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Irán: del embrollo al disenso

viernes 21 de agosto de 2009, 20:34h
Con fecha 26.06.2009, envié, para publicación, unas cuartillas a los Lunes de El Imparcial que llevaban por título “El embrollo iraní”.

No me parece extemporáneo que recojamos el hilo de la madeja a dos meses vista, tanto de las elecciones presidenciales que dieron el triunfo electoral a M. Ahmadineyad (candidato del ayatollah Jameini, o Guía Supremo de la República islámica), como de las protestas públicas -muy manifiestas- que acaecieron a las cuarenta y ocho horas de darse a conocer el resultado de los comicios.

Se advertía en aquel apunte de prensa, que el Jefe Espiritual, Judicial y Político de la Comunidad islámica en Irán había dado un paso arriesgado el día de la oración musulmana (Viernes, 19 de junio) pronunciada en la Gran Mezquita de Teherán. Jameini advertía que “si los manifestantes no se detienen, serán ellos los responsables de las consecuencias del caos”. Ahí fue nada la advertencia. ¿Qué ha ocurrido durante estos dos últimos meses de verano en los círculos gubernamentales y en los de la amalgama opositora al presidente Ahmadineyad, a su ministro de la Guerra, a los Guardianes de la Revolución y a otros sectores colatelares de la República iraní que le permanecen afectos?

Dos cosas principales han saltado en Irán a la superficie del campo del enfrentamiento público. La primera de ellas es que, aunque con altibajos cíclicos, las manifestaciones anti-sistema y las reclamaciones anti-gubernamentales han venido encadenándose durante las últimas semanas de julio, para escozor de la línea ortodoxa que predomina en el Irán oficial. La segunda constante, que se deriva de la advertencia amenazante proferida por el Guía Supremo, es que la máquina judicial -y religiosa por ende-, en una sociedad que llevó a cabo, e hizo suya, la revolución republicana y religiosa de 1979 contra el shah de Persia, se está volviendo adversa para con algunos dirigentes del Régimen en su fase actual. De ahí la intransigencia de ciertos comportamientos institucionales. De ahí el procedimiento judicial emprendido contra los responsables (supuestos) de la oleada de las manifestaciones, que son reconocibles sin gran esfuerzo.

Veamos. Se han constituido en Irán Tribunales revolucionarios, cuyos jueces están imbuidos de la bondad de lo establecido en 1979, y que en una suerte de macro-juicios ejemplarizantes delatan la “conspiración intenacional” inspiradora del desequilibrio en que se encuentra el país entero. Por si no bastara esta operación inculpatoria, los Tribunales han iniciado varios procesos a miembros sospechosos de haber preparado -y alentado- las manifestaciones multitudinarias que cíclicamente, desde hace un par de meses, vienen produciéndose en avenidas, plazas y calles de las ciudades principales del país.

Entre los acusados, se cuentan ministros y altos cargos que pertenecieron al gabinete del ex-presidente Mohamed Khatami (1999-2003), de trayectoria liberal-moderada en sus años de gobierno. No faltan publicistas y editores favorables al aperturismo, como Mohamed Atrianfranykian Tajbakhsh y sectores críticos al Régimen -descontentos con el abuso fraudulento hecho por el poder llegada la hora de las últimas elecciones, tales como el abogado Abdelfattah Soltani (Human rights watch) y la activista de la causa de los derechos humanos, extensivos también a las mujeres, como es el caso de Faezah Hashemi, hija del poderoso Ashemi Rafsanjani-. Rafsanjani, no se olvide, es presidente de la Asamblea de Expertos coránicos en su interpretación chií.

En principio, antes del 12 de junio, nadie esperaba que se produjera la protesta pública que encabezó Mir- Hussein Musavi. Ante el hecho consumado, el Guía Supremo estimó advertir con paternalismo severo -y de signo represivo, si llegado el caso- que no era conveniente “proseguir con las andadas”.

En agosto se ha podido comprobar que la máquina represora del Régimen se ha puesto en funcionamiento a través de varios procesos notorios, imponiendo sanciones de diferente envergadura, o perdonando a los descarriados, víctimas de sus malos compañeros de viaje… pro-occidentales.

Podemos esgrimir la conjetura, fundamentada en las secuelas que sigue generando el affaire iraní, de que el ayatollah Jameini no ha atinado esta vez en detectar el fondo de la cuestión; o sea, la imperiosa necesidad de renovación mental y de estilo de vida que experimentan las sociedades modernas con cadencia regular. Y que, en consecuencia, la pervivencia del malestar cívico por parte de la juventud iraní -popular, o más “dorada”- lleva visos de autorreproducirse por un período de tiempo difícil de calcular. O sea, hasta que el Régimen la ahogue en el nido, o bien hasta que ella misma se disuelva convirtiéndose en placebo.
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