www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Crónicas venecianas. Monstruos en el palacio Grassi

José María Herrera
sábado 15 de agosto de 2009, 17:55h
En el barrio de San Marcos de Venecia, asomado al Gran Canal, entre el Puente de la Academia y el de Rialto, se alza el palacio Grassi, un suntuoso edificio construido por Giorgio Massari a mediados del siglo XVIII para una opulenta familia de Chioggia adscrita por aquel entonces al patriciado de la ciudad. Como casi todos los inmuebles de la zona, el palacio ha cambiado a menudo de manos. Su propietario actual es el magnate François-Henri Pinault, uno de los principales coleccionistas de arte contemporáneo del mundo.

Pinault utiliza desde hace tres años el imponente edificio como museo y sala de exposiciones. La riqueza de su colección privada le permite cambiar periódicamente las obras expuestas. Esto constituye un aliciente para los viajeros ávidos de novedades. El palacio Grassi se ha vuelto en poco tiempo visita obligada para los aficionados al arte. Por desgracia, los cambios no siempre complacen a todos. Así me ha ocurrido a mí en la última visita. Sólo una excepción, un trabajo de Jake y Dinos Chapman: “Like a dog returns to its vomite” (como un perro vuelve a su propio vómito). De él voy a hablarles hoy.

Like a dog returns to its vomite es el título de una serie de grabados inspirados en Los Caprichos y Los Desastres de la Guerra de Goya. El modelo original apenas ha sido alterado. Escenarios, atuendos, incluso lemas de las estampas, son los de Goya. Los autores se han limitado a sustituir hombres y mujeres por criaturas fantásticas en las que parece haberse materializado alguna turbia aberración. No son los primeros artistas que trabajan sobre la obra de otro. La gracia es que su creación se exhiba en la ciudad natal de Giandomenico Tiepolo, tan fundamental en la evolución como dibujante del pintor español. Basta con cruzar el canal y adentrarse en otro gran edificio de Massari, la ca´ Rezzonico (hoy museo del arte veneciano del XVIII) para desandar sin proponérselo un largo camino estético.

Goya agudizó en sus grabados el sentido del absurdo que cultivó Tiepolo al final de su vida. Mientras que los polichinelas encorvados de éste son seres sin identidad que recorren amargamente una ciudad consciente de su inminente fin como entidad política soberana, Goya, conmocionado por la experiencia de la guerra y de un país sumido en la barbarie, profundiza en los aspectos más siniestros de la naturaleza humana: su ineptitud intelectual, su perversidad moral, su instintiva fiereza. La crítica es demoledora, y lo es tanto más cuanto que nunca, ni siquiera en los momentos más delirantes, cruza el límite de lo humano.

Este es el paso que han dado, en cambio, Jake y Dinos Chapman. Los hombres y mujeres de Goya son ahora simplemente monstruos. Una mutación, una evolución, pero en absoluto extraña porque los peores horrores los ha conocido la humanidad en el siglo XX. Curiosamente, sin embargo, el efecto claustrofóbico que producen los aguafuertes de Goya se ha desvanecido. Más que ante una tragedia, nos encontramos ante una farsa. Las miserias de la sexualidad o las artimañas de la charlatanería no perturban en igual medida cuando el hombre deja de serlo. ¿Nos habremos convertido en monstruos?

La cultura occidental nació en Grecia. Allí se abrió un mundo y se cerró otro. La representación simbólica de este tránsito fue la victoria de los dioses olímpicos sobre las fuerzas monstruosas de la tierra. A partir de ese instante el hombre pasó a ser el centro. El goce derivado de la representación del cuerpo y las facciones humanas se sustentaba en esa creencia y perduró históricamente hasta que la centralidad humana fue puesta en entredicho.

Los monstruos míticos (quimeras, grifos, basiliscos, etc.) habían sido destruidos o recluidos en lugares remotos. Tras la caída del Imperio Romano, la fantasía occidental se alimentó sobre todo con las razas fabulosas que hallaron los viajeros en sus periplos por tierras lejanas: cinocéfalos, escíapodos, hombres sin cabeza, etc. Estos seres nunca existieron; eran fruto de una mala divulgación, pero poblaron los bestiarios medievales y dieron pie a toda clase de leyendas, leyendas que no perdieron su influencia hasta la época de las exploraciones. Los exploradores empujaban a los monstruos cada vez más lejos. Cuando la totalidad de la tierra fue conocida, salieron de ella. Sin embargo, antes de que apareciera la figura del extraterrestre, arte y literatura habían desarrollado ya la idea de la monstruosidad como posibilidad interior. Nada se sabía aún del inconsciente y la genética, pero los espíritus estaban maduros para entender que los grandes horrores debe temerlos el hombre de sí mismo. Fue una premonición acertada. La distancia entre hombre y monstruo no dejaba de acortarse. Stevenson lo expresó maravillosamente en el caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Mientras el hombre iba perdiendo el centro, los dioses se esfumaban y las fuerzas subterráneas abandonaban su reclusión. Bastaba con apartar el velo de la cultura para que compareciera la más aberrante de las criaturas: el propio hombre. La experiencia ha sido material y espiritualmente atroz y todavía no nos hemos repuesto de ella. Puede que este sea el motivo por el que Jake y Dinos Chapman nos invitan a volver sobre nuestros vómitos. Así hacen los perros cuando se les corta la digestión.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios