mutuamente, lo privado sobre lo público, lo íntimo sobre lo histórico. El caso más cargado de significado, a mi juicio, en que se cumple esta simbiosis es en la colocación de su autorretrato embarazada (octubre 2001), justo después de la serie de cuatro fotografías de gran formato presentando los efectos del ataque del 11 de septiembre a las torres gemelas del World Trade Center. Hay un gesto de orgullo y desafío en la mujer desnuda y grávida que mira a la cámara.
¿Pero que transmite la crónica, qué cuenta? Cuanta que EEUU era un lugar razonablemente feliz, con una felicidad banal y cotidiana. Muchos de sus modelos manifiestan cierto grado de narcisismo, orgullo por el trabajo bien hecho, humor, cuerpos en forma seguros de sí mismos. Salud y poder. Nacimiento y muerte (también. Hablaremos después de ella): la vida misma. Los músicos y los artistas reflejan personalidades autosatisfechas, vanidosas y seguras de sí mismas, con sentido del humor, mas no excesivamente irónicas. Hay excepciones como el retrato de Brad Pitt en Las Vegas, de una rara intensidad emocional, o la tranquila fuerza y concentración que ha captado en la instantánea de Bruce Springtin. En cambio, las fotos de los políticos y hombres de Estado resultan extrañamente silenciosas, como si estuvieran demasiado ensimismados en su puesta en escena (Clinton o la Reina Isabel de Inglaterra) o simplemente fuera de ella (el caso del equipo presencial del presidente Bush (2000). Estas series me confirman en la sospecha de que como autora de retratos es desigual. Capaz de alcanzar grandes logros que pueden compararse a los de sus maestros, Richard Avedon o Irwing Penn, ?mencionemos los de Al Pacino o Leonardo di Caprio (con cisne al cuello. California, 1997)? da por buenos retratos mediocres, como los de Nelson Mandela o el poeta ruso exiliado en USA y premio Nobel, Joseph Brodski. Y es que sus claves son siempre afectivas. Parece no sentirse cómoda si no comprende a sus sujetos. Y comprende mejor los cuerpos que los espíritus. Y esto no es una crítica. Los cuerpos pueden ser tan difíciles de fotografiar como las almas. Sólo que se requieren ópticas distintas. El problema es que los cuerpos se empeñan en envejecer. También las almas, pero a velocidades y con efectos bien distintos. Esto planteó un ambicioso reto artístico a Leibovitz: el de reflejar con su cámara la enfermedad, degradación y muerte de su íntima amiga la escritora Susan Sontag. Dejo para un segundo artículo las reflexiones que esta parte de la exposición me ha sugerido.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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