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El museo Dalí de Figueras

Concha D’Olhaberriague
martes 18 de agosto de 2009, 17:45h
Dicen los periódicos que es, después del Prado, el más visitado de España y el primero en rentabilidad. Me alegró leer esta noticia; había ascendido un puesto. Reflexionando, luego, acerca de los motivos del éxito, empecé a verlo con claridad. Yo me quedé prendada del gran teatro del mundo daliniano que es este lugar inquietante y singular. En él se recrea el vuelo imaginativo y la senda de los deseos de un hombre nacido para el espectáculo en todas sus facetas: crearlo, difundirlo y comercializarlo. Mucho se habló siempre de tales dotes de Salvador Dalí. La magna exposición que le dedicó el parisino George-Pompidou sigue ostentando la primacía en concurrencia de cuantas allí se han celebrado.

El museo es, quizá, la mejor antología de la personalidad ensoñadora del artista catalán y un mapa de las tendencias cardinales de los protagonistas de las vanguardias: cine, teatro, circo, artes escénicas y decorativas, publicidad, joyas, cachivaches como el Cadillac y su torre de neumáticos, en una barroca y original mezcolanza. Piénsese en el Torreón de la madrileña calle de Velázquez, trasladado luego a Buenos Aires, del escritor Ramón Gómez de la Serna y su atiborramiento de chismes.

El patio, con sus plantas trepadoras, evoca una versión renovada de las viejas corralas lopescas. Por algo eligió Dalí el Teatro Municipal de su pueblo para exhibir tan particular tramoya. No le falta, tampoco, la pieza cartel: Gala como Leda atómica.

Tras la acogida ferviente del público, se vislumbra, asimismo, una buena gestión de los responsables, una fundación que, al parecer, no está subvencionada. El guía que acompaña en grupos reducidos a los visitantes participa cómplice y malicioso del inmenso trampantojo, del monumental equívoco que resulta el recorrido, centrado en torno al escenario del antiguo teatro convertido, ahora, en vestíbulo y distribuidor de los distintos niveles. Pendiente de los gestos y hasta de adivinar los recelos y anticiparse a las preguntas, oficia de auténtico trujamán y va dosificando el comentario de las piezas y los montajes al ritmo de los artilugios que tan pronto los proyectan como los ocultan.

Continente y contenido se requieren, aquí, en una armonía estridente; el color intenso del exterior, los huevos gigantescos que coronan la cimera, la pronunciada cúpula, los maniquíes anuncian un espacio distinto al de todos los días, de cuento.

Es una buena noticia, pensé, que el público siga sintiendo el atractivo de este orbe en el que hay refinamiento, mitología, ambigüedad y erotismo con un jovial toque kitsch y, más que todo, sentido del divertimento y lujo vital.
A veces la gente no se equivoca.

No voy a descubrir a estas alturas que en Dalí el artista iguala o sobrepuja al escenificador. Pero yo ya no consigo verlo sin recordar el retrato que de él hizo, en su obra Daaalí, otro mago del teatro, Albert Boadella, Aristófanes refinado por la Comedia del Arte y el ingenio de la farsa cervantina.

Me pregunto si el favor ascendente que recibe el Museo-Teatro se debe a que su creador, Dalí, y los gestores actuales han conseguido plasmar el nombre dúplice haciendo, cada día, una representación dramática frente al ir y venir mecanizado de la mayoría de los museos.
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