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Annie Leibovitz: de la intimidad y la muerte

jueves 20 de agosto de 2009, 20:19h
En el origen del libro-exposición de Annie Leibovitz, Vida de una fotógrafa, 1990-2005, está la enfermedad y muerte de su amiga Susan Sontag. La idea de donde surgió fue editar una pequeña colección de las últimas fotografías tomadas a Susan para compartirlas con los amigos más cercanos. A partir de ahí, el proyecto creció desde sí mismo: “Preparé este libro con Susan en la cabeza como si estuviera a mi lado, diciéndome que quería ver en él”.

Quienquiera que haya leído los ambiciosos ensayos sobre fotografía, su historia y su significado, publicados por Susan Sontag en The New York Review of Books entre 1973 y 1977, advertirá la profunda ironía que habría en el hecho de terminar convertida en Gran Objeto Fotográfico, apto para el consumo. O quizá no sea tanta la ironía, si tenemos en cuenta que la historia se movió deprisa en los ochenta, tanto como una caravana de roqueros por la Ruta 66, dejando muy atrás y muy desdibujadas, las certezas (morales) y seguridades (intelectuales) de los sesenta y setenta. Esta tónica general, afectó, sin duda, a las tesis de On Photography. Y, en segundo lugar, no debemos perder de vista que la relación íntima con una gran fotógrafa pudo llevar a Susan Sontag a cambiar de punto de vista, especialmente si se trata, como es el caso, de alguien que concibe la fotografía desde el punto de vista de la propia experiencia vital, ajena a visiones intelectualistas. Examinar los postulados teóricos del libro de Sontag y contrastarlos con la práctica fotográfica de Leibovitz sería muy interesante, pero fuera de lugar aquí. Hemos de conformarnos con un aspecto de los muchos que podríamos traer a reflexión. La primera había escrito es su mencionado libro: “Todas las fotografías son memento mori. Tomar una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona...” ¿Tuvo Anna presente esta máxima cuando tomó la decisión de fijar el proceso de enfermedad y muerte de su amiga?

Es difícil decidir si es valentía o si hay un punto de impiedad en lo que mueve a Leibovitz a convertir en representación el cuerpo lacerado y consumido por el cáncer de su amiga y a publicarlas luego. Por lo demás, lo que muestran las fotos es lo que hay: fatiga, sufrimiento, fealdad, decadencia, muerte anunciada. (Aunque también, cuidado, sacrificio, atenciones. Sólo que en un segundo plano). La impresión que el conjunto transmite a quien esto escribe –quiero subrayar el obvio, por lo demás, ingrediente subjetivo— es de falta de algo, cierta profundidad para construir una impresión duradera de duelo y melancolía. ¿Una limitación de la autora o de su instrumento, de la fotografía?

Ante el cuerpo, por fin muerto, de su amiga, Anna medita que la enfermedad es humillante porque “pierdes tu identidad”. Si esa era la batalla establecida por la cámara contra el trabajo meticuloso e infatigable de la enfermedad y del tiempo, sólo cabe hablar de fracaso. Véase la doble página de contactos “New York, 29 de diciembre, 2004” sobre el cuerpo presente de una Susan irreconocible, cuya identidad ha quedado fiada al pañuelo de fue comprado en Venecia o al vestido adquirido en una selecta boutique de Milán.

La impresión final es compleja pero también confusa. Es como si el libro-exposición dedicado a fotografiar todas las marcas de identidad que Leibovitz ha considerado relevantes durante su trayectoria pública y personal, terminara confesando su propio fracaso al cerrarse con paisajes borrosos apenas reconocibles, de lugares emblemáticos para ella, Venecia, el Vesuvio, o para su país, un desenfocado Monument Valley, el lugar por antonomasia de la identidad norteamericana forjada en el mito de la Frontera.

Quizá el libro se pueda ver como una alegoría de la década de los noventa, cuando Occidente creyó que la Historia —con sus secuelas de sufrimiento, guerra y muerte— había terminado y podían ingresar los pueblos en una Arcadia de cuerpos esbeltos, consagrados a la salud, el placer, el consumo y el diseño, de una prosperidad sin fin que se iría transmitiendo poco a poco al resto del planeta, con ayuda del Departamento de Estado. Pero la década terminó como terminó, un once de septiembre; y los quince años de la vida de una fotógrafa con las muertes de dos personas muy cercanas, su amiga Susan y su padre, de lo que queda constancia en esta crónica autobiográfica narrada con poderosas imágenes.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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